La atalaya nacional
La atalaya nacional
Por Itxu Díaz
24 de julio de 2025

En la terracita frente al mar, se distingue al autónomo porque es el que está con el portátil abierto. Al de los 15 días de vacaciones sin móvil de empresa porque es el que tiene una sonrisa perpetua, de oreja a oreja, y le parece gracioso hasta quemarse con el café. Al que todavía no ha cogido vacaciones, porque se ha escapado un rato al sol, pero está blanco como la leche. Y al funcionario, porque ha echado tripa —sólo en la barriga—, deja largos silencios en las conversaciones, y tiene quemado sobre quemado en la piel despellejada.

Se distingue al nuevo papá porque examina con cuidado la seguridad de las barandillas que protegen de las caídas a la ría antes de soltar al niño que lleva en brazos, mientras rastrea los rostros de los demás clientes en busca de psicópatas y asesinos en serie. Al jubilado porque busca la sombra y maldice el calor o el frío indistintamente. Y al recién casado porque no le suelta la mano a su princesa ni para agacharse a recoger la servilleta, que a punto está de estamparla contra el suelo en acto de amor.

Se distingue al influencer porque busca la pecera de las langostas para empezar el video con un primer plano de las burbujas. Y al divorciado cincuentón, porque aprovecha la barandilla para hacer unas dominadas antes de entregarse a la orgía de las cervezas.

Me apasiona la fauna del verano. Soy como el meme: me cansé de ser ornitólogo y ahora soy sociólogo. Tengo para mí que la observación serena y furtiva te enseña mucho más sobre el comportamiento humano que horas de conversación, pero sé que no es una teoría muy popular. Un colega sociólogo me dijo un día que eso alimenta el prejuicio. Mi respuesta no le gustó nada: «¿Y cuál es el problema con el prejuicio?».

El prejuicio nos ha salvado la vida miles de millones de veces desde que comenzamos a poblar la tierra. Estamos vivos gracias al prejuicio sobre el león, sobre el acantilado inestable, y sobre el tipo que tiene aspecto de cocinar carne humana. Estamos vivos gracias al prejuicio hacia el combatiente que tiene aspecto de tener mucha más musculatura que tú, hacia el extranjero que trisca por las aldeas con aspecto de descuidero, y hacia el enemigo que de pronto se vuelve amable mientras urde una trampa para arruinarnos la vida.

Y sigue siendo así. Gracias al prejuicio cambiamos de acera ante el peligro, no compadreamos a whiskys con amigos que tienen aspecto de llevar tres hígados de platino, y no hacemos negocios con el que se ha enriquecido de golpe de la noche a la mañana, portando extraños paquetes marrones en el maletero del coche de aquí y allá.

En esta terraza, se distingue al parado que ya se ha gastado lo del mes porque estira la cerveza hasta que se calienta. Y al que le van bien las cosas porque va por el tercer gintonic a las tres de la tarde. Al que no para de leer las secciones de política en los periódicos porque pide al camarero un «Pedro Sánchez con Coca Cola», y al instante matiza: «Un Cacique con Coca Cola»; y se parte de risa él solo. Y al concejal porque pide la cuenta de varias mesas y paga sacando de su bolsillo un fajo de billetes de los gordos, que si los pilla la de Hacienda se empapela el despacho con ellos.

Se distingue al matemático porque —sin querer— está calculando el número de cañas que sirve el camarero del chiringuito un día normal en función de la frecuencia observada en los cinco minutos que lleva ahí sentado. Al optimista porque cree que una puesta de sol tan placentera sólo puede traer mañana un gran día. Y al pesimista porque, al ver el bellísimo crepúsculo, advierte a voz en grito que hay que darse prisa porque si no caerá la noche.

Se distingue al camarero de vacaciones porque está recogiendo los vasos de la mesa de al lado, al empresario porque busca con la mirada el modelo de deportivo del que acaba de bajarse el dueño del bar, y al ex alcohólico porque pide con mucha ceremonia un agua con gas. Se distingue al cuñado porque al llegar la camarera con la carta de vinos pide «siete whiskys» y añade «mariconadas las justas». Y a la ordinaria porque divide las cuentas de tres cañas entre tres amigos. Se distingue al noviazgo que saldrá mal porque están una hora sentados sonriendo con picardía al móvil, ni se miran, ni miran el paisaje. Y a los novios que prometen porque en vez de arrugar la nariz cuando un niño se escapa de su mesa y les roba unas patatas fritas, le sonríen, le acarician la cabeza, le preguntan cómo se llama, y le regalan el plato de patatas. Se distingue al single-amargado porque, ante el mismo niño, le retiran las patatas con cara de asco, y comentan a viva voz que habría que hacer un test como el de conducir para tener hijos.

Se distingue, en fin, al escritor porque fotografía la ría que atardece con un solo pestañeo de ojos. Y al instagramer porque dispara mil fotos en su móvil y se va sin levantar la mirada ni una sola vez hacia la inmensidad de los mares. Al hombre de fe, porque cuenta y comenta los campanarios que se divisan en los pueblos del otro lado de la ría, al golfo porque sugiere que aquel letrero tan grande y luminoso debe ser una discoteca, y al columnista porque toma notas nerviosas en una esquina, apura un cigarro sin apagar el anterior, sonríe cabrón, bebe cañas como si las regalaran, y deja un gran charco de sangre bajo la mesa.

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