La hora de los adultos
La hora de los adultos
Por David Cerdá
18 de septiembre de 2025

Como a cualquier pionero de un saber, a Sigmund Freud se le debe reverencia, aunque algunas de sus teorías —y las subsiguientes prácticas— se hayan demostrado disparatadas. Ocurre, además, que Freud produjo una de las teorías más afinadas sobre el ser humano: el principio de realidad, que nos recuerda que la vida no se acomoda a nuestros deseos, sino que madurar consiste por el contrario en acomodar nuestros deseos a la vida. Aprender a aceptar límites y encajar frustraciones no es resignarse, sino abrir la puerta a una libertad mayor, la de vivir con los ojos abiertos y en lo verdadero. Nos jugamos la salud mental en esa tensión fecunda entre lo que deseamos y lo que es.

Como el principio de realidad también opera en términos de sociedad —de convivencia—, ha llegado la hora de hablar de las pensiones. Llegó hace bastante, de modo que vamos con retraso; pero más vale tarde que nunca. Estamos además a tiempo de que esto no lo aprovechen los de siempre para enfrentarnos, polarizando una cuestión más y convirtiendo el asunto en un duelo a muerte entre boomers y millennials. No nos podemos permitir en este país ni una sola causa más de enfrentamiento; si hemos llegado hasta aquí obviando elefantes en la habitación de este tamaño es porque políticos y creadores de opinión infames se han lucrado con nuestros bajos instintos. Es hora de apretar el botón que pone «política de altura», y ni siquiera me refiero principalmente a los mandatarios, sino a lo que deberíamos estar haciendo los ciudadanos, que es juntarnos para debatir honestamente de estos asuntos.

Quienes hoy se jubilan, incluso si cotizaron durante cuarenta años, teniendo en cuenta la esperanza de vida actual y el resto de los factores van a recibir bastante más de lo que cotizaron; según cálculos del Banco de España, un jubilado que se retiró en 2017 recibirá de media entre un 45% y un 70% más. Hay que alegrarse de esa extensión de la esperanza de vida; pero también hay que asumir estas cuentas. No es una cuestión de generosidad; si de eso se tratara, habría que doblar todas las pensiones. Se trata de entender que hemos llegado hasta aquí por la irresponsabilidad infinita de los dos partidos que han gobernado, que han buscado descaradamente rédito electoral comprando votantes y hurtando a la sociedad un debate que tendríamos que afrontar con sentido de comunidad y decencia. Casi uno de cada tres euros que reciben nuestros pensionistas salen hoy de los impuestos y de crear deuda. En 2024, el déficit contributivo de las pensiones se acercó a treinta mil millones de euros, un 1,91 % del PIB. Es la pescadilla que se muerde la cola: gastamos tanto en pensiones que no hay para I+D o infraestructuras lo que necesitaríamos para que el PIB creciera lo que necesitan para crecer los salarios.

La idea de que un jubilado de hoy haya «ahorrado su jubilación» carece de sentido. El sistema público de pensiones no es un plan individual de ahorro; lo que uno cotiza se destina a pagar a los pensionistas que hay cuando está cotizando, con la esperanza de que la estructura del país y su robustez productiva permita que haya otros que entonces puedan pagar lo que nosotros recibiremos. Pero se tienen que dar las circunstancias para que eso ocurra, y no se están dando, por dos motivos, uno económico y otro demográfico. El primero se resume en que somos un país económicamente mediocre. Olvídense de lo que en este o aquel trimestre concreto les diga el gobernante de turno: somos un país que básicamente ha tirado a la basura el primer cuarto del siglo XXI. No es sólo la debilidad de nuestro tejido productivo o nuestra famélica inversión en innovación: es que hemos estado creciendo en ese periodo a un magro 1,2%, es decir, un 24% en total deflactado. En un marco que es paupérrimo para Europa entera (pero ¿de dónde partían Francia y Alemania?), Irlanda ha crecido al 3,3% y Polonia al 4,3%, por ejemplo, lo cual produjo un resultado compuesto del 112% y el 158% respectivamente. Incluso Suecia, que ya estaba en lo más alto y ha vivido severas desestructuraciones sociales, acumula un 35% durante esos años. Esto, nos guste o no, es lo que ahora somos.

Nuestros mayores lo merecen todo; y a lo mejor los de mi edad también mereceremos algo en quince o veinte años. Pero esto no va de merecimientos. El verbo «merecer», cuando hablamos de justicia intergeneracional, es siempre fraudulento. Bajo el aspecto de una elevada moralidad y una apuesta por el cuidado que —eso sin duda— debemos a nuestros mayores, nuestros argumentos se vuelven por esa línea infantilmente emotivos. Caemos en el contrario principio del placer: el modo de funcionamiento psíquico propio de la persona inmadura, que busca la satisfacción inmediata de los deseos («hay que subir en un pedestal a nuestros abuelos») sólo por evitar el displacer al que conduce considerar las limitaciones del mundo externo. Si no repensamos el sistema, la tozuda realidad se impondrá y la pensión terminará siendo una continuación irrisoria del Ingreso Mínimo Vital.

«Nuestros mayores levantaron este país y se lo merecen todo» es una frase real y estúpida que nos va a impedir solucionar el problema como personas adultas. Si ocurrió un Baby Boom y ahora tenemos un Baby Bust (casi no nacen niños), no hace falta ser economista para entender que tenemos un gigantesco asunto del que ocuparnos. Insistir en que «ellos han trabajado y cotizado toda su vida para tener un retiro digno, no es culpa suya» no es un posicionamiento moral, sino emotivista; y de consecuencias injustas si es a costa de la vida indigna de los no jubilados. La inmigración es una solución tan obvia como insuficiente: cinco o seis millones de personas acogidas después estamos en números rojos. La natalidad de ningún modo va a aumentar durante, por lo menos, una generación. Con estos bueyes hay que arar y más demagogia o asumir que «esto es lo que hay» sólo va a empeorar las cosas. No podemos tener a los jóvenes con salarios estancados, a todos los contribuyentes con la mayor presión fiscal de la historia, las cuentas sin salir y no hacer nada. Mirar a otro lado no va a funcionar; la estrategia de «patada y seguir» nos va a reventar. Seamos adultos y pidamos políticos que nos traten como tales para corregir el rumbo; nuestros jóvenes también han de tener la oportunidad de merecer una vida y una pensión dignas.

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