«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

La cuenta corriente

18 de marzo de 2026

Me toca explicar a mis alumnos de FP la ética empresarial. Cuesta lo suyo porque están educados en un positivismo jurídico que niega cualquier otra instancia y, si la instancia es superior, todavía más. Parece imposible convencerles de que hay unos deberes que uno tiene consigo mismo. El peor mal no es sufrirlo, sino causarlo, les digo muy socráticamente, pero ellos no terminan de verlo platónico.

El temario, que se las sabe todas, consciente de esa dificultad, tira por la calle de en medio del utilitarismo, que es —por definición— un atajo. Propone que expliquemos la teoría de la cuenta corriente de la integridad. No está mal tirado porque el utilitarismo al menos tiene eso: suele ser útil.

La idea es simple, como también suele serlo el utilitarismo. Consiste en que, a medida que uno se porta correctamente en la empresa o en la vida, cada buena acción equivale a un ingreso en tu cuenta ética. Una mala acción representa un gasto o un derroche, que se lleva por delante de una tacada todo el ahorro acumulado. Esto sí lo entienden mis alumnos. Más aún cuando les pongo ejemplos. ¿A quién creemos con más facilidad: al que nunca nos mintió o al que nos engaña en cuanto nos despistamos un segundo? ¿Y qué nos conviene más: que nos crean o que desconfíen de nosotros?

Les propongo una pequeña actividad: votar quién tiene más ahorros de sinceridad en la clase. Añadimos una segunda pregunta al plebiscito: ¿quién dispone de más crédito, esto es, qué alumno, si promete algo, despierta más confianza en el resto? Enseguida quieren votar también al más arruinado y también al más pródigo, cuyas palabras son pagarés sin fondo. A esto me niego. Nos interesan los buenos ejemplos, no las bancarrotas. Además, los números rojos morales son convertibles en cuanto uno se empeña.

Comenzamos, entran en el juego y me llevo un buen botín de alegrías. Votan casi unánimemente a los dos mismos compañeros. Ello implica una gran inversión en estos tiempos míseros: la capacidad de admirar. Les felicito. Saber observar y saber aplaudir son dos virtudes esenciales para la vida profesional y para la vida en general. La última alegría: los alumnos considerados como los más solventes son los dos alumnos mayores de la clase, profesionales maduros y con familia.

Esto nos abre un resquicio aristotélico, pues el Filósofo decía que la virtud se adquiere con perseverancia, repitiendo actos hasta convertirlos en hábitos, de modo que forjen un carácter que dibuje un destino. Que los mayores sean los mejores significa que el tiempo, el compromiso y el tesón nos hacen crecer también en las exigencias éticas. La clase está conforme.

Ahora me toca lo más difícil. El triple salto moral: la cuenta corriente va de suyo, lo extraordinario sería hacer saltar el utilitarismo por los aires y asumir que, aunque la ética casi siempre trae cuenta (corriente), sólo funciona cuando estamos dispuestos a que nos vaya mucho peor por ser coherentes. El señor de Montaigne decía algo parecido del honor: la última prueba de tenerlo es perderlo por una causa más alta.

Pero antes de proceder a la voladura controlada del andamiaje utilitarista, me apoyo en esta teoría una última vez. La ética no se estudia para señalar a los demás, sino para exigirte a ti mismo. «¿Cómo estamos cada uno de nosotros de liquidez y de crédito?» les pregunto. (Me pregunto.)

El candidato socialista en Castilla y León, Carlos Martínez, ha dicho que «Sólo me gusta mentir si es necesario». O sea, que él, a diferencia de otros, no miente por vicio, sino apenas por interés. Algo es algo, aunque tampoco mucho. ¿Y nosotros? Hay que examinarse en qué y cuándo estaríamos dispuestos a perder nuestro ahorro acumulado. ¿O quizá nunca? Pero eso ya nos exigiría dar el salto. Que Sócrates nos coja confesados.

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