«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Familias monosalariales

19 de abril de 2023

He visto cosas que no creeríais. Basta haber nacido en 1969 para venir de más allá de Orión. En mi primera adolescencia todavía las chicas en las inaugurales pandillas nos decían, dulcemente desafiantes, que ellas pensaban trabajar, y algunos amigos entraban al trapo, y discutían. Yo, jamás; porque mi abuela había sido empresaria y mi madre era farmacéutica. Pero recuerdo aquellas discusiones burbujeantes de pelar la pava a la puesta de sol. Treinta años después, ellas, las mismas, confiesan que están aburridas de sus trabajos; y ellos, los mismos, ahora sus maridos, les recuerdan que no pueden dejar de trabajar porque no les daría. Es un mundo distinto, más acá de Orión.

Me parece estupendamente –mi abuela, mi madre— que trabajen las señoras. Lo que no me parece excelente es que para mantener un hogar con una mínima holgura tengan que trabajar a la fuerza los dos cónyuges. No es una cuestión de sexos. Un amigo se encargaba con mucho esmero de las tareas del hogar (y escribía libros admirables con poco éxito comercial) mientras su mujer traía el sueldo. Otro, viendo que su cónyuge presumía mucho de carrera laboral y de vocación entregada, le propuso dejar él el trabajo que le espantaba y encargarse de todo lo de la casa para que ella ascendiese más aún en la empresa y se realizase definitivamente del todo. Dijo que no, que si eso ya se quedaba ella en casa.

Expuesto con claridad —por la cuenta que me trae— que soy partidario de la libertad de elección de régimen económico en cada familia y de la más absoluta igualdad de sexos en la elección de cada rol, me extraña muchísimo que no se exija más un sistema socioeconómico que ampare a las familias monosalariales. ¿No queremos diversidad? 

No frivolizo. Sé que hay muchas casas en la que no entra ningún sueldo, y ya quisieran uno o medio; y también que hay muchas otras con un solo sueldo, pero éstas son las primeras que saben que, hoy por hoy, con un sueldo les da muy mal y por los pelos con suerte. En los tiempos de Orión se podía vivir holgadamente con un salario, pero ahora la familia monosalarial ha quedado fuera del alcance de la clase media: o es un mal menor o un privilegio de contadas profesiones extraordinariamente pagadas o de familias con patrimonio.

Antaño hasta aquellas discusiones extraterrestres eran posibles. Hoy se perciben signos de nostalgia de aquel sistema. Aurora Pimentel está haciendo un seguimiento exhaustivo de todos los libros que desde muy diversos posicionamientos ideológicos claman por una vuelta al hogar. Es una aspiración creciente que está en el aire, también entre los más jóvenes.

No me extraña: el sistema monosalarial tiene numerosas ventajas. Con él, la conciliación laboral deja de ser una contrarreloj. Reduce a la mitad los desplazamientos laborales, con lo que limita el impacto ambiental drásticamente. Conlleva un aumento de la natalidad. Probablemente disminuya las crisis conyugales. Lo que es seguro es que produce un reparto social más equitativo de los puestos de trabajo disponibles con más eficacia que lo de disminuir la jornada o los días de trabajo. Contribuye a mejorar la productividad del cónyuge (ella o él) que salga al mercado laboral, pues concentrará sus esfuerzos y se especializará más. La calidad de vida en casa aumentará: menos comida precocinada, menos desorden de horarios, menos discusiones por la logística, más belleza doméstica y atención a los detalles, etc. Leí un estudio económico en que se demostraba el ahorro de una administración racional del hogar. 

Insisto —por la cuenta que me trae— en la voluntariedad de este modelo de familia. Ahora mismo está completamente perseguido. Ideológicamente, porque se le mira mal, muy mal. Y económicamente, porque resulta una utopía. Sin embargo, las cuentas podrían estar claras. Si la presión fiscal media supera el 40%, es normal que se necesiten dos sueldos para sumar un poquito más de lo que antes era uno, porque el otro hay que dárselo al Estado. Luego, viene la inflación con las rebajas, y la escasa subida salarial.

¿No sería interesante proteger a las familias monosalariales? Por respeto a la libertad de elección de su identidad y también porque su existencia conlleva una serie de beneficios sociales. Un país no es más libre por decírselo él a sí mismo todo el día en el espejito mágico de su vanidad mediática, sino porque los ciudadanos tienen margen real para cumplir sus sueños y sus legítimas aspiraciones. Reclamemos ámbitos y legislaciones que permitan la monosalarialidad.

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