Escuchaba hace poco a un intelectual verdadero afirmar que el humanismo se cargó las humanidades y el liberalismo las artes liberales. Se me ocurrió entonces, siguiendo con las analogías pintureras, que tal vez la modernidad habría matado a la maternidad. Cierto es que en materia demográfica estamos atribulados, perplejos y perseguidos; derribados, mas no aniquilados. Pero si queremos ser literales, lo que la (pos)modernidad ha liquidado han sido fetos y embriones. Una era ideologizada, por muy devastadora que sea, no puede —jamás podría— arrebatar a unos padres la filiación de sus muertos. Del mismo modo que los vivos no tenemos capacidad para des-inscribir la herencia genética en nuestras células, diga lo que diga el registro civil, las madres no dejan de serlo a pesar de que el ser que anidó en sus entrañas, siquiera por pocas semanas, no llegara a nacer. Diga lo que diga el registro civil.
La posmodernidad no tendrá éxito en asolar la maternidad, aunque la haya llevado a sus horas más bajas, porque ésta forma parte de la alianza de Dios con los hombres a través de la belleza. Cada nacimiento es a su vez repetición del pasado y renovación de la faz de la tierra. Cada generación es alumbrada exactamente como la anterior pero aporta algo inédito. La reiteración y la innovación, la herencia y la transformación de lo recibido forja el vínculo entre el pasado y el porvenir y da sentido a todo lo que ha tenido lugar antes.
En su culminación, la modernidad, enemigo intrauterino y puerperal, comienza a instilar el veneno emancipatorio en el corazón del hombre y de la mujer, a separarlos de su destino de trascendencia. Para ello va moldeando la idea de familia y de maternidad. Dice un proverbio árabe que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres. Sin embargo, las madres también son hijas de una época y un lugar.
La familia tradicional de los años cincuenta y sesenta, el modelo occidental que en España llega hasta los ochenta e inundaba las escaleras de los edificios de olor a guiso casero, da paso a la generación que lleva la llave de casa al cuello o en la mochila y tiene a la MTv como niñera. Esas criaturas del cambio estructural social aprendieron pronto a ser autónomas y responsables pero recibieron también horizontes más amplios de sus madres trabajadoras. Ahora las miran de reojo queriendo estar a la altura y preguntándose todos los días cómo lo hicieron. Un poco más tarde, a las mujeres a las que la posmodernidad no llegó a tiempo de convencer de que la maternidad las oprimiría como un yugo, les impuso otro más perverso: la «telerrealidad». El filósofo Robert Redeker explica cómo las redes sociales, las pantallas, son para el hombre contemporáneo un espejo de doble vía. No cumplen la función de mero entretenimiento —la sociedad del espectáculo de Debord ha acabado en el basurero de la historia— sino de software conductual. Por un lado, vivir consiste en ceñirse a la imagen del espejo. La otra vía nos tiene como a los prisioneros de la caverna de Platón, adictos a las sombras que las instamamis proyectan. La maternidad ya no se parece tanto a lo que una vivió intramuros en su infancia como a lo aspiracional escupido sin descanso por el teléfono móvil. Se trata del mismo mercado, los mismos caladeros, que la medicina estética ha tomado por asalto. El espejo de doble vía que nos distrae de ser quienes verdaderamente somos para ajustarnos a modelos remotos y trucados. Ocurre una paradoja divina con los procedimientos médicos destinados a «mejorar» la imagen. Son capaces de transformar unos labios finos, herencia de la familia materna por ejemplo, en la boca de Scarlett Johansson, pero todavía encuentran un desafío en el tratamiento de las estrías de la piel. Pueden borrar de un rostro los vestigios de la madre pero no las huellas de la maternidad en la piel.
Es como si los surcos que aparecen en la mujer por el cambio hormonal y de peso tuvieran la función de recordar, de pasar una y otra vez por el corazón. Primero rojos como el vino, en carne viva, y luego blancos, atenuados pero indelebles. Como si la maternidad en lugar de mármol pidiera piel. Como si fueran un código que explica un vínculo, una historia de entrega y sacrificio. Como si delimitaran la tierra de acogida o marcaran el lugar que es bálsamo para las heridas de los hijos. Expresión tangible de la plenitud y desgarro del alma que es la maternidad, galones de la misión más alta.
Quizá la posmodernidad —la medicina estética— no consigue eliminar del todo las estrías porque en la piel de la mujer está inscrita la alianza de Dios con el ser humano a través de la belleza.