Federalismo pragmático
Federalismo pragmático
Por Esperanza Ruiz
28 de octubre de 2025

Señalaba Ignacio Ruiz-Quintano la influencia de Jesús Polanco en los premios Príncipe de Asturias, casi desde su creación, y a una le alegra saber que sus desafecciones no eran gratuitas. Las de antaño, claro. Porque en las últimas ediciones el palmarés de los galardones canta la Traviata. 

Entre criticar los atuendos de los royals, esquivar el toque convenientemente lacrimógeno de la gala, comprobar que la heredera tiene buen inglés y se sabe el himno de Asturias y ver si Letizia sostiene la mirada mefistofélica (término médico-estético) a la reina emérita, casi se nos pasa caer en la tendencia más o menos reciente exhibida en la adjudicación de los premios. 

Sin duda, va con el aire de los tiempos, esto es, a peor —salvo honrosas excepciones—, pero lo frecuente es que encontremos entre los afortunados ganadores a uno o dos «normales», a un satanista, a alguien que ni nos va ni nos viene ni sabe ubicar España en el mapa, y a cualquier héroe climático, colaborador globalista o la perversión que se les ocurra ese año. En la edición de 2025 se han decantado por distinguir al enemigo número uno del pueblo europeo: il signor Mario Draghi.

La prensa moderada, siempre presta al servicio público, puso sobre aviso a los que pensamos que la ignorancia es felicidad y no habíamos escuchado su discurso. Si a los medios del sistema les chorrea el whopper con las palabras de agradecimiento del premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional, podemos dar por sentado que al español de bien le van a doler. Una vez leído, no se puede decir que el ex presidente de Banco Central Europeo oculte sus intenciones. Quieren nuestra pasta y la van a tener. El genio del quatitative easing, el que nos ha traído hasta aquí (al endeudamiento masivo), aboga por (nunca lo adivinarían) ¡más democracia! Eso sí, para que podamos hacer frente a los desafíos urgentes que nos acechan debemos cederles más poder y cualquier resto de soberanía que nos quede por ahí. La democracia tendrá que esperar. Dice Draghi que no hay tiempo para que el modelo federalista europeo que nos llevaría al Nirvana se alcance creando las condiciones políticas que les otorgaría la legitimidad democrática necesaria, así que hay que optar por un federalismo pragmático «basado en cuestiones concretas, flexible y capaz de actuar al margen de los mecanismos más lentos de toma de decisiones de la UE». En su tocho de 400 páginas por encargo de Von der Leyen es probable que se haya explayado un poquito más y amplíe explicándonos que necesitamos que la tecnología, la sanidad, la industria militar y la energía sean financiados por los ciudadanos como contribuyentes, como consumidores y sobre todo, como ahorradores. Vamos a por la administración tributaria europea. Whatever it takes. 

Hace un par de semanas, el genial comediante francés Thomas Séraphine, locutaba una magnífica columna radiofónica (L’Europe, cette salope!) en uno de esos medios de información alternativos del país galo. Decía que la gran estafa de la Unión Europea había sido la metonimia. Al tomar el conglomerado administrativo por el lugar geográfico y civilizador cargado de alma, historia y guerras, la figura literaria se convierte en política, y dotamos a la tecnocracia bruselense del ágora de Atenas, la gravedad de Roma y el perfume de Goethe, convirtiendo la metonimia en la operación de maquillaje más exitosa de la propaganda moderna: transformar un servicio administrativo en mito fundador. Y cualquier crítica a la máquina federalista en blasfemia.

La Unión Europea ni siquiera ha sido capaz de encontrar un nombre que agrupara a los 27 países gobernados por una parodia de alquimia administrativa, como existe «correligionarios», «compatriotas» o «compañeros». Séraphine proponía que nos llamáramos «codeudores». Es lo que nos une, la misma deuda.

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