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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Un Gobierno progresista. Recordando a Ortega y Gasset

20 de marzo de 2017

Decía Nietzsche que “la humanidad no representa, tal como hoy se cree, una evolución hacia algo mejor, más fuerte, más elevado. Lo que ahora llaman ‘progreso’, no es más que una idea moderna y por lo tanto, una idea falsa.»

Nuestro Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, ya es enteramente progresista. Todos quieren serlo y reivindican serlo, da igual que lleven el pelo a lo “rasta” que traje y corbata, son todos súper progresistas y gentes de consenso en este ámbito.

Habrá un gobierno progresista, estoy seguro de ello, sea con quien sea, con los unos o con los otros, porque todos son del club en sus diversas versiones, parece que nadie se sale de la tabla según sus propias palabras.

La crítica de Ortega al progresismo

Releyendo a Ortega y Gasset, algo muy propio para estos tiempos, en un artículo denominado “Mas allá del progresismo”, entresacamos que para este filosofo español el progresismo es «una desviación casi patológica de la conciencia”, el «alma progresista» no soporta que pueda ponerse en cuestión tal «afán primordial de progreso», porque fácilmente conduce de modo paradójico a una actitud dogmatica, ya que el progresista, «con su ingenuidad específicamente moderna, cree su punto de vista definitivo y el único admisible».

Tanto «modernidad» como «progreso» son palabras formales que sirven para incitar conciencias en pro de una «superstición» peligrosa, porque precisamente la época que proclama la mutabilidad de las ideas y de las instituciones es la que más se aferra a su inmutabilidad.

Según Ortega, el «progresista» de nuestro tiempo tiene deficiencias graves de comprensión del dinamismo histórico. Por una parte, tiene fobia al pasado, algo que ya estamos comprobando con la sectaria memoria histórica. «Deslumbrado por las botas nuevas de la civilización actual, cree que el pretérito no puede enseñarnos nada». Para el progresista la vida no tiene más valor que el de preparar el futuro, el progresismo seria una enfermedad de nuestro tiempo consistente en el «afán de supeditar la vida actual y pasada a un mañana que no llega nunca». El progresista realiza una «suplantación de lo real por lo abstractamente deseable». La inercia mental del «progresismo» tiende a suponer que «conforme avanza la historia crece la holgura que se concede al hombre para poder ser individuo”. La convicción anterior es negada por Ortega: «No: la historia está llena de retrocesos en este orden, y acaso la estructura de la vida en nuestra época impide superlativamente que el hombre pueda vivir como persona».

«Nuestro tiempo se caracteriza por una extraña presunción de ser más que todo otro tiempo pasado». Pero puede ocurrir que, a su vez, sea un tiempo de «decadencia», en cuanto que cabe detectar una «vitalidad menguante», aún cuando no se lo sienta así. Y este es el problema.

«Vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar» cualquier cosa:

Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, mas saber, mas técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva».

Para la «fe progresista», todo es posible. Pero también es posible «lo peor», «la barbarie», «la decadencia».

Más allá del progresismo, habría que volver a experimentar la «inquietud», la «víscera palpitante y cruenta» de cada momento, su pulsación pavorosa, recobrar “el dramatismo radical de nuestro destino”, en vez de insensibilizarnos mediante los “cloroformos” de la costumbre, el uso y el tópico progresista.

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