Hay una suprema ironía en gastarse más de 72.000 euros del dinero público para contemplar cómo la Luna tapa al Sol, cuando la verdadera especialidad de este Gobierno no es mirar al cielo, sino tapar su ineficiencia y sus polémicas. Mientras cuatro ministros apuraban un cóctel VIP en el Observatorio de Yebes y celebraban la penumbra al ritmo indie de La Habitación Roja, a unos cuantos cientos de kilómetros, en Ceuta, la realidad no necesitaba gafas de protección para resultar deslumbrante y trágica. Pero, claro, para la oligarquía volante de Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska, no hay crisis nacional que no pueda taparse con una buena moqueta institucional, un canapé de autor y una pirotecnia mediática perfectamente orquestada y aprovechada.
Hay una demencia burocrática en el relato oficial de Moncloa. Nos repiten con insistencia casi hipnótica que Marruecos es un socio leal, mientras las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado recogen pedradas en la valla, cuentan dedos rotos y contienen a manotazos la entrada masiva de miles de personas. Resulta un espectáculo grotesco. En los despachos se financia el gas y la electricidad del vecino, se regala diplomacia y se financian actos de gala. En las redes sociales de Castillejos se organizan impunemente las llamadas a la ‘al-hajma’ (la embestida), marcando en rojo el 15 de agosto para un nuevo asalto a la soberanía española. En la calle, el ciudadano de a pie comprueba cómo el Estado abdica de su primera y fundamental razón de existir: proteger sus fronteras y garantizar el orden.
¿Qué clase de alianza es esta en la que el socio aprieta el detonador migratorio y nuestro Gobierno paga la fiesta?
Cuando la ley se vuelve blanda con quienes asaltan las puertas, se vuelve despiadada con quienes viven dentro. Las estadísticas judiciales del propio Tribunal Superior de Justicia de Andalucía no mienten, por mucho que la propaganda oficial prefiera mirar a las estrellas: ingresos en prisión por agresiones sexuales, allanamientos y robos. Las familias de Ceuta no están preocupadas por los fenómenos astronómicos; están preocupadas por acompañar a sus hijas a la puerta de casa para que no sean acosadas o atacadas en su propio barrio por quienes pretenden importar la impunidad y el desprecio absoluto a nuestras leyes. Un país que no es capaz de defender sus fronteras no es un Estado soberano; es simplemente una sala de espera para el desastre.
Frente a este escenario de abandono, la tibieza del Ejecutivo roza la traición. Se niegan a militarizar la frontera, se prohíbe el uso de medios eficaces a la Guardia Civil, se desmantelan grupos de combate contra el tráfico ilícito y se tolera que un ministro extranjero diga abiertamente que Ceuta y Melilla están sobre la mesa. No hace falta ser un experto para entender lo que el sentido común más elemental lleva tiempo gritando en el desierto. Si el Gobierno tuviera un atisbo del patriotismo, el despliegue no estaría en los catering de Guadalajara, sino en las aguas de la ciudad autónoma. En primer lugar, un cierre y blindaje con respuesta militar inmediata en los puntos de cruce e interrupción de los flujos de ayuda energética si no hay una contención real del lado alauita. En segundo lugar, tolerancia cero con la delincuencia mediante la expulsión inmediata de todo aquel que ingrese de forma ilegal o cometa delitos en suelo español, sin rodeos burocráticos ni falsos paternalismos. En tercer lugar, el respaldo firme a los agentes, otorgando autoridad, recursos y amparo jurídico a los policías que hoy ejercen de escudo humano frente a la violencia. No hay compasión ni pacto posible frente a quienes cruzan nuestras fronteras no para acatarlas, sino para agredir, delinquir y pretender imponer sus normas sobre las nuestras. Que las mujeres españolas tengan que sufrir el acoso, la violencia y la agresión en sus propios barrios mientras los delincuentes gozan de impunidad es la consecuencia directa de un Gobierno que ha abandonado el deber más elemental del Estado: proteger a su propio pueblo. Moncloa es responsable moral y política de cada agresión por haber desmantelado la seguridad y cedido la soberanía nacional.
Mientras el sanchismo siga gastando el dinero de los españoles en taparse los ojos con cócteles y conciertos, Ceuta seguirá recordando una verdad incómoda: el peor eclipse no es el que nos oculta el Sol durante unas horas, sino el que apaga la dignidad y la seguridad de toda una nación.