Güelfos y gibelinos
Güelfos y gibelinos
Por Carlos Esteban
9 de febrero de 2026

«Nada hay tan poderoso como la fuerza cuyo tiempo ha llegado», decía Víctor Hugo, y lo decía porque vivía en un tiempo que me atrevería a llamar históricamente normal en el sentido de que los jóvenes eran más que los viejos y que la gente estaba aún lo bastante cerca de la tierra, del suelo y sus realidades, como para entender que la leche no procede del tetrabrik y dos más dos nunca pueden ser cinco.

Hoy sí pueden. Porque el fascismo.

¿Saben por qué el fascismo es tan extraordinariamente popular en la izquierda e incluso en la derecha seguidista y apocada de posguerra? Porque quedó hundido bajo una montaña de sesenta millones de cadáveres. Porque cuando algo fracasa tan monumentalmente, tan universalmente, se convierte en el perfecto coco, en la etiqueta que nadie en su sano juicio va a reivindicar, en la bandería que, por no existir, se puede alancear en cada ocasión sin riesgo y con aplauso.

He leído, por mis pecados, una tribuna a la que remite la portada de El Mundo titulada ‘¡’La «ruptura» que deja a la humanidad sin hogar’, de una tal Ece Temelkuran, en la que la autora turca acusa al Nuevo Orden Mundial de ser una forma evidente de fascismo surgida para imponer el neoliberalismo. Mussolini habría alucinado bastante. Nada significada nada ya, todo queda en la sonoridad connotativa de las palabras.

En serio, ¿no podemos olvidarnos cinco minutos de las referencias a la Segunda Guerra Mundial para reflexionar sobre ideas y hechos, no sobre etiquetas? Quizá un cuarto de hora, no pido más. Que se miren durante ese tiempo cómo son las cosas, cómo están las cosas, sin palabras tapabocas y asustaviejas.

No porque el fascismo o el comunismo no tengan muchísimo interés histórico, ni porque sea trivial buscar fascinantes conexiones y derivaciones de esas ideologías antañonas, sino porque, en el debate real de lo que tenemos y de lo que hay que hacer, son distracciones pedantes o, las más veces, maliciosas. No pretenden que llamando a unos u otros de los bandos que contienden por controlarnos fascistas vayan a aclarar las cosas, sino que buscan oscurecerlas; no buscan con estas perezosas asociaciones de palabras una reflexión inteligente, sino una mera identificación emocional de repulsión refleja.

Porque, seamos sinceros, los problemas, motivaciones, condiciones objetivas y premisas culturales que dieron nacimiento a los bolcheviques y a los fascistas tienen tan poco que ver con los nuestros como con los de la Europa del Congreso de Viena (mismo espacio de tiempo). Aunque tuviera razón Gardel cantando que veinte años no es nada, 90 son bastante para que pocas iguales sean ni parecidas.

Nos encontramos ante problemas que, o nunca ha encarado la humanidad —la ideología de género, el feminismo radical, el hombre del saco climático—, o no sucedía desde hace milenios, la invasión de pueblos de culturas muy distintas y distantes en conjunción con la caída en picado de la natalidad en nuestras comunidades políticas. Nada de esto tiene que ver con el origen y desarrollo del fascismo, tanto valdría sacar a colación a güelfos y gibelinos para explicar nuestra división ideológica.

Puedo entender, aunque me exaspere, el enorme peso inercial de la vieja generación para la que todos estos términos tienen un eco emocional. Pero no podemos seguir distraídos con el uso pueril de estas categorías políticas, que ni con el más eficaz de los calzadores pueden aplicarse al mundo real, al de hoy.

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