En el artículo anterior hablábamos del torticero informe del Defensor del Pueblo en cuatro puntos:
Hoy, basándonos en el mamotreto de setecientas setenta y siete páginas del Defensor del Pueblo, y en un informe más breve pero más exhaustivo de la fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) vamos a desmenuzar y analizar algunos de los datos por si arrojan algo de luz a la cuestión:
Estos datos nos dan algunas pistas acerca de dónde hay que actuar para atajar el problema. Que, aunque en buena parte sea un misterio, hay unos flancos por donde se puede acometer.
En primer lugar, y puesto que el papel de las mujeres agresoras es anecdótico, conviene incidir en los niños. Podríamos pensar que todavía es pronto, que ya nos haremos cargo de ellos cuando sean un poco más mayores. Pero conviene saber que el 29,4% de los agresores son menores en el momento de cometer la agresión. Si bien es cierto que a medida que decrece la edad de la víctima, aumenta la edad del agresor (más adelante abordaremos esa cuestión que no es fruto de la casualidad). Y en las víctimas de trece a quince años los agresores menores de edad representan hasta un 38,9%.
Si la política afectivo-sexual con respecto a los menores es la de «¡Viva la masturbación!», «¡viva el porno con perspectiva de género!» y «¡vivan los vínculos… cuando se nos haya pasado el arroz!», entonces lo que estaremos creando serán unos zombis muertos por dentro aunque brillen por fuera, adictos a la pornografía (a contenidos más salvajes cada vez) y buscando en el sexo una felicidad que se va alejando cuanto más utilizan el órgano sexual.
Actualmente los menores empiezan a consumir pornografía a los ocho años. Eso provoca que a edades muy tempranas ya necesiten aumentar la dosis no sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente. No es de extrañar que a esas edades todavía no tengan preferencia por víctimas de poca edad, pues actúan por mimesis y su enfermedad sexual no está tan avanzada y eso se nota en lo que ven, en lo que imitan y en los límites que necesitan transgredir.
Abandonemos a los niños al albur de las charlas del Ministerio, a los libros de educación sexual oficiales y a la basura que echan por la tele, y criaremos a una perfecta generación de violadores y abusadores incapaces de vivir una sana sexualidad que les permita establecer vínculos fuertes y formar una familia.
El reto comienza en casa, desde el mismo momento del parto y antes, y si no somos muy conscientes de ello abandonaremos a nuestros hijos a un mundo de tinieblas que irá ganando terreno en su corazón mientras mantienen la vista fija en una pantalla que les descubrirá un mundo de horror que se presentará con una promesa de placer.
Servirán a un ídolo que, a diferencia de Dios, nunca tendrá suficiente, siempre querrá más, y sólo se saciará con la muerte del potencial agresor, que es su víctima.