Más de una vez he pensado irme al pueblecito francés donde vive Renaud Camus, el autor de la denostada teoría del gran reemplazo, y decirle: «Tenía usted razón». Si no lo he hecho es porque son más de seis horas en coche desde mi casa. Y porque no sé exactamente dónde vive. A lo mejor sería como encontrar una aguja en un pajar.
La primera vez que oí hablar en serio de ella fue tras el atentado de Buffalo. Aquel del 14 de mayo de 2022 en el que un blanco mató a diez personas, la mayoría de raza negra, en un supermercado de esta ciudad norteamericana. Culparon a la teoría en cuestión. El diario en catalán Ara, indepe y progre, tituló unos días después, el 17, «La gran sustitución, la teoría racista que inspira terroristas». «La teoría del gran reemplazo inspiró al terrorista de Buffalo y se normaliza gracias al discurso de la derecha radical», publicó La Vanguardia, el 22 de mayo.
Y el mismo día, un domingo, El País la definía como «Una teoría racista con denominación de origen francesa». Incluso El Mundo, 24 horas más tarde, decía más o menos lo mismo: «La Gran Sustitución: una teoría racista contra el ‘genocidio blanco'». Pero bueno, Albert Einstein también formuló la teoría de la relatividad y nadie le culpa de la bomba de Hiroshima.
De hecho, en la citada crónica de El País —elaborada con recortes y citas antiguas— había una frase del propio Camus del 2019 en la que afirmaba que «el gran reemplazo no es una teoría. Es el nombre para un fenómeno como la Gran Depresión, la Revolución Francesa o la Gran Guerra». Probablemente tenía más razón que un santo.
De hecho, la realidad ha acabado por abrirse paso. Aunque los medios de comunicación, sobre todo los políticamente correctos, sean muy reacios a admitirlo. Así nos va. El pasado miércoles volví a oír hablar de ella en un acto organizado por Sociedad Civil Catalana (SCC). Un ciclo de conferencias con el sugestivo título de “Catalunya, on vas?”. “¿Cataluña, dónde vas?”, en castellano. Participaba Alejandro Macarrón Larumbe (Avilés, Asturias, 1960), que se está ganando una fama indómita como demógrafo. No en vano ha publicado ya tres libros que son una señal de alarma: El más reciente es “Los últimos españoles” españoles. El suicidio demográfico de una nación” (Sekotia), de octubre de este año. Pero anteriormente, el “Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo” (2017) y “El suicidio demográfico desde España” (2011). O sea que, lamentablemente, lleva tiempo diciéndolo.
En la presentación —aparte del presidente de SCC, Álex Ramos—, participó también el doctor en economía y profesor asociado de la UAB Ferran Brunet, que advirtió que «la sustitución de población es un tema tabú». Brunet, que no tiene pinta de peligroso fascista, ya recordó que cuando escribió su libro, «una de las cosas que más me estremeció es la situación en treinta y pico de las 42 comarcas de Cataluña en materia de población». «Si muere más gente de la que nace, ya no hace falta decir más», concluyó.
En efecto, en su muy recomendable “Economía del separatismo catalán” (2022) ya explicaba que el 27% de la población de la Segarra era de origen extranjero, el 24% en el Alt Empordà y el 20% en el Gironès. Los datos oficiales eran del 2019. Transcurridos seis años desde la fecha deben ser más. Mientras que el invitado dio cifras todavía más aterradoras. Por ejemplo, que el 80% de los niños que nacen en Salt, la localidad pegada a Gerona con un 40% de población inmigrante, son hijos de extranjeros. «Tenemos un doble problema demográfico en España —continuó—, que es la falta de niños y aquello que es la sustitución. Porque es sustitución, aunque no se puede llamar sustitución«.
Todavía facilitó otro dato: «Casi el 20% de la población que hay en España ha nacido fuera de España». «Hay poca mezcla entre españoles e inmigrantes y, sobre todo, ninguna mezcla en el caso de los africanos y asiáticos», prosiguió. «Prácticamente siempre que tienen un hijo lo tienen con una persona del mismo país», continuó.
Hay que decir que Alejandro Macarrón es ingeniero de telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Madrid (1982–1988) y tiene un MBA por la Madrid Business School–University of Houston (1992–1993). O sea que maneja las cifras con la precisión de un hombre de su formación. En resumen, que la «teoría maldita» es verídica. Si quieren, le cambiamos el nombre y la llamamos la teoría de la presión demográfica, de la composición sociológica o simplemente del desplazamiento.
Los socialistas, cuando ganaron por primera vez las municipales en Barcelona (1979), le cambiaron el nombre al Barrio Chino y lo rebautizaron como El Raval porque había pillado mala fama. Aunque no sé si la cosa ha mejorado desde entonces… más bien lo contrario. Ahora hasta se ven niqabs por sus calles. Y, para poner un ejemplo más trágico, Germanwings después de la tragedia de los Alpes (2015). Nadie volaría con una compañía área en la que uno de sus copilotos se suicidó condenando a todo el pasaje a una muerte segura. Pero justo es reconocer que Renaud Camus fue el primero en decirlo. Merci, monsieur Camus.