A Franco no le perdonaron, más que la victoria en la guerra, haber ganado la paz, asignatura pendiente de tantos mariscales de campo, licenciados en West Point y líderes políticos de todo pelaje. Quizá esto último explique en gran medida por qué Franco ganó la guerra: en la zona sublevada no había políticos y en la roja estaban todos peleándose, incluso más tarde en el exilio, tras arruinar la nación y entregarle el oro del Banco de España a la URSS por las armas enviadas.
La inminente paz en Ucrania, como todo lo que sucede en el mundo desde el 11S, ha cogido con el pie cambiado a las huestes del bipartidismo, convencidas de la victoria total capitalista proclamada por Fukuyama tres años después de la caída del Muro de Berlín. El planeta —vaticinó— se convertiría en un mercado único globalizado que acabaría con las identidades nacionales, las fronteras y las diferencias culturales. Superado el modelo comunista, la democracia liberal occidental sería la forma definitiva de gobierno.
En los últimos días asistimos a un empacho de alusiones a los principales actores de la II Guerra Mundial —¿cuándo escaparán de la cárcel mental de Normandía?—, aunque ninguna recuerda que el loado Winston Churchill terminaba las comilonas en Yalta brindando con Stalin por la libertad de las naciones invadidas por el Ejército Rojo y la promesa de celebrar elecciones democráticas. Para sorpresa de nadie, tal cosa no sucedió. Luego, en Postdam, hicieron compañía a Stalin el inglés Clement Attlee, que cantó la Internacional puño en alto cuando visitó Madrid en diciembre del 37, y Truman, que días después sepultó bajo las democráticas bombas atómicas a dos tercios de la población católica de Japón.
Sánchez, tahúr de nuestro tiempo, envió ayuda a Ucrania con una mano y con la otra financió los tanques de Putin doblando la compra de gas licuado ruso. Quienes denuncian tal hipocresía y aspiran al fin de la guerra reciben estos días los mayores ataques. Dicen que Trump es ETA, Putin es Hitler y Orban un sicario de la KGB. Abascal nada menos que Batasuna y Ortega Lara está a dos nuevas revelaciones del USAID para que el Arkham Asylum radiofónico le llame Otegui. Nada de esto es obra de Pablo Iglesias o Rufián, sino de la derecha mediática pepera, ya sea su versión modosita en papel o la búmer-maoísta-liberalia digital.
Para comprender el origen de esta rabia desbordante, este embrutecimiento general, debemos compadecernos de tanto pobre diablillo al que el cambio de paradigma no ha tenido la delicadeza de preguntarle qué tal le viene el nuevo siglo, pues no parece que el XXI tenga entre sus planes convertirse en una página en blanco de la historia. Veinticinco años después del atentado contra las torres gemelas, Occidente confirma la muerte de los viejos esquemas que impiden asimilar la realidad, como le ocurre a la madre de Good bye, Lenin! aferrándose a un mundo que ya no existe.
Al tiempo que aumentan los insultos —seguro que es casualidad— también lo hacen las voces que hablan de una gran coalición bipartidista. Esta idea es bendecida en los cenáculos de la capital, antesala de tantas columnas y editoriales que piden —siempre desde los medios genoveses— un Gobierno PPSOE que otorgue estabilidad y mucho consenso. El único entusiasta en las filas socialistas también se resiste, por descontado, a enterrar el siglo XX. Es Felipe González, que prometió en el 82 que venía a luchar por los descamisados y ha acabado en un ático en la calle Velázquez, diseñando joyas y concediendo entrevistas a Vanity Fair para hablar mal de Sánchez y prometernos que las cosas volverán a ser como antes. Él nos metió en la OTAN, por eso habría que preguntarle a qué se refiere con esa vuelta a la nostalgia, no vaya a ser que últimamente haya leído a Gironella.