La caída de la Unión Soviética en 1991 fue el fin de muchas cosas, la mayoría de las cuales se han analizado hasta la saciedad. Fue el fin de la Guerra Fría, y de ese temor latente durante medio siglo a que se convirtiese en caliente en cualquier momento y alumbrase el Apocalipsis. Fue también el fin de cualquier ilusión que pudiera quedar en Occidente sobre el verdadero e inevitable resultado del ‘socialismo real’; ya sabemos que el comunismo no murió, que se mudó de Moscú a la Universidad de Columbia, pero ya no es la «amenaza roja» ni de lejos.
Sin embargo, otra de las realidades con la que acabó ese histórico acontecimiento, más humilde, fue una disciplina periodística que llegó a tener representantes muy reputados: la kremlinología.
Como del bando soviético no nos llegaba apenas otra cosa que propaganda y sus escasas declaraciones oficiales había que cogerlas con pinzas, los analistas tenían que sacar un tesoro de información a partir de un arte adivinatorio no muy distinto del que practicaban en la Roma clásica, y si estos escrutaban la voluntad de los dioses en el vuelo de los pájaros o las entrañas de las ocas, los kremlinólogos se especializaron en interpretar las intenciones del Politburó por gestos y muecas de los apparátchik en los desfiles, en el orden de aparición en celebraciones oficiales, en énfasis verbales o la elección de un adjetivo en una declaración oficial.
Esa disciplina, tan fascinante como escasamente fiable, murió con Gorbachov y fue enterrada con la difusión de Internet y los teléfonos móviles. Pero mi nostalgia de aquellos arúspices televisivos se ha renovado al ver una sombra de su resurrección en los comentaristas con respecto a la visita de Trump a China.
Y no es que falte información, al contrario, sobra. Literalmente, porque de las mismas escenas, de idénticas frases, los analistas extraen interpretaciones no meramente distintas, sino antagónicas e incompatibles.
Paradójicamente, el mundo está hoy mucho más polarizado que durante la citada Guerra Fría, al menos nuestro mundo. Lo que ha significado esta visita en el contexto de las espinosas relaciones entre Estados Unidos y China, entre el hegemón indiscutible y la potencia ascendente, es una cosa o su contraria según se escuche a los de uno u otro bando, que ilustran su visión con idénticos ejemplos.
Escuchaba el otro día al maestro José Javier Esparza en El Gato al Agua contar que Xi Jinping le había dicho a Trump que “estaba haciendo América grande de nuevo”, recurriendo al lema MAGA, y comentaba Esparza que se diría que hasta el líder chino se había hecho trumpista.
Pero esa misma frase la he oído igualmente comentar (se dice el pecado, pero no el pecador) como una evidente ironía, alegando que las zalemas de un rival no deben tomarse precisamente como un elogio sincero. Que Xi se hiciera partidario de Trump significaría, según esta escuela de pensamiento, que Trump lo está haciendo fatal. Y no sería ya abstenerse de distraer al enemigo cuando se está equivocando, sino animarle a que siga clavando la pata hasta el corvejón. En general, es lo que nos desean nuestros enemigos.
Para unos, en suma, ha sido un paseo triunfal del soberano del Imperio Romano de Occidente en territorio bárbaro, a donde se ha acercado para ponerle las peras al cuarto al Hijo del Cielo. En suma, que Trump no se cansa de vencer.
En el lado contrario, ha sido la escenificación de una rendición. Trump se habría acercado a Pekín a modo de un humilde postulante para obtener gracia a ojos de Xi y prestarle una forma de homenaje.
Desde aquí propongo una tercera opción, en la que no confío especialmente pero que preferiría a cualquier otra y que resulta, al final, tan posible como las demás.
Lo baso en una expresión que empleó el propio Xi: “trampa de Tucídides”. Los pensadores denominan así a la tendencia que tienen los imperios en declive a reaccionar de forma catastróficamente violenta a la emergencia de un rival.
En mi tesis, ambos líderes quieren evitar esa trampa. A Estados Unidos le pueden quedar aún muchas décadas como líder del mundo, no digo que no. Pero los indicios de que no está en su apogeo abundan, y nada dura eternamente. Creo que Trump lo sabe, pese a toda su retórica en contrario, como sabe que de un duelo caliente entre potencias nucleares no puede salir nada bueno para el mundo. Así que las dos potencias están tratando de acordar un medio para que el relevo, el traspaso de poderes, no acabe en destrucción mutua asegurada. A favor de esta tesis puedo alegar que sería lo más razonable; en contra, que sería la primera vez que sucede en toda la historia.