Feijoo está debajo de un nogal
Feijoo está debajo de un nogal
Por Iván Vélez
9 de marzo de 2026

Un año después de terminada la guerra civil, Enrique Jardiel Poncela escribió su obra, Eloísa está debajo de un almendro, convertida ya en un clásico nutrido de humor absurdo y misterio. La comedia gira en torno a dos familias, los Briones y los Ojeda, unidas por el amor entre los jóvenes Fernando Ojeda y Mariana Briones, que acaba descubriendo que bajo el almendro del jardín se halla el cadáver de Eloísa, muerta años antes por culpa de los celos.

La semana pasada, la del sí y no a la guerra, la del uso pero no uso de las bases americanas, la del despliegue de una fragata de guerra, Alberto Núñez Feijoo trató de situarse bajo otro árbol: un nogal, que no una noguera, pues la Nogueras, doña Míriam, diputada de Junts, nada quiere saber del máximo representante del partido que activó aquel blandengue 155 que provocó la huida de Puigdemont al corazón de Europa.

En efecto, el gallego, que en 2014, durante una intervención en el Círculo de Economía de Barcelona, dijo que Galicia era «una nación sin Estado», pues, atravesado por fuerzas telúricas, afirmó que «el pueblo gallego se remonta la noche de los tiempos», trató de cobijarse bajo el nogal peneuvista. Este que agitaba la banda terrorista ETA para que los peneuvistas recogieran las nueces, es decir, los privilegios que pagamos todos los españoles.

El caso es que, olvidando que fue precisamente el PNV quien propició que su antecesor, Rajoy, fuera sustituido por un bolso en su escaño, antes de ser desalojado de La Moncloa, Núñez Feijoo volvió a tantear a los de Aitor Esteban. No consta si lo hizo con los ripios que intercambió Rajoy en aquella memorable jornada del Parlamento, trufada de tractores. Sea como fuere, el líder popular, según desveló Esteban en su televisión, se reunió en Madrid con el versolari para sondear un posible acercamiento de posturas que los herederos de Arana han descartado de forma concluyente. No hay, pues, cobijo para Feijoo bajo el nogal peneuvista, que se beneficia de los cuidados que se le da desde Ferraz.

Carpetazo, pues, a esta intentona, que no es la primera ni tiene por qué ser la última, pues el PP, al igual que el PSOE, siempre se han apoyado, es decir, ha cedido partes de lo común ante estos especialistas en lo que, generosamente, puede calificarse de negociación, pues a menudo los resultados de la agitación —¿de un madroño?— se asemejan a un expolio: el famoso pufo del que hablara Mikel Buesa.

Vuelve, pues, el PP por donde solía. Al reconocimiento de desigualdades que crecen cada día. Que ahondan en una estructura que los publicistas más imaginativos llaman multinivel. Esa que el cálculo monclovita dio el nombre de cogobernanza para distraer la pérdida de peso del Estado en regiones como las Vascongadas. En Cataluña, ya en su día, el valedor de ZP dijo que el Estado se había convertido en residual.

En estas coordenadas, coincidentes con las del PSOE, anda enredada la otra mitad del bipartidismo español, siempre postrado ante el supremacismo. Siempre a la búsqueda de un árbol que, como afirma la tradición, da tan mala sombra como la higuera, en cuyas ramas llevan encaramados progresistas y conservadores desde hace medio siglo.

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