Feminidad terapéutica
Feminidad terapéutica
Por Enrique García-Máiquez
4 de febrero de 2026

Leo a un profesor de secundaria (o al Profesor Secundario porque firma así en Twitter) una desalentadora anécdota. Yo, que podría firmar como «otro profesor secundario», la leo con el corazón en un puño.

Pueden leer la versión original, pero en resumen pasó lo que sigue. Una chica de su IES estaba siendo acosada por un grupo de muchachos. Eran los amigos de su novio. Y la justificación del hostigamiento es que ella no convenía a su amigo y entonces querían forzarla a que lo dejase. El novio intentaba —con una notoria falta de éxito— convencer a sus colegas de que pasaran y no la molestasen tanto, pero sin pelearse (en ninguno de los dos sentidos) con ellos. En ese momento del protocolo de acoso, una compañera suspiró al oído de nuestro narrador: «Aquí lo que hace falta es un poco de masculinidad tóxica». El Profesor asiente, y hasta lamenta no poder poner remedio «por encontrarse obligado por contrato a estar del lado de la diplomacia».

Me parece un testimonio muy interesante, en carne viva, de hasta qué extremos tan duros nos lleva la blandura imperante, pero yo, de haber estado allí —como podía perfectamente haber estado por las obligaciones de mi contrato— hubiese propuesto otro tratamiento distinto, sin ánimo de contradecir a la perspicaz compañera, sino de complementarla. Yo hubiese recetado un poco o más o mucho más de feminidad terapéutica.

No tengo claro que el novio que ve con resignación cómo sus amigotes acosan a su novia tenga mucho remedio. Probablemente haya que amputar. Pero si tiene remedio, lo tiene tras un tratamiento de choque de feminidad exigente, que sería el principio activo. La novia le tendría que haber dicho: «Mira, guapo –guapo y blando–, si tus amigos me acosan por ser tu novia y tú no eres capaz de poner pie en pared, la que va a dejar de ser tu novia motu proprio soy yo, porque aspiro a tener un novio que, por muy adolescente que sea, no adolezca de la falta de los dos atributos más imprescindibles: la cortesía y el coraje».

Urge exigir a las chicas que exijan a los chicos. O enseñarlas a que los enseñen. Lo explicó pormenorizadamente Ortega y Gasset al comentar la Divina Comedia: «¿Y no es esto —la mujer como norma— el gran descubrimiento de Dante? […] En la segunda Edad Media —a mi paladar [el paladar de Ortega, pero también el mío], la edad más atractiva del pasado europeo— la mujer se hace educadora del hombre. Dante representa su culminación». Y explica cómo la caballería nace porque las señoritas no se conformaban con menos: «Las damas provenzales exigían a su caballero que fuese “prou e courtois”, esto es, bizarro y cortés, las dos cosas», y entonces los hombres se aplicaban el cuento. Ellas crearon el ideal de «caballero» (bravo y cortés) que ahora tanto echamos de menos. Sigue Ortega y Gasset: «En las épocas más fecundas y gloriosas —el siglo XIII, el Renacimiento, el siglo XVIII— las costumbres permitieron con peculiar intensidad que fuesen las mujeres, como Stendhal dice, juges des mérites. […] ¡Véase cómo lo más impalpable y fluido, el aéreo ensueño que sueñan las vírgenes en sus camarines imprime su huella en las centurias más hondamente que el acero de los capitanes! […]A mi juicio, es ésta la suprema misión de la mujer sobre la tierra: exigir, exigir la perfección al hombre […] mediante leves gestos fugaces que actúan como golpes eléctricos de un irreal cincel».

Hemos de educar a nuestros hijos (y a nuestros alumnos) para que sean señores de una pieza, y a nuestras hijas para que no se conformen con menos, ni merezcan menos. Lo peor que puede pasar es que dejen a los novios atontados, gregarios y cobardes como el de la historia. Lo mejor es que les cambien el carácter. Yo creo que con feminidad terapéutica, como pido yo, y masculinidad tónica, como pide mi anónima compañera, esto todavía tiene arreglo.

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