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Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

Kintsugi

28 de marzo de 2022

En el Campus ECR para jóvenes, que el grupo europeo de Vox ha organizado este fin de semana en Sevilla, después de oírme hora y cuarto explicando qué es el conservadurismo, mi hijo de 10 años se me acercó y me explicó al oído: «Para mí ser conservador es que tu bisabuelo echó en un vaso una gota de agua; tu abuelo, otra; tu padre, otra más; tú recoges el vaso, y echas otra gota; y se lo das a tu hijo…». Tuve la inmediata convicción de que mi intervención podría haber sido mucho más breve, y clara.

Por fortuna, vino de inmediato al socorro de mi maltrecha autoestima (aunque orgullosa paternidad), una tristísima noticia, y un comentario. Han tirado, con ostentación mediática, además, la cruz de Baracaldo, que rememoraba a las víctimas de las matanzas republicanas de los barcos-prisión. No era una cruz militar ni política, sino un recuerdo sacro a personas inocentes asesinadas sin piedad. El comentario de un amigo se comprometía a volverla a poner.

No podemos aceptar compungidos la destrucción de tantas cosas valiosas, especialmente de nuestra historia y de la piedad con las víctimas

Recordé que, en mi conferencia, había explicado que el conservadurismo bien entendido tiene tres momentos. Defender lo valioso, con la conciencia clara de que construirlo costó muchísimo más que derrumbarlo, para lo que basta media hora de delirio y rabia, como advertía Edmund Burke. La segunda obligación del conservador es crear cosas que merezcan ser conservadas. Sería esa gota de agua que, según la imagen de mi hijo, cada generación tiene que añadir al vaso de cristal que ha recibido de sus mayores. Pero hay una tercera dimensión que no se nos debe olvidar: la restauración. Algún lector atento me objetará que eso, más que conservadurismo es propiamente reacción, y me parece bien. Igual que están los célebres liberal-conservadores, podremos estar los conservadores-reaccionarios, ¿no? Del mismo modo que, según confesión propia, por las venas de don Antonio Machado corría sangre jacobina, hay en mis venas gotas de sangre jacobita, aunque mi verso quiera brotar, como el suyo, de manantial sereno.

Puse un ejemplo japonés en el Campus sevillano del European Conservatives and Reformists party: el arte del kintsugi. Es esa técnica centenaria de arreglar las piezas de cerámica rotas, que termina haciéndolas —a veces se usa un hilo de oro— más valiosas de lo que eran antes. En la España tradicional, se usaban unas rústicas y hermosas (también) lañas.

Eso es una actitud ante la vida. En vez de elegías, elijamos el kintsugi

Lo vi claro leyendo un poema de J. R. Barat en que simboliza la fugacidad del tiempo en un hermoso jarrón familiar que se hace añicos. Ante la desolación del poema, escrito mientras se tiran los pedazos a la basura, caí en la cuenta de que yo habría tirado de pegamento, jamás de resignación lírica. Y que eso es una actitud ante la vida. En vez de elegías, elijamos el kintsugi.

Que será todo lo japonés del mundo, pero hace una gran falta en España. No podemos aceptar compungidos la destrucción de tantas cosas valiosas, especialmente de nuestra historia y de la piedad con las víctimas. A veces la reparación sólo puede ser moral o sentimental, curando las cicatrices del alma o del corazón, pero, si pueden ser también físicas, muchísimo mejor. 

Nada más necesario para nuestro futuro que recuperar el pasado. Re-alzar las cruces derrumbadas

Chesterton, cuando quiso describir el conservadurismo, tiró de kintsugi, en la forma de una farola. Explicaba que conservar es fundamentalmente un verbo activo, porque si dejas que las cosas progresen según sentencia del tiempo, la pintura se descascarilla, la bombilla se funde, los cristales se rompen y la farola termina en chatarra. El conservador es el que no deja de arreglarla para que se mantenga como el primer día contra los estragos de la climatología y el vandalismo de los pillos. Por eso, remataba Chesterton afirmando: «Sólo a un crítico muy superficial le sería imposible ver al eterno rebelde que hay en el corazón del conservador». Lo tenía claro: «Una de las primeras cosas que están mal en el mundo es ésta: el profundo y tácito sobrentendido moderno de que las realidades del pasado se han vuelto inadaptables. […] Es la primera libertad que reclamo: la libertad para restaurar».

Nada más necesario para nuestro futuro que recuperar el pasado. Re-alzar las cruces derrumbadas. Ojalá las urgencias del presente futuro no nos hagan perder la perspectiva del tiempo. Las cicatrices serán, entonces, como tantas veces lo han sido, un timbre de honor y de valía.

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