Gilipollismo endémico
Gilipollismo endémico
Por Itxu Díaz
6 de febrero de 2025

Acaba de llegar a España. Pero todo empezó con Maurice. Feo como un inspector de Hacienda, parcialmente desplumado, y mimado hasta la sospecha por Corinne, el gallo Maurice protagonizó desde la isla francesa de Olerón un largo proceso judicial, tras ser denunciado por un idiota por hacer «kikirikí» a la hora en que estos bichos suelen hacer «kikirikí». «El chillido del gallo comienza a las 4:30 de la madrugada y continúa toda la mañana hasta bien entrada la tarde», denunció en una misiva un psicópata que adquirió una propiedad en el rural francés con idea de que aquello fuese como el mismo Manhattan y que los animales tuvieran botón de on/off.

El caso llegó a los tribunales. Corinne, una mujer que es un híbrido entre Pedro Almodóvar y la Jessica Fletcher de Se ha escrito un crimen, y con aspecto de no haber pisado estiércol en su vida, montó una plataforma nacional de apoyo al gallo, en su pueblo se forraron vendiendo sudaderas de «Todos somos Maurice», metieron el hocico los políticos, y Francia aprobó una ley de «patrimonio sensorial» para permitir cantar al de la cresta roja cuando le salga de los huevos. La ley también declara «patrimonio sensorial» los demás sonidos y olores del campo, desde la desbrozadora del vecino madrugador hasta el dulce aroma de los campos minados de boñigas.

Maurice, extenuado por los viajes que le metía entre pluma y pluma Corinne, que se lo llevaba bajo el brazo a todos los juicios y ruedas de prensa en la gran ciudad, finalmente estiró la pata dos años después de iniciarse el conflicto vecinal. «Fue encontrado muerto al pie del gallinero, hicimos todo lo que pudimos», dijo conmovida Corinne, que también tiene una pedrada muy seria, y que quiso ser el gran símbolo de la defensa del rural francés, como si la gente del campo tuviera por costumbre hacerle el boca-pico a los gallos cuando doblan la servilleta, en lugar de hacer un caldito para templar el alma, y seguir sexando pollos.

Resumiendo: un idiota denuncia a un gallo, la loca de la dueña del animal convierte la disputa en una guerra civil entre el campo y la ciudad, y los tribunales y los políticos legislan hasta el aroma a fertilizante orgánico. El gallo, único animal inteligente en esta historia, la palma. Un listo se forra vendiendo sudaderas. Cosas de franceses.

¿Fin de la historia? En absoluto. El espíritu galliforme de Maurice, desde el Purgatorio de los gallos —me cuentan que era un poco hijoputa con las gallinas—, se les ha aparecido a sus primos del PP, que nunca pierden ocasión de estar a lo importante, y esto es ahora Vietnam. «La vaca muge y hace sus necesidades donde el cuerpo se lo pide, los caballos relinchan, los perros ladran, y lo hacen cuando lo tienen a bien, sin pautas preestablecidas», reza la ley estelar del PP en Asturias, «son sonidos y olores naturales que forman parte del acervo cultural», equiparando, supongo, el rugido de una Black & Decker en el jardín de una casona de Taramundi a la prosa de Jovellanos y a la catedral de Oviedo.

La proposición detalla un inventario de sonidos a proteger con todo el peso de la ley, porque forman parte del «Patrimonio Sensorial Rural Asturiano» —téngase en cuenta el dato, porque al parecer los gallos en mi tierra gallega llevan silenciador—, que incluye cabras, cerdos, patos, burros, y palomas, entre otros animales del Señor. Injustísima la omisión del grillo (crí, crí), el jilguero (pío, pío), y el diputado común (híoo, híoo). Y resulta una traición desgarradora la exclusión de la gaviota en la lista, confirmando la inquina que tienen a los suyos. Sí felicito a su asturiana señoría, sin embargo, por la precisa inclusión en el Anexo II, dedicado a los olores, junto al delicioso «humo» y el suculento «estiércol», de la protección pública olfativa al «pelo quemado», el gran olvidado del mundo rural. 

«Muchas caserías», denuncia el PP también en el documento, «se han transformado en casas rurales, desgastando los cimientos de la Asturias tradicional». De modo que lo único que se ha hecho bien en Asturias en los últimos 50 años, que es la increíble promoción del mejor turismo rural de España, magistralmente respetuosa con el medio y las tradiciones, y que de hecho ha permitido recuperar muchas que de otro modo se habrían perdido y revivir multitud de aldeas que habían quedado despobladas, desgasta «los cimientos de la Asturias tradicional». Inspiradísimo. 

Al fin, releyendo el documento, estaba entre vestirme de Don Pelayo y liarme a espadazos contra la estulticia parlamentaria o ponerme a mugir en homenaje a la vaca Lola, pero luego he caído en la cuenta de que podríamos hacer lo mismo en nuestras urbes. Que si el PP quiere que la gente que viaja de la ciudad al campo respete las tradiciones, los olores y sonidos, como debe ser, quizá esté cerca de exigir a los que viajan del desierto a las urbes, atraídos por los poseídos por Maurice en Francia y en España, que respeten que el outfit del transeúnte urbanita no incluye machetes, que el cristiano de ciudad reza y lo hace donde el cuerpo se lo pide sin ánimo de exponerse al martirio, que la costumbre aquí es trabajar y cotizar, y que se dice «cigarro» en el idioma que protege el patrimonio sensorial de mis cojones 33.

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