«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Cremita

25 de junio de 2026

Allá por los dos mil fue muy popular un anuncio de la ONCE y su canción «tú me das cremita, yo te doy cremita». Más de veinte años después, Pedro Sánchez ha rendido homenaje sin pretenderlo a tan audaz ocurrencia creativa, ofreciendo como única comparecencia, en el día en que su mujer caía finalmente en los brazos de la justicia, la grabación de un TikTok recomendando a los españoles que se pongan crema, no está claro si para protegerse del sol, o para soportar la urticaria continuada de su atroz desvergüenza. 

De un tiempo a esta parte, Arturo Pérez-Reverte no pierde ocasión de mostrar su fascinación por Sánchez, en el contexto de su desequilibrado amor por los forajidos, los maleantes, y todo eso que ha idealizado en el universo de su literatura. Dice el académico que el presidente es un profesional —de lo suyo, se entiende— porque, con todo lo que tiene encima, sigue «toreando a la oposición por los dos pitones». 

Yerra doblemente el de Alatriste, porque ni es un profesional, ni está toreando nada. El toreo, don Arturo, es arte noble. Y lo es porque respeta unos códigos, porque encierra unos valores y somete a ellos a los protagonistas. Si un torero saltase al ruedo armado con machetes y troceara vivo al toro, no sin antes vaciarle las cuencas de los ojos, no estaríamos hablando de una gran faena, sino de un desalmado cabrón. Sánchez es un espontáneo con machetes en el ruedo de la política española, y arrancarle los ojos al toro es su manera de entender la alegórica ceguera de la justicia. 

De nuevo, el diagnóstico más audaz lo ha hecho estos días Santi Abascal, al recordar que Sánchez, tras la deriva judicial de su mujer, es más peligroso hoy que ayer. Y lo es, entre otras razones, porque es consciente de que ya nadie en España da un duro por su estado de salud mental, y la locura es el eximente favorito de los cronistas progres, cuando se trata de justificar crímenes. 

Están las redes a rebosar de gentes que se dicen bien informadas anticipando el inminente final del sanchismo, y están los españoles cansadísimos de la eterna promesa de la victoria de la justicia y la liberación de España. Lo escribo con toda precisión, porque la nación está secuestrada desde hace siete años por un impostor, sometida en todas sus instituciones, y amordazada en cada rincón de lo público, pero también de lo privado: cuando salió a la luz la cloaca, todos pudimos ver como se entremezclaba el mercadeo de las instituciones y los cargos, con la compra de voluntades en empresas y medios de comunicación; que no, que no son afines, que solo están a sueldo. Y aun encima no lo paga él de su bolsillo, sino que estamos pagando al secuestrador para que nos mantenga cautivos. 

No hace mucho se decía que a Sánchez lo juzgará la historia. Ahora ya sabemos que lo juzgará la justicia. Lo que sí examinará la historia —y tal vez los jueces— es el papel de los cooperadores necesarios, señalados para la más triste posteridad, todos aquellos que se dejaron comprar, todos los Patxi López que desconocen el amor propio, y los plumillas de tinta por encargo, todos los Rufianes de boca ancha, pilila diminuta, y bolsillo agradecido. También, sí, los otros cooperadores necesarios: los que hacen política donde deberían estar haciendo la guerra, los que llevan siete años tonteando para retratar a Sánchez y sus socios, como si los españoles no fuéramos ya capaces de dibujarlos con todo lujo de detalles hasta con los ojos cerrados. Y, por supuesto, los que no han perdido ocasión de sumarse al linchamiento del juez Peinado, para confirmar que, además de no ayudar para liberar a la nación española, están felices de perpetuar al secuestrador en su trono. 

Y entretanto, mientras la justicia esquiva el bombardeo que llega desde Ferraz y La Moncloa, el cachondeo: cremita para los españoles. Como cuando aún había alguien que pensase que era un político hábil y audaz, como cuando aún la novia cadáver de la bancada del Gobierno tenía algo de gracia, aunque fuera siguiendo los guiones del delirante Redondo, patrón de los soberbios y endiosados, el sobón cuyo nombre no recuerdo, y otros ilustres asesores para todo, de esos que unas veces te escriben un discurso, y otras te mandan unas cuantas putas al despacho. 

Cremita, en fin. No has perdido el honor porque nunca lo has tenido. Has perdido el tiempo y los tiempos. Has perdido el control. Y has perdido la gracia, también. Porque la risa del loco no es graciosa, sino repulsiva, el humor del loco tiene siempre algo de monstruoso y depravante. ¿Cremita? Dicen los que saben de esto que es útil en Soto del Real.

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