Fue descolgar el teléfono Trump y la guerra empezar a acabarse. Una de las cosas que algunos aprendimos con Ucrania fue eso de ‘proxy war’. Casi todo el mundo es proxy de alguien. También vimos que había mucho proxyneta…
La guerra con la que Estados Unidos no tenía apenas nada que ver acaba, vaya por Dios, cuando lo dice Estados Unidos. Trump cumplirá una promesa de paz, Estados Unidos podrá quedarse con las tierras raras y a saber cuántos contratos, y Rusia con las conquistadas y el Estado tapón que solicitaba.
Ucrania, a cambio, podrá decir (contar en la nueva historia oficial) que rozó como Ícaro los cielos occidentales de la OTAN y la UE (ay, el Euromaidán…) antes de quedar menguada y ensangrentada.
Y entre nosotros no quedarán los pájaros cantando, sino unos individuos un poco extraños, unos europeos que querían luchar esta guerra hasta el último ucraniano que fuera posible; jóvenes que en lugar de matar marcianitos se sentaban al ordenador a contar casualties, padres de familia que no veían del todo mal jugar al mus nuclear (¡envido, putinejo!) y atlantistas que desconfiaban del mismísimo Kissinger; más papistas que el Papa, más húngaros que Hungría, estaban animados por el deseo de derrotar a Rusia, incluso de romper Rusia, vieja veleidad anglosajona que se acabó convirtiendo, como tantas cosas, en un reflejo aprendido nuestro. En Rusia se acumula la propaganda británica de un siglo y la norteamericana de otro. ¡Romper Rusia, nada menos! Ni Napoleón ni Hitler ni el Imperio Británico lo habían conseguido, aunque Estados Unidos se sintió cerca en los años 90…
Entonces llegó Putin, que en su discurso de Múnich en 2007 avisó de que lo unipolar se estaba terminando. Lo hizo agarrado como un viajante al maletín nuclear. Al año siguiente, la OTAN propuso ‘membresía’ a Georgia y Ucrania. Observa Todd, retrospectivo, que Georgia tiene ahora un 18% menos de superficie y que no será menor el porcentaje que entregue Ucrania, un Estado nunca del todo bien conformado sobre cuyos hombros (de tan cuestionables escápulas, por otra parte) se puso la defensa del orden demoliberal y nuestra entera civilización. Tras entregarles semejante responsabilidad, nosotros (y uso el plural con ánimo amistoso, pero sin convencimiento) les ofrecimos algo de ayuda, ayuda hasta cierto punto, y tener controlada la opinión occidental. No puede negarse el equilibrio en el reparto de funciones. Mientras los ucranianos se enfrentaban a los rusos en el frente Este, otros contenían a los putinejos en el frente Oeste. ¡Ellos pondrían los muertos, otros la propaganda!
Todo quedaba muy bien en su relato, con un único problema: el relato no era del todo verificable. Ni Putin se moría mañana, ni le daban un golpe de Estado, ni se acababan las bombas rusas, ni llegaba el colapso económico… Ucrania fue empujada al desastre. La fantasía aliadófila era puramente cinematográfica, como ganar una guerra en el Discovery Channel. Impostura virtual, cero skin in the game.
Ucrania queda desmembrada por Rusia (oh, Saturno iliberal devorando a su hija), pero el actor principal ha sido Estados Unidos, que ahora empieza a aceptar su derrota suponemos que a cambio de imponer sus intereses en otro lugar del planeta tampoco difícil de imaginar.
Quienes deseaban seguir apostando con muertos ucranianos podrían ser mirados con no poco recelo, pero también merecen comprensión. Su mundo se tambaleaba. Por eso necesitan hitlerizar a Putin. ¡Hitlerizar a alguien, a quien sea! El mundo desde 1989, sobre el que se volcó irreflexivo el medio siglo narrativo anterior, se emborrona. Pierde nitidez. Los buenos y malos. El sentido de la historia. La dirección del viento hegeliano. ¿Cómo empezar de nuevo? Sería como cambiar de idioma, como cambiar de mano para usar el tenedor… Sin Hitler ni Stalin… ¿no será la tierra un lugar sin polos? ¿No tendrá razón Javi Poves?
Esta Europa oficial se queda como los japoneses aquellos perdidos en una isla luchando una guerra que ya había terminado. Guardan una lealtad imperial a un Imperio que decide ser otra cosa, mirar a otro lado, que se pira como Mr. Marshall. ¡Otaneros colgados de la brocha civilizatoria!
La causa ‘occidental’ fue defendida hasta el último ucraniano por personas que a miles de kilómetros estaban movidas por un furor extraño. Defendían de manera encendida estructuras, plataformas: la OTAN, la UE o un Estado ucraniano que en realidad eran dos… (quizás la gente no muera por el sistema métrico decimal, pero sí puede mandar a morir por ello). Su pensamiento no era nacionalista, de hecho, odian a los nacionalistas; tampoco democrático, pues poca democracia había en Zelenski; ni defendían una Europa ancestral o soberana. Sí la ‘idea’ bruselense, pero no cualquier Europa, porque en el ataque a Rusia estaba siempre implícito un ataque a Alemania, a la posibilidad de una Alemania orientada a Rusia. En algún momento de los 90, Estados Unidos creyó que Rusia se hundía y que Alemania crecía demasiado.
Europa, que vio destrozarse Yugoslavia y ahora Ucrania, confirma que puede ser un peligro para los pueblos, una sirena supranacional que atrae a los marineros al naufragio; además se ha empobrecido y reducido industrialmente. Para actualizar su vasallaje a Trump the Pimp ahora tendrá que aumentar su gasto militar, enterrando la idea narcótica del bienestar en la que se quiso radicar un excepcionalismo museístico, blando, decadente…
En aquel discurso de 2007, Putin tenía frente a sí a unos Estados Unidos sin frenos. LeBron James haciendo mates uno detrás de otro. El mundo ha cambiado un poco. Ahora Trump llega al poder con bravatas monroevianas y una riviera gazatí, pero China amenaza en IA y Rusia le obliga a un repliegue. Su poder, inmenso, es menor; encuentra límites que Estados Unidos había olvidado.
Esto se expresa con la grandilocuencia caótica y kitsch de Trump, pero en realidad es forzoso realismo disfrazado que trae consigo un lenguaje y una mirada cruda sobre las cosas («las crudas realidades estratégicas»). Luz de ascensor sobre el planeta. Nosotros (ahora sí, nosotros) tendríamos que aprender a mirar el mundo así, enfrentarnos (¡uf!) a la imagen de debilidad que devuelve el espejo.