El poto de los cuerpos intermedios
El poto de los cuerpos intermedios
Por José María Contreras Espuny
11 de julio de 2026

Alexis de Tocqueville murió en 1859, de modo que se perdió los emblemáticos reportajes de Callejeros. Es una lástima porque el programa merecía la pena: tenía algo del humor cruel que a menudo gastamos con la España profunda, carpetovetónica; esa de la que Cela escribió «que no puede morir, por más vueltas que todos le demos, hasta que España muera». Tal vez Tocqueville no habría disfrutado tanto como nosotros de aquellas emanaciones del carácter nacional, pero habría hallado confirmación a muchos de los peligros que avizoró en la democracia moderna. Pienso en su defensa de los cuerpos intermedios y en lo que opinaría de la señora que, en uno de los episodios, entre desesperada y devota, suplicaba: «¡Por Dioh, Arcarde, dame una casa!».

Esa idea del alcalde providente, que reparte los dones y a cuyo corazón se llega por burocráticos caminos, evidencia el despotismo blando sobre el que Tocqueville advirtió. En una sociedad democrática el individuo está más solo que nunca, aislado en su pisito, y no espera más amparo que el del Estado paternalista. Son ellos, los políticos, quienes nos brindan sustento, educación y vivienda. Todo es una gracia, un don estatal, lo cual supone que el ciudadano está sometido al Estado tanto como el hijo al padre mientras viva bajo su techo. Sin propiedad no puede haber libertad, sino clientelismo y prácticas caciquiles, que se concentran o muy arriba, donde la política también parte y reparte, o muy abajo, entre los desposeídos, en el ambiente que Callejeros retrató.

Por el contratiempo ya señalado de que Tocqueville murió a mediados del siglo XIX, tampoco pudo ver los actos que la Hermandad de Jesús Nazareno de Osuna ha celebrado por su 450 aniversario. Y es, de nuevo, una lástima: le habría admirado la manera en que la cofradía ha realizado la labor propia de los cuerpos intermedios, el antídoto que prescribió contra el individualismo y sus amenazas. Han organizado una salida extraordinaria de Nuestro Padre Jesús, precedida por un bando en el que se pedía: «Poned colgaduras, adornad vuestros balcones, rezad lanzando vivas». Y yo, que por aquí anduve, puedo dar fe de que en todo fue el bando obedecido. Como tuve la oportunidad de comentar en mi primera colaboración, también cristianizaron la parte nueva del cementerio, que las autoridades quisieron pagana. Se ha erigido un monumento a los ursaonenses emigrados, que cada Viernes Santo regresan como golondrinas. A la procesión se ha incorporado un relicario de san Francisco de Paula y se ha recuperado ―y qué antiestatalista es esto de recuperar― la figura del niño campanillero.

Pero lo que más admirable me parece, quizá porque la veo todos los días, ha sido la reposición de la cruz de la calle Nueva. La habían robado hace unos años. Lo más probable es que fuera una cuadrilla de niños para completar su paso de cruz de mayo, que aquí hasta para profanar somos católicos. Las razones para que allí hubiera una cruz no son muy nobles: el saliente de una de las casas crea un rincón con un efecto sobre la vejiga humana parecido al que las llantas ejercen sobre la vejiga canina. Para disuadir a los meones se colocó una cruz, como en otros emplazamientos semejantes se coloca una virgen o el azulejo de un santo. Pero el motivo original es secundario; lo principal es que estaba y alguien se la llevó. Quedó el montículo desmochado, triste como el Gólgota el Sábado Santo. Ahora ha vuelto: una cruz de madera con sudario. A sus pies, alguien ha colocado un poto. Aunque la planta no es muy bonita, se embellece al pensar que le ha salido del alma a un vecino que, con toda seguridad, no le ha pedido permiso al ayuntamiento.

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