Galicia batasunizada
Galicia batasunizada
Por Javier Torres
23 de octubre de 2026

De pronto, algunos descubren la penicilina: hay violencia separatista en Galicia. Cómo es posible, si allí nunca ha gobernado el nacionalismo, si hablamos de la Galicia de las mayorías absolutas del PP, de la moderación templada por el Atlántico y las rías bajas. Olvidan que la política no admite espacios vacíos y el separatismo avanza cuando enfrente no hay nada. Ni siquiera es el caso gallego, pues ahora recogemos las nueces de décadas de inmersión lingüística y abandono del Estado en una de sus funciones esenciales: la cohesión nacional desde la escuela. 

La calle siempre sorprende a quienes creen que las ideas no tienen consecuencias y las sociedades son fruto del azar, de la mano invisible que hace que todo funcione sin enterarnos. Es verdad que el apartheid lingüístico no lo explica todo, aunque es parte del proceso descentralizador que inauguró el café para todos y continúa con los estatutos de autonomía de segunda generación. Hay algo más importante, una cuestión incómoda que siempre escurren a hurtadillas tantos trovadores del régimen. Jamás habríamos llegado hasta aquí —ni Merche Aizpurúa al Congreso— sin el factor que vertebra el proceso disgregador: la violencia. 

La violencia que tantos creen inservible es el motor que ha hecho avanzar al separatismo, con la ETA como punta de lanza en el País Vasco o los CDR al servicio de Puigdemont durante el golpe del 1 de octubre, ahora con todos los delitos de sus cabecillas amnistiados. Llevamos medio siglo de violencia política patrocinada por las distintas oligarquías separatistas y nos echamos las manos a la cabeza porque son capaces de movilizar, como Batasuna, a cientos de ultras un miércoles al mediodía.

La escena la hemos visto en mil lugares. Encapuchados vestidos de negro portan banderas rojas y la regional con la estrella comunista de cinco puntas. Están los de Galiza Nova, que son los cachorros del BNG, los Riazor Blues, las Juventudes Socialistas y el Sindicato de Estudiantes, del que un amigo dice con gracia que ya somos más viejos que las estrellas del fútbol, pero más jóvenes que los portavoces estudiantiles. Sin más oficio o beneficio que la militancia, su objetivo es revestir la protesta violenta de legítima reivindicación estudiantil, modelo calcado al que estos días vemos en Francia con la racaille asaltando las tiendas. En La Coruña incendiaron por la noche una de Zara, orgullo de una ciudad señorial que ahora tendrá que acostumbrarse a la guerrilla urbana tras décadas de hegemonía nacionalista en las aulas.

El odio antiespañol es un odio antiguo y la propaganda nos decía que ya superado, porque ETA ha dejado de matar y es una opción tan válida como cualquier otra. Lo que no les interesa recordar es que todo separatismo ha derivado en un grupo terrorista: ETA en el País Vasco, Terra Lliure en Cataluña y Resistencia Galega en Galicia. 

Ya es mala suerte que la violencia secesionista de toda la vida reaparezca en la misma semana en que conocemos que dos terroristas vascos irán a prisión. Bildu, al parecer, se les queda corto y eso que ha tenido como portavoz a una condenada por terrorismo. Con Otegui y Josu Ternera blanqueados por Évole, en Bildu han considerado que tampoco habría problema en incluir a tres etarras en las listas: Marije Fullaondo, condenada a dos años de cárcel por integración en organización terrorista; Floren Aoiz, condenado en el mismo caso; y Sonia Jacinto a ocho años por reconstruir la estructura de Batasuna bajo directrices de ETA.

El día que Milei aterriza en España en la SER sólo encienden las alarmas para advertirnos del avance del fascismo. Llamar fascista al libertario Milei es de paguita, pero sabemos que lo hacen como arma arrojadiza, como uno de esos adoquines que volaron en La Coruña. A un chaval le partieron la cara cuando llegaba a la plaza de María Pita con la rojigualda atada a la cintura. Ni Sánchez ni sus medios lo han condenado.

Horas después de los disturbios en Galicia el mismo esquema se repite en Avilés. Encapuchados de extrema izquierda y magrebíes agreden a un joven que porta la bandera de España. El odio contra lo nacional adquiere un nuevo rostro: el islamoizquierdismo. Es una tendencia que se repite en toda Europa porque la izquierda, en guerra contra la población autóctona, sólo puede ganar de la mano de las hordas extranjeras que en los últimos días incendian París y Milán. 

En clave nacional también hay patrones que se repiten. Uno de ellos es la complicidad miliciana de la delegación del Gobierno, que autoriza contramanifestaciones a escasos metros de la original. Otra es la participación de políticos o sus escoltas en la violencia. En Vallecas vimos a los de Pablo Iglesias —entonces vicepresidente— integrados en las hordas que hostigaban un acto de VOX. En La Coruña aparece Aitor Neira, candidato de Podemos a la alcaldía de la ciudad.

La conclusión es evidente: la violencia forma parte de la estrategia electoral de Pedro Sánchez, como la huelga general, la de profesores o la acampada en Sol. No habrá paz en las calles, dice la portavoz socialista de Madrid. Lo ocurrido en La Coruña y en Avilés es la avanzadilla que veremos durante toda la campaña, una violencia preventiva, una amenaza velada de lo que ocurrirá a partir del 29 de noviembre si Sánchez no sigue en la Moncloa. 

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