Me van a permitir que empiece con aquella frase de Alfredo Pérez Rubalcaba pronunciada el 13 de marzo de 2004. Apenas dos días después del 11-M: «Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta». Está más vigente que nunca.
En efecto, dos décadas después, los ciudadanos se merecen más que nunca un gobierno que les diga la verdad. Al fin y al cabo, tenemos un Ejecutivo que ha hecho de la mentira su estrategia de gobierno. Que considera que es más importante el relato que la realidad, es decir, la política que la ética. Es aquello del todo vale. El fin justifica los medios.
Qué se puede esperar si el nuevo Iván Redondo de La Moncloa es Diego Rubio, director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Esto es, la persona físicamente más próxima a Pedro Sánchez. Alguien, por cierto, que hizo una tesis sobre «La ética del engaño». El engaño, distinguido señor, no es ético. Y menos en política.
Nada menos que en la Universidad de Oxford. Por el Magdalen College han pasado, entre otros, escritores como Oscar Wilde o historiadores como Edward Gibbon y, ya en el siglo XX, A. J. P. Taylor. Menuda mancha. Ni siquiera la universidad británica es ya lo que era.
Porque empezaron a mentirnos con la moción de censura. No fue por la corrupción. Fue por el poder. Por la pasta, más concretamente. A los 18 días ya estaban metiendo la mano en la caja. ¡A vivir, que son dos días!, debieron pensar.
Recuerdo que, tres meses después de tomar posesión, dimitió la ministra de Sanidad, Carmen Montón, por irregularidades en su máster. Aunque luego la recompensaron como embajadora ante la Organización de los Estados Americanos. Debe estar muy agradecida. Todavía luce el tuit fijado en su perfil. Y es del 2020.
Sin embargo, al día siguiente trascendieron los problemillas de Sánchez en su tesis. En una universidad privada, por otra parte. De las que ahora tanto critica. ¡Qué sangre fría! Cesa a la ministra, pero él había hecho lo mismo.
Con la amnistía, igual. Basta ver el nombre con el que la bautizaron: ley «para la normalización institucional, política y social en Cataluña». Todo el mundo sabe que no era para normalizar nada. Fue por siete votos. Lo ha admitido recientemente hasta el ministro Bolaños. Y los de Junts también han sacado pecho en el Parlament.
Ha habido más, claro. Aunque ellos lo llaman «cambios de opinión». El «con Bildu no vamos a pactar, si quiere se lo digo cinco veces o veinte». El «no dormiría tranquilo» si llegase a un acuerdo con Podemos. Tres meses antes de nombrar a Pablo Iglesias vicepresidente. O el comprometerse a traer a Puigdemont de vuelta a España. Detenido, no amnistiado: «¿De quién depende la Fiscalía?». Con la sentencia del fiscal general del Estado quedó claro.
Recuerdo, de otro lado, que al día siguiente del accidente de Adamuz compareció ante los medios —una declaración institucional, no una rueda de prensa— y dijo: «Vamos a dar con la verdad». ¡Mentira, pensé!
Y tras la DANA, se fue a una cumbre en Uzbekistán —6.000 kilómetros en Falcon, imaginen el consumo de combustible— para proclamar que «el cambio climático mata». La incompetencia del Gobierno también. Bastaba ver los miles de cañas arrastradas por la rambla del Poyo por no haber limpiado el cauce. Teresa Ribera, para más inri, fue recompensada con una vicepresidencia de la Comisión Europea.
Sin olvidar el apagón del año pasado que también provocó algunas víctimas mortales. Todavía no sabemos qué ocurrió. Ni lo sabremos. En mi modesta opinión, confiaron demasiado en las renovables y se les fundieron los plomos.
Por esto, si me lo permiten, voy a terminar con la misma frase de Rubalcaba que les mencioné al principio: “Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta”. Lo único es que, de momento, mandan los suyos: el PSOE. Qué triste paradoja.