La Korrika más filoetarra
La Korrika más filoetarra
Por Iván Vélez
23 de marzo de 2026

Hace casi dos décadas, durante una conferencia dada en el Centro Riojano de Madrid organizada por Nódulo Materialista, Jon Juaristi, con cierto ánimo provocador, acaso hastiado de tanta propaganda y victimismo euskérico, afirmó que el vascuence es una lengua romance. Para ilustrar su teoría, desgranó una serie de ejemplos que evidenciaban la enorme cantidad de préstamos que el euskera batua tomó del latín. Nada extraño, por otra parte, pues esa tierra, contra el mito de la aldea irreductible, también fue romanizada. Las huellas latinas en la toponimia son evidentes, por más imaginativos cambios ortográficos que se fuercen. El resultado lingüístico fue el lógico, las lenguas vascas incorporaron cantidades masivas de vocablos de raíz latina a su léxico. Muchas veces a través del romance castellano. Desde el zorionak al agur, el euskera acusa su latinidad.

He recordado esta anécdota al ver en las redes sociales la imagen del etarra Josu Ternera participando en la Korrika junto a una pancarta que pide la reagrupación en Euskal Herria de los terroristas que cumplen condena en cárceles ajenas a ese territorio. Y la he recordado porque, aunque no soy filólogo, «korrika» tiene un sonido familiar. «Korrika» suena parecido a carraca, también a carro y, finalmente, a carrera. Korrika, al cabo, provendría del verbo latino currere (correr).

Korrika es el nombre que se le dio, en 1975, a una carrera que reivindicaba el uso del vascuence en los territorios en los que se supone que es una lengua propia. La idea surgió en la ikastola Lauro, institución germinada en ambientes clericales en el muy franquista año de 1957. En 1966, la ikastola se instaló en la Calle Elcano de Bilbao bajo el nombre de Resurrección María de Azcue, primer presidente de la Real Academia de la Lengua Vasca y posterior académico de la Real Academia Española durante la Dictadura de Miguel Primo de Rivera. Dos años más tarde, en 1968, Lauro se convirtió en la primera ikastola que operó en la legalidad. La korrika llegaría más tarde, en 1980.

Celebrada cada dos años, este de 2026 era año de korrika. El resultado fue el esperado: un enorme despliegue de propaganda proetarra acompañada de profusión de banderas palestinas. A la triste figura de Ternera se han unido camisetas, algunas de ellas vestidas por niños, con rostros de terroristas como el de Francisco Ruiz Romero, asesino de Tomás Caballero, concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona. En esa misma ciudad, de raíz latina –Pompaelo o Pompelo-, sobre el anonimato de muchos corredores, ha destacado la presencia de su alcalde, Joseba Asiron, que participó en la carrera con una bandera de la Comunidad Autónoma Vasca. Una bandera salida del taller araniano. Una enseña, la ikurriña, mímesis de la Union Jack británica, que es la del PNV, partido hegemónico en las Vascongadas hasta que el empuje generacional bildutarra lo permita.

Las imágenes descritas eran previsibles, pues la korrika no deja de ser una actividad puesta al servicio de la construcción nacional. Esa que fantasea con una Euskal Herria monolingüe, ajustada a su propio significado -«la tierra del euskera»- pero que se topará, de llegar a término financiada por el resto de España, con la hegemonía del inglés. 

Sin embargo, frente a la avalancha propagandística, frente a la coacción, siempre hay quien se rebela. En este caso ha sido en Tudela. Allí, un vecino ha colocado una bandera de España, en cuyo escudo figuran los verdaderos símbolos de las castellanas Vascongadas y, por supuesto, de Navarra, al paso de la carrera. Un gesto ante el cual me quito una simbólica chapela, palabra que procede del francés arcaico chapel, que nos conduce al latín caput

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