La campaña
La campaña
Por Itxu Díaz
15 de octubre de 2026

Odio las campañas electorales. Y llevamos ocho años de campaña electoral. ¿Qué remedio? Si tienes a un okupa en La Moncloa dispuesto a pasarse por el arco del triunfo las más elementales normas democráticas, lo único que el español medio puede hacer para defenderse es soñar mañana, tarde y noche con una campaña electoral perpetua. Pero no nos gustan. A nadie le gustan las campañas electorales. Prometo, prometo, prometo. Me enerva tanta afectación, tanta sobreactuación. Lo único que nos gusta es echar a sinvergüenzas del poder. Y para lograrlo, en principio, hay que atravesar una campaña electoral. Salvo que seas Pedro Sánchez y te inventes una moción de censura trampa con todos tus colegas frikis del arco parlamentario, esos que se apuntarían a cualquier cosa con tal de cobrar una pasta a fin de mes a cambio de fingir que no les gusta España.

La oscilación de la tendencia de voto a lo largo de la campaña no varía, excepto por cosas ajenas a la propia campaña, o a lo que los asesores consideran que es la propia campaña. Los militantes de base se ganan el cielo estos días aguantando los sermones, especialmente los del partido que está en el Gobierno. ¿Ocho años en La Moncloa y ahora me vienes a contar lo que hay que hacer para arreglar el país? Pero son dóciles, especialmente los del partido que está en el Gobierno, son como autómatas. No escuchan a Chesterton cuando dice que al entrar en la iglesia hay que quitarse el sombrero, no el cráneo. Y su iglesia es el PSOE. 

Todo lo que rodea la campaña electoral me produce profundos y dolorosos sarpullidos. En la última que me tocó cubrir, apestaba a sudor en el mitin del PSOE, me quedé dormido en el del PP, y me salpicaron con un huevazo en el de VOX, por supuesto, arrojado por los demócratas de siempre. También fui a un encuentro de una coalición de partidos galleguistas y de extrema izquierda, una de estas coaliciones comunistas que nacen, gritan, dejan chinches en las plazas, y mueren al día siguiente de las elecciones; pero había tanta gente fumando marihuana a mi alrededor que no recuerdo absolutamente nada. Creo que la candidata llevaba el pelo cortado como si hubiera nacido en el mismo Hernani, instalándose después en la parte equivocada de la vida. Hay gente a quien el corte de pelo no le supone un desliz, sino la consecuencia lógica de una sucesión de estupideces desde la más tierna infancia.

Tampoco me fascina la prensa durante las campañas. Sé que los diarios sacan a la luz sus mejores exclusivas durante estos días, pero casi todo lo que se publica resulta electoralmente intencionado. Tampoco lo juzgo. Hace muchas décadas que no hay otra forma de ganar las elecciones en España que tener una estrategia lo más perversa posible. 

Lo que no acabo de entender es por qué vamos a elecciones como si fuéramos a participar en un proceso democrático normal. No entiendo por qué todos los partidos decentes no están repitiendo cada cinco minutos que Pedro Sánchez no es un adversario común, sino un enemigo peligroso al que extirpar de La Moncloa si queremos preservar la democracia y nuestras libertades más básicas. Esta apariencia de normalidad democrática está bien, pero es sólo apariencia. No habrá un solo instante de paz en la campaña. Seguramente está cerca el día en que, en comparación con lo venga, pensemos que lo de «quitarse de en medio» a la juez incómoda era algo casi insignificante. 

Puestos a bajar al barro, me gusta esta línea de defensa tuitera: a esta hora todo el mundo sabe quién es Pedro Sánchez, todo español que, sea por devoción o sea por interés personal —léase sueldo público, paguita, o adicciones varias—, deposite en la urna la papeleta del PSOE será cómplice del crimen. Ya no cuela eso de escudarse en que el partido es mucho más que Sánchez. No hay absolutamente nada en el PSOE que pueda distinguirse de Pedro Sánchez. Nada. Todo el PSOE es ya Patxi López, su postración al Amado Líder, y sus tics nerviosos de mala conciencia.

Ahora empezarán los chascarrillos pretendidamente graciosos, las risas de hiena alucinada con las que nos suele entretener Sánchez en los mítines. Fíjate en esto: este tipo jamás se ríe así de un chiste, solo se parte la caja como un loco cuando el chiste es en realidad una maldad de muy mala sangre contra otra persona. Eso es todo lo que tienes que saber de Sánchez. Su risa monstruosa desconoce el humor, solo nace del odio.

En cuanto a la oposición, se ha dicho ya pero no me importa insistir. Por cuestiones que harían demasiado largo este artículo, las derechas, para expulsar al lunático monclovita, deben actuar así: que la campaña la haga VOX y que, en el PP, todos guarden un largo y enigmático silencio. No videos de campañas, no memes de Nuevas Generaciones —que somos de náusea fácil—-, no discursos grandilocuentes en los mítines, y, por los mismísimos huevos del minotauro de colores, resulta imperativo amordazar convenientemente a quienes tu ya sabes, los chanquetes, manteniéndolos a varios cientos de kilómetros de los micrófonos «amigos» de la cadena Ser. 

Ya que vamos a tener que tragarnos el inmenso coñazo y la inmensa farsa de la campaña electoral, al menos garanticemos que tenga final feliz cual masaje democrático. Y traigan observadores internacionales. Los vamos a necesitar.

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