El pasado domingo, 19 de octubre, se celebró en Chinchón un homenaje a la memoria de David Lafoz, el agricultor aragonés de 28 años que se quitó la vida este mes de julio porque la vida, literalmente, le había pasado por encima. David era más que un «hombre del campo» o, si se prefiere, era un hombre del campo en el sentido más amplio y profundo que pueda tener esa expresión: era alguien que había decidido permanecer sobre la tierra de sus padres por puro amor al suelo heredado y a ese oficio que consiste en sacarle fruto. Tal vez, para muchos, nada envidiable: sólo unas tierras de secano en el Campo de Belchite, ese tipo de lugar que parece condenado a convertirse en «España vaciada». Y sin embargo, David no la vació. Pudo marcharse a la ciudad a currar de cualquier cosa, pero no quiso: decidió entregar su vida a ese suelo. Sabía lo que le esperaba: no sólo el trabajo duro de la agricultura, sino, sobre todo, la inhumana presión fiscal, laboral y administrativa de un sistema concebido ex profeso —porque, sí, es deliberado— para que nuestros campos se conviertan en desiertos. David se hizo famoso cuando llevó su tractor a la Aljafería de Zaragoza dentro de las protestas del sector agrario. Con la misma determinación se presentó, siempre a bordo de su máquina, en Valencia para retirar barro cuando la última riada. David convirtió su lugar en el mundo en una forma de militancia: la militancia por la tierra. El sistema pudo con él: multas, inspecciones, una rentabilidad mínima y la vigilancia hostil de un Gran Hermano decidido a hacerle la existencia imposible. Así acabó la vida valiente de David Lafoz.
Hubo un tiempo en que una familia entera podía vivir del suelo: pobre, tal vez, pero libre y dueña de su pedazo de tierra. Hoy es cada vez más difícil, incluso imposible. No es, como aún creen algunos, por una política agraria mal concebida, no: la política agraria europea de los últimos veinte años tiene por objeto precisamente que nuestro campo quede desierto, que la actividad agraria o ganadera o pescadera sea un mero recuerdo del pasado, en beneficio de una industria agroalimentaria que ganará mucho más dinero produciendo fuera y vendiendo aquí. Si no se entiende esto, no se entiende nada: la política agraria de la UE ha decidido hace tiempo dejar de proteger a los productores europeos y ha virado hacia una forma de transnacionalización que sin duda reportará importantes beneficios económicos a los grandes, a los que pueden trasladar su negocio fuera, a Ucrania o a los países del Mercosur o a Marruecos, pero que a los pequeños, a los nuestros, los condena a muerte. Todas las políticas que nos vienen con el rosco de la Agenda 2030, y David lo sabía perfectamente, son en realidad programas de lobbies —energético, farmacéutico, alimentario, etc.— con cobertura moralizante. El «cambio climático» es el envoltorio moral que recubre los dividendos de la transición energética, como la “restauración de la naturaleza” es el disfraz de la deslocalización del sector primario o la «acogida de refugiados» es la coartada para la bajada general de los salarios de los trabajadores europeos. Un truco que, al menos hasta ahora, ha venido funcionando a pedir de boca en unas sociedades domesticadas por una visión puramente economicista de la existencia y por el culto globalista como sucedáneo de la vieja religión.
Lo que ocurre es que el campo no es sólo economía. El campo, la actividad agraria y ganadera, encarna físicamente la voluntad de un pueblo de mantenerse sobre un suelo a través de las generaciones. Si hay una actividad humana que representa de forma material la continuidad histórica de un pueblo, esa es precisamente la agropecuaria. Por lo mismo, vaciar el suelo es la forma más letal de matar a un pueblo, de aniquilar su identidad, de entregarle a un puro no-ser. David lo sentía en lo más profundo de su alma. Por eso quiso permanecer. También por eso, el sistema va a insistir en sus políticas de deshumanización, en sentido estricto, de nuestro suelo. Y por eso, en fin, la mejor resistencia, el mejor modo de recordar a David y a los otros miles de davides de los que nunca se habla, es defender a capa y espada el derecho —el deber— de mantener nuestro suelo vivo, habitado, ocupado, fértil, como una voz que sin cesar dice el nombre de nuestro pueblo. Al final, es de eso de lo que se trata.