La casa roja
La casa roja
Por Julián Montenegro
18 de agosto de 2026

A la una y cuatro de la madrugada del sábado, cuando en Granada quedaba despierta esa última guardia de agosto que apura la terraza contra el cierre, la tierra pegó una sacudida de magnitud 5 con epicentro en Alhendín, ahí mismo, en el cinturón de la capital. Los que la sintieron contaron luego que primero llegó el ruido, un fragor sordo que más de uno confundió con un camión descargando cajas de botellines contra la persiana, y después el meneo, como si alguien arrastrara un armario enorme en el piso de arriba, sólo que el piso de arriba era la tierra. Se sintió en Jaén, en Córdoba, en la costa de Málaga y en la de Almería. El 112 atendió más de ochenta llamadas y el Instituto Geográfico, que de primeras había dicho 4,8, corrigió después a 5: hasta la ciencia salió esa noche a la calle a medio vestir.

Y la calle se llenó. Es el rito que iguala a todas las ciudades con falla: el vecindario entero bajó en pijama a las aceras, con el perro, con el móvil, con las llaves del coche apretadas en el puño como un salvoconducto, y se formaron corrillos de escalera entre gente que no se había saludado en la vida. Nadie sabe qué ponerse para un terremoto. Hubo quien bajó en zapatillas de andar por casa y quien apareció vestido de domingo, por si la cosa iba para largo, y un señor mayor resumió la doctrina en la acera, según me cuentan: «Esto se pasa fuera, y fuera se está mejor con tabaco». Era, además, la noche de la Virgen de agosto, con media provincia de verbena, y el castillo de fuegos mayor lo puso esta vez el subsuelo.

Granada ya se sabía la coreografía. En 2021 la falla de la vega estuvo semanas dando la matraca, con enjambres de temblores que tenían a Santa Fe y a los pueblos de alrededor durmiendo en los coches, los asientos abatidos y el termo en la guantera, campings involuntarios en cada explanada. La vega está cosida de fallas que trabajan despacio, como esos parientes que nunca llaman pero existen. De tarde en tarde recuerdan quién sostiene a quién. La lección más atroz la dio el siglo XIX, cuando un terremoto de Navidad arrasó Alhama y sus pueblos y dejó cientos de muertos entre los escombros de la sierra. Esta vez la cuenta se cerró con cornisas caídas, fachadas fisuradas en Armilla y en Ogíjares y unos cuarenta temblores a lo largo de la noche, réplicas que fueron llegando cada vez más flojas, como los ecos de un portazo al fondo de un pasillo.

Pero quedaba el examen de la vieja. Por la mañana los técnicos subieron a la colina a inspeccionar la Alhambra palmo a palmo, tal como se ausculta a una abuela después de una caída, y la abuela pasó revista sin un hueso roto y abrió a su hora. En la cuesta, la cola de turistas de todos los días, ajenos casi todos a que unas horas antes el suelo había intentado algo. Tiene gracia el reparto: se fisuraron fachadas con treinta años de vida y ni se despeinó una casa que los nazaríes levantaron hace siete siglos con cal, con paciencia y con un miedo antiguo y bien informado a la tierra que pisaban. Aquella gente no conocía la palabra sismorresistente. Conocía el suelo.

A la noche siguiente los vecinos subieron otra vez a acostarse mirando de reojo las lámparas, que es donde primero se ve el miedo. Alguno durmió vestido, con las llaves y el tabaco en la mesilla, por si la tierra repetía función. Los sismógrafos siguieron anotando su letra pequeña, ese electrocardiograma de la vega que no se apaga nunca del todo, y el parte de la mañana fue trayendo réplicas cada vez más espaciadas, números menguantes, rutina. Abajo, la falla volvió a su trabajo lento de siglos, sin ruido, sin prisa, con la constancia de lo que no necesita público. Y arriba, encendida sobre la ciudad como todas las noches, aguantando reinos, guerras, incendios y temblores que ya no recuerda nadie, seguía en su sitio, la casa roja.

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