El premio Planeta y la democracia
El premio Planeta y la democracia
Por Esperanza Ruiz
21 de octubre de 2025

Esto del Planeta ya sabemos cómo va y tampoco hay que darle más vueltas. Una se imagina, echando un vistazo a los autores galardonados en el siglo pasado, que hubo una época en la que el asunto tuvo ciertamente que ver con la literatura. Después, hemos conocido las historias de Miguel Delibes y de Camilo José Cela y ni tan mal. Eran otros tiempos y hasta para hacer un chanchullo había un nivel notable. El autor vallisoletano explicó en una entrevista que José Manuel Lara, fundador y presidente del grupo, le contactó para concederle el premio si le entregaba un manuscrito inédito. El académico rehusó participar en el engaño y, al parecer, Lara se fue con su tejemaneje a Cela, aunque mejorando la oferta. Al Nobel no sólo le prometió la distinción sino que, ante la inminencia del fin del plazo de participación, le pasó uno de los textos concursantes para que lo reescribiera y lo presentara con su firma. Cosa que finalmente ocurrió.

El premio Planeta también ha tenido siempre su poquito de ideología. Pero de ideología como de multinacional, corporativa, de Nike o Gillette. De lo que toque en cada momento. De lo que el mercado exija. Las novelas con trasfondo rojolegendario de la Guerra Civil no se cuestionan nunca en las manifestaciones «culturales» de nuestro país y el Planeta no ha sido ajeno a la matraca, aunque lo cierto es que, como mercancía adoctrinante, va cayendo en desuso en favor de otras reivindicaciones que resuenan más con las lectoras actuales. A saber: una mujer que consigue el éxito a pesar del heteropatriarcado opresor, una madurita que no ha conocido la petite mort en su aburrido matrimonio o un cura que abusa de unos críos en la ruralidad gallega.

Para esta edición, la casa editorial ha hecho una apuesta descarnada y directa a la billetera de su público objetivo. La fórmula es bastante simple: un rostro mediático y un producto de consumo ligero para la señora con los estrógenos en retirada que se ve Y ahora Sonsoles y después El hormiguero cada día. El autor, Juan del Val, ha optado por uno de los peores títulos que se recuerdan (Vera, una historia de amor), pero que tampoco tiene pérdida, y ha urdido una trama para hacerlas soñar: mujer de mediana edad, casada y perteneciente a la alta sociedad sevillana encuentra la libertad  trajinándose a un gachó de extracto social inferior. Conociendo sus anteriores incursiones en el mundo de las letras, nos tememos que Val haya pergeñado un Cincuenta sombras de Grey de medio pelo. Hemos podido leer estos días párrafos de su obra que harían sonrojar al mismísimo González Pons. Es el mercado, amigo, y al nuestro lo han envilecido con soft porn para amas de casa.

Es cierto que en la trayectoria más o menos reciente de los premio Planeta podemos encontrar ediciones en las que no pesa la sombra de la sospecha de tongo, por cuanto los autores eran auténticos desconocidos y demostraron solvencia literaria. Pensemos en los casos de Juan Manuel de Prada o Espido Freire. Puede que con esta estrategia de refuerzo intermitente se cree una pequeña disonancia en público y escritores participantes. De vez en cuando se reparten unas migajas para alimentar la relación con los autores que con su participación hacen posible la pantomima. Como un novio jeta que no está pero no quiere que te vayas. Sin embargo, la lógica nos dicta que cuando se sabe que el tablero está trucado y las cartas marcadas, lo suyo es no prestarse a ello. A poco que uno se dedique a esto ha oído historias de mediáticos premios periodísticos en los que se hacen «delibes» con total naturalidad.

La sorpresa, para servidora, llega cuando conoce el dato de participación en el Planeta. Ni que decir tiene que el millón de euros de premio es pura golosina, que al ser humano le cuesta creer que lo llamen «certamen» cuando quieren decir previsión de ventas y que peores sapos se viene tragando la humanidad desde 2001 (por decir algo). 

Pero es que este año se ha batido el récord de manuscritos presentados al premio.

Y aquí es cuando una, algo atónita, empieza entender por qué funciona lo de «más democracia» o «más Europa» como lema mesiánico. Vivimos entretenidos por un régimen que, si bien en algunos tramos de su expresión política es democracia-like, está regido por una élite gobernante (Comisión Europea) elegida por nadie. Lo de la inexistencia de la separación de poderes y el anémico Estado de Derecho (que tampoco es que signifique gran cosa) lo explica de cine Yanire Guillén un artículo de hace poco más de un año. Sin embargo, participamos alegremente del argumento de aquellos que nos dicen que necesitamos aumentar la dosis de un sistema que no tenemos, pero que denominan como algo que nos han contado que es de malas personas rechazar. 

Habrá que admitir finalmente —somos naturaleza caída, ay—  que, como en el premio Planeta, cuanto mayor es la farsa, más nos apegamos a ella.

TEMAS
Noticias de España