Esto no lo permitirá Europa, nos decían. ¿Quiénes? Vete tú a buscarlos ahora. Recordar una posición política es como recordar un verano, un perfume, la más tierna infancia… ¿No recuerdan ustedes cuando debíamos confiar en que Europa salvaría «nuestro Estado de Derecho» y que en ese escudo estaba su gran razón de ser?
Antes fue el 155. Cuando lo de Cataluña iba cogiendo un color de nubarrón, salían señores muy jurisperitos a decirnos que en ese artículo estaba la cláusula de seguridad constitucional, que la-que-todos-nos-dimos accionaría ahí su autodefensa y se haría puercoespín, toda bolita intocable.
Luego fue que no, y entonces nos quedamos con Puigdemont fugado y aquel grito de «turba» española: «¡Puigdemont a prisión!». De ilusión también se vive.
Puigdemont se dio el piro, es más, se dio dos, y Europa nos lo iba a traer esposado, cosa que tampoco sucedió. Europa ni caso. No sólo ni caso, encima le dio refugio.
Mientras la ilusión europea continuaba, aunque ya algo desencantada, llegó la amnistía y ahí, cuando ya no quedó humor ni cinismo para confiar en el Tribunal Constitucional, fue Europa la última esperanza, el defensa al corte, el coche escoba de Lo que entre todos nos dimos, la guardiana mundial de la ley y el orden liberal. La amnistía, según muchos expertos, y algunos apasionados de nuestras instituciones, acababa con la Constitución; era casi seguro que Europa esto no lo permitiría. ¿Cómo iba a permitirlo la Europa de nuestros desvelos? Si el metro de lo demoliberal lo cortan allí, no admitirían semejante traje.
Ahora conocemos el informe del Abogado General de la UE, no vinculante pero sí influyente, y no ve mucha objeción. La cosa no pinta muy bien.
Es de esperar que en los próximos días aparezcan en España expertos en legislación europea y jurisprudencia del TJUE dispuestos a enmendar la plana al Abogado General que, a la vista está, no conoce bien Europa porque (todos juntos) Europa esto no lo permitirá.