Entre ocho y ochenta
Entre ocho y ochenta
Por Carlos Esteban
4 de septiembre de 2025

Detesto el debate político actual porque es, nueve de cada diez veces, pura mala fe, tribalismo apenas disimulado, lucha a garrotazos disfrazada de esgrima. Y a la vuelta del verano me he topado en redes y medios con uno de los más envenenados: el debate de la Hispanidad/Hispanchidad.

Lo más peculiar en él es que, en ocasiones, tenía toda la impresión de que dos contrincantes que discutían acaloradamente hasta el insulto personal estaban diciendo básicamente lo mismo, cada uno de ellos atacando con ferocidad espantapájaros de propia invención construidos a partir de las frases del otro.

Uno dice, por ejemplo, «creo que España tiene un problema con la inmigración masiva, venga de donde venga», y el otro escucha: «Somos europeos arios y la Hispanidad es una filfa»; el segundo alega: «El descubrimiento, conquista y evangelización de América fue una de las grandes gestas de la Historia»; y el primero lee: «Quiero que toda Hispanoamérica se instale en la Península».

Vale, exagero, pero me entienden: salvo el caso extremo de esos trolls que salen siempre al calor de la polémica, me parecía que nadie estaba diciendo lo que pretendía su contrincante.

El opinador de Internet tiende al maximalismo extremo, una de las plagas del debate moderno. Recuerda al protagonista de la comedia de Mihura Ninette y un señor de Murcia, condenado a comer todos los días fabada porque el dueño de la pensión le conmina a comprometerse con la fabada o con el cocido.

Y cuando es cocido, es muchísimo cocido. Todo lo que salga de ahí es el diablo. De igual forma, uno tiene que ser antiinmigracionista a cal y canto o inmigracionista de pasen todos y pónganse cómodos. Es decir, hemos olvidado el sabio refrán de que no es igual ocho que ochenta, o que el agua es una bebida muy sana e imprescindible pero existe una cosa que se llama «tormento del agua», que es meterte litros en el cuerpo hasta que revientes.

No tiene nada que ver con lo que toda la vida se ha llamado «inmigración»; no es la inmigración el problema. Si se tratara de mera inmigración, apenas habría debate público o sería marginal. Es una invasión, sea producto de oscuras conspiraciones o de mera confluencia de intereses.

Personalmente, la Hispanidad me encanta y me parece admirable, además de una perfecta oportunidad de proyección geopolítica, como defiende siempre mi amigo Fernando Paz. Pero he de reconocer que un concepto tan grande me abruma un tanto, y me interesa más la españolidad, mucho menos grandiosa pero más entrañable, más cercana.

Por eso, aunque sé inevitable que se ataquen estos y aquellos aspectos de la invasión, me importa más el efecto general que los perjuicios individuales. Quiero decir que no es el islam lo que más me preocupa, aunque me parezca curioso pasarse ocho siglos luchando para expulsarlo para acogerlo ahora con los brazos abiertos. Ni es la inseguridad, aunque uno puede esperar que la cohorte poblacional más proclive a la violencia —varones jóvenes sin familia y sin lealtades culturales con la sociedad en la que viven— cause problemas desproporcionados a su número. Ni es la economía, con la congelación salarial que trae importar mano de obra en un país con un paro juvenil disparatado, y la presión sobre el Estado de Bienestar de pagar a tanto refugiado de pega

Ni es la falta de cohesión social, ni el problema de la vivienda. Es algo más general, más amplio y, para muchos, por ello innombrable. Es la identidad. Es dejar de ser. Es saber si podemos decir lo que dijo Viktor Orbán sobre su país: España quiere seguir siendo española.

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