Islam por la puerta de atrás
Islam por la puerta de atrás
Por Xavier Rius
25 de octubre de 2025

El portavoz de VOX en el Parlamento catalán, Joan Garriga, planteó el pasado miércoles una pregunta inquietante durante la sesión de control al gobierno autonómico. Fue sobre el programa de lengua árabe y cultura marroquí que se imparte en 120 escuelas catalanas. A cargo de la Fundación Hassan II, una organización dedicada a reforzar los vínculos entre los marroquíes que viven en el extranjero y su país de origen.

La pregunta en cuestión era: «¿Nos dejaría Marruecos enseñar nuestras lenguas, el catalán o el español, nuestra cultura cristiana, en sus aulas con profesores nuestros?». La consejera de Educación, la socialista Esther Niubó, no respondió, claro. Empezó acusando a Garriga de ignorante. «Sólo desde la ignorancia se puede ver como un peligro el hecho de que las escuelas puedan enseñar una lengua o una cultura diferente a la propia», afirmó.

Después añadió que «la diversidad lingüística no es una amenaza, es una riqueza». Instintivamente pensé en la sentencia del 25% de castellano. A la que la Generalitat ha puesto todas las trabas posibles. Y eso que la consejera manifestó que las «lenguas han de ser puntos de encuentro y convivencia».

Joan Garriga, en su contrarréplica, aseguró que el mencionado programa es «un auténtico peligro porque mezcla religión y cultura». «Sirve a un régimen marroquí que odia nuestra cultura, fomenta la segregación escolar y afecta a la calidad educativa», reiteró. En su opinión, es «una amenaza total para nuestra identidad y permite el avance del islam en nuestro país» junto a los «menús halal, la segregación de horarios y la discriminación de las mujeres».

El número dos de VOX en Cataluña lamentó, en cambio, que supriman «nuestras tradiciones de las aulas, como la Navidad o la Semana Santa, porque no quieren ofender a nadie». Y terminó con una expresión típica en catalán: «¿Señores socialistas, señores progres, se han begut l’enteniment?». «¿Se han bebido el juicio?». El president de la cámara, Josep Rull, hasta salió en auxilio de la consejera y le llamó al orden porque, en teoría, «vincular una lengua con una expresión religiosa es simplemente improcedente».

Mientras que la titular de Educación, en su línea, le acusó de «desinformación y mentiras». Dijo que este programa se hacía en «muchos países europeos» y equiparó el árabe al ruso o al chino, entre otros idiomas. A su juicio, todo viene porque «los hablantes de árabe profesan una religión distinta a la suya». Le acusó de atizar «el odio» —un clásico en estos casos— y terminó asegurando que los alumnos magrebíes son «parte de nuestro futuro».

Pero, en el tema de la reciprocidad, me vino a la cabeza una crónica que leí hace ya muchos años en El País. Iba firmada por Ignacio Cembrero (Madrid, 1954), un corresponsal histórico del periódico. Había estado destinado en Oriente Próximo, el Magreb y Bruselas. Le conocí en Estrasburgo a finales de los 80. Cuando él ya llevaba una dilatada trayectoria y yo apenas empezaba. El muro de Berlín todavía no había caído.

La información fue publicada el 3 de agosto del 2011 con este titular: «Argelia legaliza a la iglesia protestante tras años de acoso». Como se pueden imaginar, reflejaba las dificultades para profesar una religión que no fuera la islámica en un país musulmán. Las conversiones en Argelia habían crecido tras las salvajadas durante la guerra civil, que había causado más de 200.000 muertos.

¿Estamos permitiendo la entrada del Islam por la puerta de atrás? Lo digo porque enseñar árabe, permitir menú halal en las escuelas o aprobar el uso de burkinis en las piscinas públicas no estoy convencido de que favorezca la integración de un colectivo ya muy reticente a integrarse.

Que conste que me considero agnóstico. No pasé de la primera comunión para desesperación de mi difunta abuela. Incluso me casé por lo civil. Pero me temo que estamos llenando un vacío moral en nuestras sociedades con una religión ajena.

Esta misma semana, por ejemplo, se ha sabido que Barcelona se queda sin pesebre en la plaza San Jaime. Los belenes de Colau eran horrorosos, pero su sucesor —el también socialista Jaume Collboni— los ha suprimido definitivamente en aras de la convivencia y el multiculturalismo.

A pesar de mi laicismo militante estoy a favor de las tradiciones. Es absurdo negar la influencia del cristianismo en la historia de Europa. Sólo en Cataluña hay más de un centenar de municipios, muchos importantes, que empiezan por el nombre de un santo o una santa: Sant Cugat, Sant Feliu de Llobregat, Sant Andreu de la Barca, Sant Vicenç dels Horts… por citar los que me quedan más cerca de casa.

¿Nos estamos haciendo el harakiri poco a poco? Santiago Abascal, en su comparecencia ante la prensa el pasado 13 de octubre tras la reunión de la dirección del partido, comparó la inmigración islamista con un «caballo de Troya». Como, con el caso de Joan Garriga, me quedé pensativo. A ver si va a tener razón. Sospecho que sí. Igual hasta nos quedan unas pocas generaciones si no se pone remedio.

TEMAS
Noticias de España