«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
La Gaceta de la Iberosfera
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

Invasión de Ucrania: una lección de Historia

31 de marzo de 2022

Dicen que de la Historia se sacan lecciones, pero yo de la guerra en Ucrania sólo veo una: que vivimos en un mundo donde el único principio que funciona es el de cada cual para sí mismo. No es algo desconocido para regiones profundamente violentas, como el Oriente Medio, donde siempre se ha sabido que es mejor ser fuerte que débil, pero sí es novedoso para los europeos, imbuidos de construcciones mentales como la solidaridad internacional, el rechazo al uso de la fuerza y la entrega a la paz perpetua.

Y la lección es clara: por más que la OTAN y la Unión Europea mantengan una retórica claramente belicista y agresiva frente a la invasión rusa, quienes están arriesgando su vida para defenderse de la agresión de Putin son los propios ucranianos. Zelenski, político más curtido en la actuación que en política, no parece haber entendido que cuando un dirigente afirma que algo es inaceptable, ya lo ha aceptado internamente.  De ahí que, confundido por las promesas de los aliados de que estarían a su lado y le sostendrían con todo tipo de sistemas defensivos y ofensivos, se ha entregado a una guerra donde finalmente los ucranianos están solos. 

La OTAN no quiere combatir, para eso están los ilusos ucranianos. La OTAN sólo lucha por sí misma, ansiosa de un protagonismo perdido hace años

Ahora bien, hay otra lección que aprender. Y no menor. La voluntad de una población para resistir frente a un enemigo exterior no es algo desdeñable. Es verdad que los occidentales lo hemos olvidado hace años, si no décadas, pero no quienes cuentan con una alta identidad nacional y han sufrido en sus carnes el comunismo soviético. Zelenski podía haber optado por huir al exilio, pero optó por motivar y movilizar a los ucranianos contra la invasión rusa. Y hay que decir que no lo hizo de manera irresponsable. El ejército ucraniano le ofreció un plan de resistencia viable basado en una aproximación híbrida y asimétrica. Así, mientras solicitaba aviones y carros de combate, se dotaba de sistemas nada válidos para luchar contra los tanques rusos, pero sí para mermar su cadena logística, atacando no las fuerzas de asalto enviadas por Putin, sino su apoyo logístico, desde camiones con munición y gasolina, a repuestos y comida; en lugar de atacar exclusivamente a los bombarderos rusos, concentrarse en sus sistemas de comunicación y de defensa en tierra. Crear cuellos de botella y jugar con una ventaja en inteligencia sobre el terreno. Ni los generales rusos, ni los de la OTAN, se esperaban una táctica tan de verdad asimétrica y de ahí su éxito inicial. 

Siendo serios, se diría que los ucranianos han aprendido una gran lección de la Historia y no de nosotros, cuyo concepto operativo militar siempre se ha basado en perder terreno para ganar tiempo y negociar una salida, sino de los finlandeses, los únicos occidentales que han combatido de verdad a los rusos, manteniéndolos a raya durante más de dos meses y frustrando sus planes de victoria. Finalmente, Finlandia cedería parte de su territorio fronterizo con la entonces URSS, pero mantendría su soberanía e independencia. Y Finlandia, como Ucrania, luchó sola. 

La experiencia bélica de la llamada “guerra de invierno” que repelió al ejército rojo, ha marcado y sigue marcando la estructura de fuerzas, las tácticas, el material y la conciencia de los finlandeses hasta hoy. Un poco como también pasa con Israel. Porque las guerras, se ganen o se pierdan, marcan mucho. Se ha visto de manera ridícula en la cumbre extraordinaria de la Alianza Atlántica, mantenida en el flamante y costosísimo cuartel general aliado en Bruselas la semana pasada. Un largo y huero comunicado, obra mágica del funcionariado internacional, denuncia la agresión de Putin, sigue alentando a los ucranianos a dar su vida por su país, y establece que el objetivo último de la Alianza es “evitar la escalada”, al fin y al cabo, la OTAN se creó para evitar una guerra en Europa, no para lucharla. Si yo fuera polaco, estaría muy preocupado: ¿sería considerado un ataque a la defensa colectiva la explosión de un misil en suelo polaco, pero del que los rusos dijeran que se habían debido a un error? Si el principio rector de la Alianza es evitar la escalada a toda costa, ya les adelanto yo la reacción colectiva: cero. Bueno, si, un nuevo comunicado de condena. ¿Es que ya nadie recuerda cuando a preguntas de los periodistas españoles en Bruselas, el portavoz de la OTAN dijo que la invasión marroquí de Perejil era una cuestión exclusivamente bilateral?

Si llega a suceder algo en algún país aliado, sabemos lo que nos espera: un gran coro de palmeros y una redoblada esperanza en que las sanciones económicas, contra toda evidencia histórica, derroten una agresión armada

Y es que la verdad es que la OTAN no está hecha para combatir. Se creó para disuadir a la URSS de lanzar un ataque y la fórmula para lograrlo no fue esencialmente militar, sino diplomática: atar el destino de América al de Europa. “América dentro, Rusia fuera y Alemania abajo” fue la excelente, aunque cruda descripción que hizo el primer secretario general de la Alianza, Lord Ismey, sobre los fines de la organización. La OTAN no quiere combatir, para eso están los ilusos ucranianos. La OTAN sólo lucha por sí misma, ansiosa de un protagonismo perdido hace años. El problema es que es muy difícil conciliar un discurso en el que se afirma de entrada que el futuro de Occidente depende de la guerra en Ucrania y negarse por activa y por pasiva a considerar la invasión rusa de Ucrania un asalto contra toda la OTAN. Si de verdad el futuro de Occidente se juega en Kiev, ya sabemos lo que nos espera si algún día llega a sucede algo en algún país aliado: un gran coro de palmeros y una redoblada esperanza en que las sanciones económicas, contra toda evidencia histórica, derroten una agresión armada

En la OTAN enseñaban en los años duros de la Guerra Fría que la disuasión se podía mostrar como una ecuación, fruto no de sumar sino de multiplicar capacidades militares por voluntad política de usarlas. Más le valdría ahora revivir esas voluntades políticas antes que pedir más dinero para más sistemas de armas. Por mucho que se aumente un factor, si el otro sigue siendo cero, el resultado es cero. Por eso los ucranianos mueren solos y nosotros sacamos lecciones de la Historia.

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