Empezar el año hablando de identidad
Empezar el año hablando de identidad
Jorge Buxadé.
Por Jorge Buxadé
3 de enero de 2026

El programa de VOX para las elecciones generales del año 2023 dedicó uno de sus veinte capítulos a la «identidad nacional». Cada vez que hablamos de identidad nacional se nos dice que quiénes somos nosotros para expedir carnets de español. Lo curioso es que quienes lanzan esa acusación llevan, indistintamente, emitiendo carnets de español desde el año 1982. Y a pleno rendimiento.

No por casualidad, en dicho año se aprobó la primera gran reforma del régimen de adquisición de la nacionalidad española que llevaba vigente desde 1954, y desde entonces, el número de nacionalizaciones no ha parado de crecer; y cada vez que se ha reformado el Código Civil en esta materia —que no han sido pocas, y atribuibles tanto al Partido Socialista como al Popular, tanto monta— ha sido, precisamente, para abrir la mano y ampliar los supuestos de adquisición, debilitar las exigencias y, en fin, incrementar exponencial, artificial y peligrosamente el número de nacionalizaciones.

España no dispone de estadísticas oficiales homogéneas sobre adquisición de nacionalidad anteriores a 2013. No disponemos tampoco aún de los datos de 2025. Para periodos previos sólo existen datos administrativos de concesiones por residencia, consolidados desde 2009, y antes de esa fecha únicamente información fragmentaria. Pero si vamos a los datos de concesiones por residencia desde 2009 vemos que Marruecos es, con mucho, el primero en la tabla. Aproximadamente 430.000 concesiones de nacionalidad en 15 años. Le siguen Ecuador, Colombia, Bolivia.

Si acudimos a los datos del INE desde 2013, relativos a adquisiciones efectivas de nacionalidad española por inscripción en el Registro Civil, incluyendo todas las modalidades —aunque la adquisición por la mera residencia es con mucho la más numerosa—, vemos que en 2024 hubo 252.476 nuevas nacionalizaciones y en 2023, 240.208. La serie va en crecimiento constante desde 2017. Alguno dirá que la culpa es de Sánchez, pero los datos desmienten el sesgo. En 2013 hubo 225.793 adquisiciones y en 2014, 205.880.

Y es que una materia que es tan sensible y que, por su propia naturaleza, debería tener una vocación de permanencia, ha sido objeto de reformas en el 90, 95, 2002, 2015, 2021; y ha sido superada con leyes especiales ad hoc, como las de memoria histórica (2007) y democrática (2022), que han abierto la mano con un sesgo ideológico abominable. Es obvio que la identidad es importante. Muy importante. Y aún más obvio, de Pero Grullo, que la determinación de quiénes conforman la comunidad nacional influye, debilitando o fortaleciendo, la identidad de la nación y los vínculos fuertes que unen a los miembros de la comunidad. Si puede ser español cualquiera por el mero lapso de tiempo de residencia, se desdibuja la identidad de la comunidad. Se desdibuja, se disuelve, se difumina, desaparece.

Aquellos que no creen en la nación o que, aún más, consideran que las mismas deben desaparecer y fundirse en el magma viscoso, sin contorno, textura, colores y matices de lo que Pierre Manent denominó la «clase media mundial», ciudadanos de una inexistente aldea global, están encantados y han promovido que adquirir la nacionalidad española sea un mero procedimiento administrativo, como quien tramita el carnet de la piscina municipal, una licencia para tala de árboles o la bonificación del IBI por instalar placas solares.

En el frontispicio del templo de Apolo brillaba la máxima «conócete a ti mismo». La pregunta de «tú quién eres» se la hacen sacerdotes y levitas a Juan el Bautista, que responde confesando y negando. Porque la identidad es afirmación y es negación. No es lo mismo ser el Mesías que ser la voz del que clama en el desierto; como no es lo mismo ser español que ser lituano o senegalés. La comunidad nacional de la que formas parte ilumina, influye o incluso determina en cierto modo tu forma de ser. Por eso, cuando viajamos nos llevamos un trozo de España con nosotros mismos.

Y por la misma razón, el bipartidismo globalista ha metido en nuestro suelo y en nuestro censo electoral desde 2013 a más de dos millones de nacionalizados sin que tengamos ninguna certeza de que se sienten orgullosos de ser españoles y de formar parte de esta comunidad de destino que llamamos España. Se le dice diluir la identidad.

TEMAS
Noticias de España