El zombi gordo
El zombi gordo
Por Carlos Esteban
18 de junio de 2026

«Menos mal que la gente no entiende nuestro sistema bancario y monetario —dicen que dijo Henry Ford—, porque si lo entendiera, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana».

Ford era un optimista. O quizá entonces los hombres eran de otra pasta, que también es posible. Es casi un tópico entre la gente que pretende conocer los entresijos secretos de las cosas asegurar que, de tener la gente conocimiento de tal o cual fenómeno que permanece oculto, se levantaría en armas, quemaría todo, ardería Troya.

No es verdad. No pasaría absolutamente nada, al menos ahora, en Occidente. Estamos demasiado gordos como civilización en Occidente, amaestrados y castrados como cabestros. Y no es algo que diga porque lo supongo, sino porque me consta, porque lo sé, porque lo veo. Gran Bretaña solía gobernar las olas, como se dice en una canción patriótica en la que se repite con orgullo que «los britanos nunca, nunca serán esclavos». Qué risa.

A principios de semana se publicó el informe de 200 folios The Rape Gang Inquiry Report, donde se estima que 250.000 niñas británicas fueron violadas repetidamente, torturadas, esclavizadas, sexualmente abusadas en 149 distritos del Reino Unido durante años por redes de paquistaníes (entre el 87% y 95%, según condenas y datos). Los datos concretos son insoportables de leer.

Y las autoridades lo sabían, todo: policía, servicios sociales, ayuntamientos, NHS y escuelas recibían denuncias y las ignoraban, destruían pruebas o incluso arrestaban a las víctimas por «consentir». El actual primer ministro, Keir Starmer, era entonces el equivalente a nuestro fiscal general, y dejó sin llevar a juicio siquiera a más 13.000 acusados pertenecientes a estas bandas.

Nunca un gobierno ha tratado a su pueblo con tanto odio, con semejante desprecio. Ha fomentado una invasión no sólo innecesaria, sino que tendría como efecto ineluctable destruir la identidad nacional y convertir la vida común en un infierno. No hay universo en el que la política general de inmigración masiva que están llevando nuestros gobiernos en Occidente pueda tener sino resultados catastróficos, de una relevancia histórica que todavía es difícil apreciar en su alcance demográfico.

Pero no, no hay toma de la Bastilla. Al contrario, un puñado de ciudadanos exasperados sale a la calle y rompe algunas cosas y todo el panorama mediático frunce el ceño y levanta el dedito (¡ese dedito, quién pudiera cortarlo!) e informa de un extraño, inexplicable brote de extrema derecha. Imagine que haya marchas para protestar que vuelva el trabajo infantil y queden abolidas las vacaciones pagadas y se las califique «de extrema izquierda». Porque protestar débilmente contra la propia desaparición no es indicio de no estar definitivamente muerto; es ser de extrema derecha.

Y quien me diga que esto está empezando, que no se sabía nada, puedo remitirle a un artículo sobre Rotherham que escribí hace once años. Once. Si nuestras sociedades no fueran zombis, no subiría marginalmente Vox: Vox quedaría en la extrema izquierda del espectro parlamentario.

No, nuestros amos pueden dormir a pierna suelta: nada nos hará despertar; la rana no saltará. Incluso las correrías de los revoltosos en Gran Bretaña quedarán como otros brotes antes, flor de un día, seguidos de un doblar la apuesta y aumentar el control del mensaje. Y los historiadores del futuro pensarán que les faltan datos, que no es posible que una civilización como la nuestra se dejara masacrar demográficamente sin arriesgar un poco, una multa, una noche en la trena, una campaña de desprestigio; que desapareciera, como en el poema de Eliot, no con una explosión, sino con un gemido.

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