El PP ningunea a VOX
El PP ningunea a VOX
Por Xavier Rius
8 de noviembre de 2025

Salvando todas las distancias ideológicas, el PP trata a VOX como en su día Convergencia trataba Esquerra. Como al hermano pequeño al que se puede putear. El lunes pasado, tras la reunión del comité ejecutivo del partido, salió Alberto Núñez Feijoo y lanzó su mensaje sobre la sucesión de Carlos Mazón. «Pido —dijo— a los partidos que sostienen el gobierno autonómico que estén a la altura, que faciliten cuanto antes la elección de un nuevo presidente, que actúen con la responsabilidad que merece el pueblo valenciano».

Ni siquiera citó al partido de Abascal por su nombre. «¿A los partidos?», me pregunté. Pero si sólo VOX les presta apoyo. Las otras dos fuerzas parlamentarias, el PSOE y Compromís, están en la oposición. El líder de VOX replicó el mismo día en declaraciones a la prensa desde Plasencia (Cáceres). «El PP actúa de la siguiente manera: aquí tiene lentejas, si las quieres bien y si no las dejas», afirmó. No le faltaba razón.

Al día siguiente, lo mismo. El ABC —el diario más próximo al PP en clara competencia con La Razón— titulaba en portada: «Feijóo traslada a VOX el nombre de Pérez Llorca como sucesor temporal de Mazón». Debajo de una foto —todo hay que decirlo— del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, cuyo juicio había empezado en el Supremo. «Trasladar» no es negociar, pensé en este caso. Desde luego, corresponde al PP decidir quién será el sustituto en la presidencia de la Generalitat Valenciana. Pero sin los votos de VOX nunca llegará a sustituto.

El miércoles, en una entrevista en La Vanguardia, Abascal volvía a remarcar que «estamos acostumbrados a que el PP trate de engañarnos, que no cumpla con sus compromisos». «Tuvimos que abandonar todos los gobiernos regionales por una decisión consciente y deliberada del señor Feijoo», recordó también sobre el reparto de menas por toda la península. Por cierto, parece que le han levantado el cordón sanitario en el diario del Grupo Godó. Señal de que deben verlo, cada vez  más, como una opción de gobierno.

Por eso, como decía, el PP me recuerda a Convergencia. En 1999, Carod-Rovira ofreció un pacto de legislatura a Pujol, que había ganado in extremis su última legislatura. El líder de CiU, que todavía no se había declarado independentista, prefirió pactar con el PP. Entre otras razones, porque también gobernaban en Madrid. ERC no le perdonó la afrenta. Tras las elecciones del 2003 —con Mas ya como candidato— inclinaron la balanza hacia el PSC con el tripartito de Pasqual Maragall. Y, en el 2006, con el de José Montilla.

El partido ninguneado por CDC empezó a saborear las mieles del poder. Hasta que finalmente llegaron a la presidencia de la Generalitat con Pere Aragonès (2021-2024). Aunque luego acabó como acabó. En las últimas elecciones perdieron trece diputados: de 33 a 20. Más por errores propios que ajenos.

Pero todo ello confirma que el pez grande no siempre se come al chico. Y que nunca puede venderse la piel del oso antes de cazarlo. Son dos leyes de la biología aplicables a la política.

A eso vamos: el PP todavía cree que VOX es un accidente, un paréntesis, una anomalía. No, en la calle Génova han de ser conscientes de que ha venido para quedarse. Incluso de que probablemente irá a más. Como está pasando en toda Europa, donde fuerzas equivalentes son alternativas de gobierno. Basta ver quién manda en Hungría o en Italia. Y, en Francia, si se quedaron a las puertas, fue porque se movilizó toda la izquierda. Además del voto magrebí.

El problema es que el PP no ha hablado de inmigración hasta ahora. Era un tema tabú. Entre otras razones, porque hablaba VOX. Y temían que, en La Moncloa o en el PSOE, los pusieran en el mismo saco. Aquello que despectivamente llaman «ultraderecha». Ahora están intentando reaccionar, pero no sé si están a tiempo. Feijoo presentó hace tres semanas su plan sobre la inmigración. No obstante, en julio hicieron un congreso que era un canto a la centralidad. Señal de que no tienen ganadas las elecciones y que, incluso en sus encuestas internas, deben ver fuga de votos por su derecha.

Incluso el alcaldable del PP por Barcelona, Daniel Sirera, recientemente potenciado por Génova, presentaba esta semana una campaña para una «inmigración ordenada». Sin embargo, cuando asistí a su presentación como alcaldable en enero del 2023, con Miguel Tellado presente, dijo que venía del Raval, pero ni siquiera pronunció la palabra «inmigración». Es imposible pasar por este barrio barcelonés y no darse cuenta de los problemas generados.

El propio Núñez Feijoo visitó el 7 de julio del año pasado el Parlamento catalán. En la rueda de prensa posterior le hicieron un par de preguntas. Ninguna sobre política catalana. Un colega de TVE le pidió por el resultado en las recientes elecciones francesas. Feijoo arremetió «contra los extremos» y aconsejó a Macron dejarlos fuera del gobierno. En alusión sobre todo a Marine Le Pen.

Luego reconoció que «mi partido» —en referencia a Los Republicanos, el PP francés, herederos de gaullismo— habían sacado un mal resultado y que «habrá que reconstruirlo». Me temo que ni las operaciones de reconstrucción ni de maquillaje sirven ya. La inmigración ha irrumpido como una de las principales preocupaciones de los electores.

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