La Vanguardia publicó el lunes pasado en portada: «Los detenidos por yihadismo en lo que va de año ya igualan a todos los de 2024». Era al día siguiente de la primera comparecencia de Pedro Sánchez después de siete días de incendios. Pero, en cierta manera, el periódico hacía trampas. Podría haber titulado: «Cataluña es la comunidad autónoma con más yihadistas detenidos». Sólo en Barcelona hubo 24 detenciones. A las que habría que añadir dos más en Tarragona y en Gerona. Muy por encima de Madrid y Valencia, con nueve cada una.
El año pasado, en efecto, hubo un total de 81. No ha parado de haber un goteo: 78 en 2023, 46 en 2022, 39 en 2021, 37 en 2020. La cifra más alta fue en el 2004 con 131. Parece que estamos en guerra —o al menos en una guerra larvada—, pero todavía no lo sabemos. El día antes precisamente, en el homenaje a las víctimas del atentado de las Ramblas, el diputado de VOX Juanjo Aizcorbe denunció «el auge del islamismo» a consecuencia de la inmigración ilegal con la llegada de «personas que tienen intenciones y costumbres opuestas a las nuestras». De hecho, el mismo día trascendió la detención por la Policía Nacional de dos jóvenes en la localidad de Vallfogona de Balaguer (Lérida) por su presunta participación en delitos de autoadoctrinamiento, adoctrinamiento activo terrorista y colaboración.
La investigación se inició hace año y medio, cuando los especialistas en la lucha antiterrorista detectaron a una persona que presentaba una elevada actividad en la red vinculada a páginas de la organización terrorista Daesh. Ello, por cierto, no ocurría en un barrio con un elevado porcentaje de población magrebí en los alrededores de Barcelona, sino en el medio rural. Vallfogona de Balaguer es un municipio de la comarca de La Noguera, cerca ya de Aragón, de apenas 2.000 habitantes. De los cuales unos 300 son extranjeros, casi el 14% según cifras oficiales. Sin embargo, nadie dirá que no hubo señales de alarma en el horizonte sobre este crecimiento del islamismo. Primero fue el atentado contra las Torres Gemelas (2001). La investigación que hicieron las autoridades americanas —el famoso 9/11 Commission Report y que yo me he leído-.. reveló que uno de los cerebros del ataque, Mohamed Atta, pasó antes por Salou (Tarragona). Evidentemente no vino a hacer turismo ni a ir de discotecas.
En la filtración de WikiLeaks (2010) ya trascendió también que Estados Unidos consideraba a Cataluña «el mayor centro mediterráneo del yihadismo» por la fuerte implantación de la comunidad marroquí y pakistaní. Sobre todo en algunas ciudades como Tarragona, Hospitalet, Badalona o Reus. Finalmente, en 2015 también se supo que una de cada tres mezquitas en Cataluña era salafista. Un salafista no es necesariamente un yihadista, pero es normal que un yihadista provenga de esta corriente radical del islam, aunque obviamente ellos no se consideran musulmanes radicales, sino sólo buenos musulmanes.
Por último, el atentado de las Ramblas. De los diez jóvenes, nueve eran de Ripoll (Gerona) y uno de la localidad vecina de Sant Joan de les Abadesses. Ripoll es la cuna de Cataluña. Ya saben, Wifredo, el velloso y el Abad Oliba. Si el conde, que se pasó la vida guerreando contra los moros, se levantara de la tumba… volvería rápidamente a ella. La capital del Ripollès, por cierto, tiene un 15% de población extranjera, que tampoco es tanto. Otras localidades catalanas la superan. Yo mismo vivo en un municipio que supera este porcentaje. ¿Cuántos musulmanes viven en Cataluña? Hace apenas unos años se hablaba de 400.000. Ahora ya dicen 600.000. Nadie lo sabe con certeza. Los sin papeles no salen en las estadísticas y los nacionalizados tras diez años de residencia legal dejan de salir. Sólo que el 1% —por poner una cifra bajísima— de los 600.000 esté dispuesto a traspasar la línea roja que supone cometer un atentado, me salen 6.000. Houston, tenemos un problema. Hemos estado ciegos ante el auge del islamismo entre otras razones porque nadie en los últimos veinte años ha tomado decisiones en materia de inmigración.