El viaje
El viaje
Por Carlos Esteban
25 de julio de 2026

La vida es breve: no voy a perder tres horas en comprobar si la Odisea de Nolan es tan woke como la han descrito tantos críticos aficionados en redes sociales.

A lo que entiendo, y dejando a un lado las inverosímiles decisiones de reparto, el principal pecado de la versión de Nolan es que no se molesta en absoluto en intentar comprender la visión del mundo que transmite Homero y se limita a hacer del Mediterráneo Oriental de finales de la Edad de Bronce un trasunto de Los Ángeles en el siglo XXI, pero con disfraces y sin tecnología.

Es el camino fácil, y no sólo porque el cineasta aspire a acaparar Oscars y sepa que para hacerlo tiene que arrastrarse bajo las horcas caudinas del progresismo enloquecido de Hollywood. Es, sospecho, que la arrogancia cronológica, la absurda creencia de que la nuestra es la época definitiva y no un punto más en el fractal de la Historia, está completamente asentada en nuestro inconsciente colectivo. Nuestra era es la piedra angular, por la que todas las demás deben juzgarse; nuestra forma de ver el mundo es la única correcta, y para hacer inteligible el pasado tenemos que “repoblarlo” de personajes con nuestras mismas premisas, tendencias y predisposiciones.

Pero el pasado es realmente un país extranjero. Ni siquiera hace falta irse tres mil años atrás; el mundo de nuestros abuelos nos es incomprensible o, al menos, censurable cuando no lo repintamos con nuestros particulares prejuicios inconscientes (que son siempre los más insidiosos).

Por ejemplo, la idea misma del viaje. La Odisea es la historia de un viaje, pero la mera palabra suscita en la mente contemporánea una imagen no meramente distinta, sino opuesta a la que ha sido común en la humanidad hasta no hace mucho.

Viajar, debemos creer con fe sencilla, es una de las actividades más placenteras a nuestro alcance. Para nuestros ancestros, era algo más parecido a una condena. No es que no disfrutasen de las historias de viajes: ahí está el inmediato éxito de El libro de las maravillas de Marco Polo, o la propia Odisea. Pero también nos gustan las películas bélicas, y no por eso vamos de vacaciones a una trinchera.

Odiseo no está haciendo turismo, sólo quiere volver a casa. Es el anhelo que atraviesa toda la obra, a pesar de que el poeta griego Kavafis, hijo ya de una mentalidad más cercana a la nuestra, nos desea a todos que nuestro regreso a Ítaca sea largo. Porque toda la gracia de la obra es que Odiseo desea lo contrario, y su periplo sería incomprensible para los oyentes de su tiempo si hubiera estado haciendo turismo para retrasar el regreso al hogar.

Sí, antes de nuestro tiempo el viaje era desesperantemente lento, incómodo y peligroso. Pero eso sólo no explica la diferencia de visión. Porque el viaje se explicaba por la meta. La poca gente que viajaba antes lo hacía para lograr algo; el camino en sí era meramente el medio. Los comerciantes viajaban para enriquecerse vendiendo caro lo que habían comprado en tierras donde era barato. Los peregrinos viajaban como penitencia (díganle eso al influencer que vuela al otro extremo del mundo para colgar la foto en su cuenta de Instagram), para venerar una reliquia. Viajaban el diplomático para negociar una paz, el soldado para librar una guerra. Nadie viajaba por viajar. El desplazamiento era el peaje; el destino, la recompensa.

Hoy la balanza se ha invertido: el viaje lo es todo; la meta es apenas nada. No vamos a nada concreto, ni siquiera a conocer en profundidad un nuevo país, mucho menos a cumplir una misión. Viajamos para haber viajado. En muchos casos, con la comercialización extrema de nuestro tiempo, viajaremos a un decorado deliberadamente preparado para nuestros ojos, renunciando a uno de los incentivos del viaje en otros tiempos: la genuina sorpresa, el auténtico estupor ante una realidad que ni siquiera imaginábamos.  

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