«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Carlos Marín-Blázquez (Cieza, 1969) es profesor de literatura, escritor y columnista. Ha publicado hasta la fecha dos libros de aforismos ('Fragmentos y Contramundo'), un volumen de relatos ('El equilibrio de las cosas') y una recopilación de artículos ('Una escala humana'). Su último libro es 'Arraigo', un ensayo publicado por CEU Ediciones y que obtuvo un accésit en la segunda edición del Premio Sapientia Cordis. Periódicamente, sus columnas aparecen en diversos medios digitales.

Hipocresía

26 de junio de 2026

Cuando en 1993, después de abatirle, la policía colombiana entró en la hacienda de Pablo Escobar, descubrió que entre las carísimas extravagancias que el narco había ido atesorando a lo largo de su dilatada carrera criminal figuraba un zoológico con más de mil doscientos animales exóticos. Este fue el dato que retuvo la audiencia. Después de que Colombia atravesara uno de los periodos más sangrientos de su historia, la impunidad de un delincuente, su escandalosa capacidad para poner en jaque al entero aparato institucional de una nación se resumía en una imagen asombrosa: cuatro ejemplares de hipopótamo retozando en el lodo de una finca selvática.     

Aquí también disfrutamos de nuestra propia ciénaga y, a medida que profundizamos en ella, nuestro estupor se agrava. Ahora bien, ya no nos sorprende el hecho en sí de la corrupción, el espesor de las tramas, los vasos comunicantes por los que, fluyendo de una institución a otra, se extiende y se adensa la podredumbre. En este apartado, acusamos cierta insensibilidad. Con las joyas del expresidente Zapatero se llegó a un punto, casi cenital, a partir del cual es complicado seguir escalando. Digamos que ese suntuoso hallazgo de la policía ha tenido sobre la opinión pública un efecto parecido a la catarsis que provocaron en su día los hipopótamos de la hacienda de Escobar: sintetizar en unas pocas instantáneas el aire viciado de una época. 

Por lo demás, resulta bastante definitorio del estado en que se halla nuestra sociedad el hecho de que las joyas que el expresidente guardaba en la caja fuerte de su despacho vayan a ser el elemento que acabe sepultando su imagen. Porque hablamos de uno de los personajes más oscuros de la historia reciente de nuestro país. El hombre que llegó al poder tras la convulsión que siguió a una masacre cuyo origen sigue sin esclarecerse. El desenterrador del guerracivilismo. El gestor económico nefasto. El demagogo vacuo. El sonriente blanqueador de dictaduras a cuya sombra —según apuntan los indicios— habría sabido lucrarse. De muchos de los males del presente, él es el precursor.

Y, sin embargo, nada en su sinuosa trayectoria había logrado minar hasta ahora su crédito. Hay aquí un enigma en el que vale la pena detenerse. Para su esclarecimiento, es necesario introducir unas dosis mínima de teoría política y entender algo que, quizá de un modo difuso, también entrevió el propio Zapatero.

En la modernidad, especialmente a partir de la Revolución Francesa, el Estado se convierte en la fuente principal y casi única de la moral colectiva. Arrinconada la Iglesia, prácticamente desmanteladas el resto de instituciones tradicionales, queda el Estado como único ente dotado del poder necesario para trazar una línea divisoria entre el bien y el mal. A partir de ese momento, lo que ocurrirá en el Occidente democrático es que serán los partidos situados a la izquierda del espectro político los que con más determinación se dedicarán a la tarea de moralizar la sociedad. Su legitimación, por tanto, no la buscarán mayormente en una gestión exitosa de la economía y en la salvaguardia del bien común, sino en el empeño de presentarse ante la opinión pública como los únicos artífices posibles de este nuevo orden de cosas.

Es esa coartada moral, mezcla de buenismo empalagoso y deshumanización del oponente, la que numerosos políticos han utilizado como máscara tras la que disimular las trazas de su ineptitud y su corrupción. Y si bien la ineptitud y la corrupción no entienden de ideologías, sí que es cierto que, desde un punto de vista reputacional, resultan bastante menos dañinas para aquellos que, tras décadas de propaganda mediática y adoctrinamiento cultural, han acabado estableciendo las coordenadas mentales en las que se desenvuelve el conjunto de la población.

Como dato sociológico, la conmoción que ha causado el descubrimiento de las joyas de Zapatero (suceso que, tras las últimas sentencias condenatorias del Supremo y en razón de la velocidad a la que se desmorona el régimen, parece ubicarse en una brumosa prehistoria) debe interpretarse a la luz del vacío por el que se despeña nuestra civilización. Erigimos ídolos de barro para mitigar nuestra penuria. Nos dejamos embaucar por charlatanes melifluos bajo cuya virtuosa apariencia se esconde el colmillo retorcido de un voraz depredador. Pero ocurre una cosa: quien se fabrica un pedestal a partir del cultivo de una imagen de excelencia ética también se arriesga a quedar destruido en el instante mismo en que otra imagen revele a los ojos del mundo la realidad de su condición.

Es, en definitiva, el viejo tema de la hipocresía, tan antiguo como nuestra especie. El problema estriba en que todavía son multitud quienes siguen creyendo que basta el cobijo de una querencia ideológica para situarse por encima del resto de sus semejantes.   

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