Ha llegado la femosfera
Ha llegado la femosfera
Por David Cerdá
9 de julio de 2026

Pues ya tenemos aquí a la femosfera: una constelación de creadoras de contenido, podcasts y comunidades digitales que ofrecen a mujeres jóvenes un manual descarnado para navegar el mundo de las citas. Su equivalente masculino, la manosfera —que ha tenido a la cabeza un tonto esférico, Andrew Tate—, llevaba tiempo marcando el paso; ahora ha llegado su reverso. Figuras como SheraSeven o Sukaina Benzakour acumulan cientos de miles y a veces millones de seguidoras. Sus mensajes son directos y desgraciadamente eficaces; dicen que el amor no es un encuentro, sino una partida de póker, y que los hombres no son compañeros, sino agentes con intereses propios, de modo que la mujer que no aprende a jugar ese juego está condenada a perderlo. Kanika Batra, autora de la biblia del tema (Sociopathic Dating Bible), aconseja a las mujeres adoptar una actitud deliberadamente ambigua, distante e incluso «cruel», bajo la premisa de que los hombres pierden interés cuando la relación resulta demasiado accesible o predecible.

La propuesta de estas influencers es rechazar el sexo casual —ese que prometía liberación y ha terminado generando, en no pocos casos, desorientación—; exigir inversión económica por parte del hombre; buscar lo que llaman «hombres de alto valor»; y cultivar una cierta frialdad estratégica, una «energía femenina oscura» que mantenga al otro en tensión. El sexo no se pospone por convicciones morales o trascendentes, sino por cálculo. En la femosfera predomina una visión marcadamente negativa del hombre, al que se tiene por inherentemente egoísta, centrado en el sexo y escaso de empatía. Bajo esa premisa, toda relación aparece como una trampa en la que la mujer acaba asumiendo la carga doméstica y emocional… hasta ser, tarde o temprano, sustituida. Por eso se promueve la «hipergamia», la idea de que la mujer debe aspirar a emparejarse con hombres de mayor posición económica y estatus que ella. Basta mirar el contexto en el que han surgido estas propuestas para entenderlas. Las aplicaciones de citas como Tinder o Bumble han transformado el encuentro amoroso en una especie de mercado permanente, donde la abundancia de opciones no ha traído más satisfacción, sino más incertidumbre. Una parte creciente de los jóvenes percibe que las citas son más superficiales e inseguras que nunca.

La femosfera es otro delirio que brota como respuesta a la atosigante desorientación amorosa de jóvenes y no tan jóvenes. Propone sustituir el amor por otra cosa. Donde antes había idealización, introduce un Excel. Donde había ingenuidad, introduce sospecha. Y donde había —siquiera como aspiración– entrega, introduce una mesa de negociaciones. El resultado es que el otro deja de ser alguien con quien construir algo para convertirse en alguien frente a quien posicionarse. El lenguaje es muy revelador. Se habla de «valor», de «mercado», de «nivel» y de «inversión». Conceptos todos ellos legítimos en el ámbito de los negocios, pero profundamente inadecuados para describir una relación humana que aspire a algo más que a un intercambio. Hemos dejado que el cinismo y el descreimiento alcancen tal altura (muchas veces maleducados por las películas y series baratas) que ese barro está ahogando a mucha gente que en el fondo y como casi todos lo que desea es cumplir con la gran aventura del corazón: encontrar a alguien con quien recorrer el camino de la vida.

No es casual que este discurso incluya una crítica al feminismo liberal reciente, una crítica que tiene aspectos valiosos. Se le reprocha haber promovido una idea de libertad desligada de las consecuencias, especialmente en el ámbito sexual. Haber animado a las mujeres a comportarse «como hombres» sin advertir que los costes —biológicos, emocionales, sociales— no son simétricos fue, desde luego, una mala idea. No obstante, la solución que se propone no corrige el error, porque mantiene su lógica de fondo. Tanto más en movimientos tan exagerados como el 4B en Corea del Sur, que propone directamente la retirada: no citas, no matrimonio, no hijos. No es que la femosfera renuncie a los hombres; es que decide competir con ellos, renunciando a establecer un verdadero vínculo.

La relación entre mujeres y hombres está atravesada de dificultades, pero es precisamente el contraste entre ambos sexos el que hace interesante ese viaje. Este giro no es más que otro intento de evitar dolores y frustraciones que son inherentes a vivir e imprescindibles cuando uno pretende algo más que sobrevivir. La protección no se puede convertir en principio rector. Demasiadas mujeres se quejan de que el amor «no funcione»; la cuestión es que no debe hacerlo en el sentido en que funcionan los mecanismos o los sistemas optimizables. No es un conjunto de reglas que, aplicadas correctamente, garantizan un resultado. Es un viaje riesgoso, sí, pero, para que vivir merezca la pena, prácticamente ineludible.

La alternativa, sin embargo, no es volver a una ingenuidad acrítica. Nadie sensato defendería hoy un ideal romántico bobo; entre esa ingenuidad y el cinismo estratégico hay una tercera vía, mucho menos visible y bastante más exigente: la madurez. Una forma de estar en las relaciones que no niega los riesgos, pero tampoco reduce al otro a un problema a gestionar. Un adulto reconoce la asimetría, pero no la convierte en excusa para la manipulación. Madurar implica entender que quien ama pierde el control en muchos sentidos; hay sabiduría en entender que precisamente ahí está su gracia. No es una idea cómoda, no vas a hacer un reguetón con ella; peor para los reguetones.

Conseguir un gran amor exige discernimiento, paciencia y una cierta resistencia a las simplificaciones de la época. No hay alternativas, en todo caso, a esa cordura, del latín cordis, «corazón». Ahora que la femosfera ha llegado, entendamos qué patologías sentimentales nos revela. Detrás de sus consignas hay decepción, hay miedo y hay, también, un deseo persistente de alcanzar a otro ser con quien hacer el camino, un ser cuyo amor nos justifique. Cuando el amor se convierte en un juego de poder, todo el mundo acaba perdiendo. Y no solo en lo íntimo; una sociedad que desaprende a amar inicia su inexorable ruina. Puede entretenerse, por un tiempo, organizarse, incluso puede prosperar durante otro trecho. Pero acaba, inevitablemente, colapsando. Contra eso tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas.

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