Esta semana han acabado los colegios, lamentablemente. Se han terminado los días de verdad laborables porque los niños andan sueltos, y pían. Hasta el martes, un día en sí glorioso por lo que tiene de fúnebre rutina, en estas fechas muestra defectos propios de un sábado. Las universidades, sin embargo, continúan abiertas. Nuestro calendario fue alterado hace un tiempo sin que el gremio protestara: los profesores universitarios, de tan listos, parecen tontos. El cambio implicó apelotonar exámenes y adelantar el inicio del curso a principios de septiembre, con lo que septiembre ha dejado de ser septiembre, igual que el martes, martes. Un sindiós que, entre otras cosas, nos obliga a veranear en agosto, confundidos en la vulgar masa de los infelices asalariados.
Tratar a los profesores como al resto de empleados es más grave de lo que parece, y no sólo por el mes de septiembre, que ahora tiene que ocuparse él solito de enterrar el verano: apunta a una visión errónea de la labor universitaria. Ni las universidades son empresas, ni los profesores, tenderos, ni los alumnos, clientes. Pero se olvida. Y como el cliente siempre tiene razón, poca diferencia hay entre el chaval que se matriculó y el que, cuatro años después —y ni uno más—, se gradúa. Salvo honrosas excepciones, personales e institucionales, la dinámica consiste en que el alumno permanezca, inmóvil en su perfección, y que sea el profesor el que se vaya acercando, atraído por su campo gravitatorio. Así, el día de la graduación, el rector duda a cuál de los dos imponer la beca. La madre del profesor, que había prometido no llorar, falta a su palabra.
El mayor problema de la enseñanza radica en quienes no creen que haya un problema. No, corrijo: peores son los que reconocen que lo hay, pero creen que se solucionaría con dinero. Los veo: aprovecharían el presupuesto para actualizar todas las pizarras digitales, en las que se podrá hacer de todo −después de loguearse y cambiar la contraseña−, salvo escribir. Habrá que asistir a un curso para aprender a manejarlas. Con el dinero que sobre, que será poco a estas alturas, crearán un comité para la implementación de nuevas mejoras, constituido por un despistado, un arribista y ocho expertos en pedagogía. La pedagogía divide al claustro en dos: los que viven de ella y los que saben que es un conjunto de buenas intenciones catastróficas, cuando no una estafa.
Por supuesto nuestros males no se originan en la universidad; vienen de antes, de los niveles elementales, y están bastante identificados, solo faltan las ganas y el valor para revertirlos. Deberíamos, por ejemplo, tomarnos mucho más en serio el asunto de la lectoescritura, donde el retroceso es escandaloso. Algo tan fácil en nuestro idioma como las tildes: sólo los alumnos excelentes las colocan bien; el resto, las espolvorean. Y entiendo que hay casos un poco sutiles, como los acentos diacríticos, pero ¿y las esdrújulas? Si se tildan todas. Si con ese aire aparatoso e italianizante que tienen, se ven venir de lejos. Si cuando entra una esdrújula en la sala, alguien tiene que dejarle su sitio.
Se dice ahora que la IA va a ser la tumba de la capacidad de razonar y expresarse de nuestros alumnos, el fin de la inteligencia natural. Sería cierto de no ser porque la inteligencia natural está arruinada desde hace tiempo: la artificial ha venido a cubrir una plaza que estaba vacante. Deberíamos buscar una solución, sobre todo porque, a causa de nuestra falta de organización sindical, el 1 de septiembre estamos otra vez en la trinchera. No propongo, claro está, volver a la disciplina de antaño, ni a las diapositivas de acetato, ni a la Guerra de las Galias o a los Recaredos y los Teodoricos. ¿O sí? Tal vez sí. En cualquier caso, no dudo de que el futuro está en las Humanidades y en todo aquello que nos avive el seso y nos encienda el espíritu; de otro modo, no habrá futuro, o no uno propiamente humano.