La izquierda no es una ideología, es un género narrativo
La izquierda no es una ideología, es un género narrativo
Por José Javier Esparza
20 de octubre de 2026

«Esa es la escuela que hemos aprendido en las Casas del Pueblo, entre los compañeros, los militantes, y las compañeras: que ser socialista es, normalmente, tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Esta frase de José Luis Rodríguez Zapatero, pronunciada ante un auditorio embargado por la emoción, es mucho más que el ejercicio de hipocresía de un hombre que, en ese mismo momento, estaba amasando una considerable fortuna. Ahí, en esas palabras, se encierra la nuez del misterio socialista, ese arcano que hace que alguien renuncie a la más elemental racionalidad y decida entregarse sin objeciones.

La cálida escuela que te acoge, la Casa del Pueblo, la atmósfera de solidaridad de los compañeros, la austera ejemplaridad del pobre que aún quiere dar más, la abnegación del militante… Todos los objetos del dibujo quedan ahí reflejados. Se respira ese heroísmo de clase (obrera) que desde el siglo XIX es el ideal ético socialista, el modelo en torno al cual ha construido la convicción de su superioridad moral. Hubo un tiempo en el que esta narrativa del heroísmo popular era el envoltorio emocional de la ideología, el lenitivo que permitía afrontar los reveses de la política real. Al fin y al cabo, seguía habiendo ahí un proyecto político: la sociedad sin clases, la propiedad popular de los medios de producción, todo eso. Pero «todo eso» quedó hace mucho tiempo atrás. Ahora sólo hay… ¿qué hay?

Nada. Sólo queda la emoción, la retórica, la narrativa. Un cuento para contarse todos los días, una y mil veces, aunque en el fondo todos sepan que están fingiendo, pero el truco seguirá funcionando mientras finjan creer. Burgueses madrileños cantando el «Pozo María Luisa» en la puerta de la finada Maricarmen. «En el Pozo María Luisa murieron cinco mineros», dice la canción (en realidad fueron 17, pero eso es lo de menos). Aquellos mineros murieron víctimas de la cruel explotación del patrón. Así Maricarmen ha muerto víctima de la cruel explotación de… ¿de quién? De la derecha. Pero esa señora vivía en una casa que le dio Franco y se tenía que marchar por una ley socialista. Da igual: la culpa es de los «fondos buitre». Pero resulta que la portavoz de tu partido vive con un señor que es «fondo buitre». Vaya, qué contrariedad. Bueno, ¿qué más da? Tampoco los de Maricarmen han trabajado nunca en la mina. De hecho, la última vez que hubo un accidente mortal en una mina se descubrió una oscura trama de irregularidades amparada por el socialismo local y el sindicato minero. Y así la narrativa se va separando más y más de la realidad, convirtiéndose en un relato autónomo, cuya fuerza reside precisamente en que la realidad objetiva, material, no le afecta, porque ya no es ideología, sólo es relato.

Esta es la lección que hemos aprendido no entre los compañeros en la Casa del Pueblo, como decía Zapatero, sino entre los progresistas en la Casa Mediática: que cuanto más exagerado e inverosímil sea relato, más capacidad tendrá para movilizar a unas bases que sólo desean conmoverse, igual que el público de los «culebrones» no busca una buena historia, sino ante todo una historia que les haga llorar. El monopolio de la lágrima se ha convertido en la llave maestra del discurso público de la izquierda: mientras el Partido consiga hacer llorar a los suyos con una buena historia, mantendrá su fidelidad. Por eso estrenan una película sobre García Lorca y el comentario general no atiende a si la película es buena o mala, sino a cuánto ha hecho llorar a la gente (a su gente, a gente que había ido allí… para llorar). La izquierda busca la lágrima como esas personas encanalladas que, al llorar, quieren creer que aún les queda un poco de alma.

Lloremos. Emocionémonos. Da igual la realidad. «Somos el partido del amor», dice el partido de las prostitutas mantenidas con dinero público. ¿Dudáis que soy el partido del amor? Pues ahora voy y le digo a mi señora en un mitin que la quiero. Y la beso. Y que me aplaudan. Todo con tal de mantener vivo el relato. ¿Por qué creéis que Sánchez ha reclutado a sus once mil asesores entre guionistas de productoras? Para eso: para que escriban el relato, para que susciten emoción. La emoción es el combustible de ese complejo de superioridad moral que te permite delinquir sin sentirte culpable, el arma secreta del socialismo. La emoción de las masas. La izquierda no es una ideología; la izquierda es un género narrativo.

TEMAS
Noticias de España