Hace un par de semanas se cumplieron dos décadas desde que Pascual Maragall dijera que el Estado -el español, aclaramos- tiene un carácter meramente residual gracias al nuevo Estatut. La euforia que vivía la más alta representación… del Estado en Cataluña tenía su lógica. José Luis Rodríguez Zapatero, entonces Bambi hoy Collares, le daba su apoyo por aquello de que favor con favor se paga. El Tribunal Constitucional vino a limar las más afiladas aristas de aquel texto que aumentaba las desigualdades entre españoles, esas que crecen a la sombra de la democracia que «nos hemos dado». Aquel punto de partida estatutario condujo al golpe de Estado de 2017 y a la fuga de Puigdemont, arropado en esa misma Europa de la que Ceuta es su frontera sur, truco con el que se intenta hacer olvidar que la frontera es española. Los voceros progubernamentales, que en su guión tienen en negrita el rótulo «crisis migratoria», mantienen la murga fronterizoeuropeísta mezclada con acusaciones de xenofobia y racismo a quienes denuncian la actitud del hombre que surgió del vaho.
Dos décadas después de aquel desahogo, el Estado no es residual en Cataluña, pero va camino de serlo pues el PSOE concederá todo lo posible a los secesionistas y a su principal apoyo: el PSC. Este año, incluso, podría haber un repunte participativo en la berrea ahistórica del 11 de septiembre.
La invasión de Ceuta ha aparcado momentáneamente la cuestión catalana, sin embargo, ha mostrado hasta qué punto el Estado español es residual en muchos lugares. En el caso de Ceuta el abandono por parte de los Gobiernos, es decir, por parte de los que gestionan los recursos públicos, es patente. El objetivo del principal gestor, el PSOE que ha gobernado durante tres décadas España, es favorecer la marroquinización de la ciudad, paso previo a su incorporación, por métodos democráticos, acaso con la presencia de observadores internacionales, al reino de Marruecos. Los hechos así lo demuestran. En la empresa radicada en Ferraz disponen, incluso, de una doctrina al respecto, la que dejó por escrito Máximo Cajal en su, Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar. ¿Dónde acaba España? cuyo común denominador es el entreguismo. O lo que es lo mismo, el acabose de España.
Sin embargo, a pesar de la sobredosis de papilla ideológica hispanófoba administrada por todas las vías, singularmente la del ente público, las cosas no son tan fáciles. Por decirlo con Unamuno: a muchos nos duele España y no estamos dispuestos a permanecer impasibles ante su disolución. Por decirlo con Bueno: los poderes ascendentes no son cosa menor. Su potencia se ha podido comprobar estos días en Ceuta y se podrá ver, aunque el PSOE y sus socios harán todo lo posible por desmovilizar a la ciudadanía, el próximo 2 de septiembre, fecha en la que hay convocadas concentraciones ante los ayuntamientos. La jornada será una magnífica oportunidad para medir el grado de adhesión a la soberanía española en las diferentes regiones. No hace falta ser un lince para saber que allí donde el Estado es más residual y donde más ha concedido al narcisimo y al aldeanismo es donde menos gente saldrá a la calle.
Quietecitos en sus casas, muchos cultivarán ese día su resentimiento contra España. Su autodesprecio, en definitiva. Otros, pretendidos ciudadanos del mundo o progresistas irredentos, se dolerán de la «crisis migratoria» y cifrarán sus esperanzas en la labor de las mal llamadas oenegés que en el caso de Ceuta debilitan al Estado español, del que se valen, para favorecer los planes estrictamente políticos de Marruecos.