La civilización y el carrito del súper
La civilización y el carrito del súper
Por Carlos Esteban
9 de octubre de 2025

Publicar el día siguiente a que lo haga Enrique García-Máiquez sólo es un problema cuando leo su columna antes de perpetrar la mía, porque entonces la incitación al plagio, siquiera del fondo, es abrumadora.

Trata don Enrique esta semana un asunto que me obsesiona, el contraste entre la norma positiva y la social, entre la oficial y la personal, entre acatar por temor y hacerlo por honor.

La idea más difundida sobre la barbarie es que se trata de un estado sin ley, cuando lo más común es que sea un estado donde sólo existe la ley. Una sociedad es verdaderamente civilizada cuando el ciudadano común no necesita instrucciones de las autoridades para comportarse con decencia. Es la extendida barbarie privada lo que multiplica el número de policías, igual que es la estupidez generalizada la que obliga a los fabricantes de planchas a indicar que no conviene aplastar su producto contra la oreja cuando está encendida.

La salud de una sociedad sólo puede medirse cuando no hay un policía vigilando ni una ley en el BOE amenazando con multas y sanciones, del mismo modo que para conocer a un hombre hay que verlo en su tiempo libre, cuando elige fuera de agenda.

Personalmente, mi test para medir la calidad de una civilización —su honorabilidad, si se prefiere, su hidalguía común— es el carrito de supermercado. Hay gente que, al terminar de colocar las bolsas en el maletero del coche, coge el carrito y lo lleva diligentemente al lugar designado para que el próximo cliente lo encuentre. Y hay gente que no, gente que lo abandona en cualquier parte, donde le sea más cómodo al interesado.

Esa es la piedra de toque, porque no hay nadie vigilando, nadie nos fuerza a hacerlo bien; nada dispone el Código Penal contra quien deja el carrito en medio del garaje. Probablemente nadie nos vea para censurarnos o elogiarnos. Es un gesto perfectamente libre, al que sólo nos empuja nuestra conciencia, el escalón más bajo y extendido de la caridad que es el civismo.

El civismo, frente a la amabilidad privada, nos lleva a tener en cuenta la conveniencia de un prójimo que no conocemos y que nunca podrá darnos siquiera las gracias. Es una forma humilde del honor que no premiará nadie, ahí está su belleza. A sensu contrario, esa variedad modesta del vandalismo escapa al castigo y al reproche, es una falta menor que se vuelve especialmente significativa por eso mismo, porque señala al salvaje que necesita el premio o el castigo para actuar bien.

Se me dirá que el asunto carece de importancia, que la molestia o la merced en este caso son nimios, pero el civismo se mide a menudo por gestos insignificantes en lo particular, pero muy visibles cuando se generalizan. Una pintada en una fachada tampoco es el crimen de Cuenca, pero cuando se deja pasar, cuando se universaliza, la consecuencia es la degradación de toda una ciudad.

La tentación fácil, que he sentido a menudo, es sancionar al sujeto incivil que no devuelve el carrito a su sitio. Ese es el error: multiplicar el número de normas como se multiplican los virus en un organismo enfermo. El psiquiatra Jordan Peterson se hizo famoso pidiendo a los jóvenes que quieren hacer cosas grandes que empezaran por hacer la cama. Yo pido desde aquí que se inicie la regeneración de nuestra vida pública devolviendo el carrito.

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