Exactamente tres días antes de la fumata blanca que anunciaba el fin del período de sede vacante, Emmanuel Macron visitó la Gran Logia de Francia con motivo del 120 aniversario de la Ley que promulgó la separación Iglesia-Estado. En un discurso trufado de constantes idas y venidas al espíritu de 1789 y al trilema republicano, llamó la atención una sentencia efectista: «Francia ya no es la hija primogénita de la Iglesia, sino la hija natural de la República». Y nosotros sin habernos repuesto aún de las injurias de Pérez Reverte contra Europa. Ahora, Macron no se equivoca: desde el momento en que la República mató al padre (el rey), Francia sólo puede ser expósita.
El nuevo vicario de Cristo, León XIV, ha explicado la elección de su nombre papal remitiéndonos a León XIII. Él mismo ha comparado el desafío al que se enfrentó el pontífice decimonónico con la revolución industrial (y cuyo feliz legado se concretó en la Doctrina Social de la Iglesia) con los retos que su papado. Hizo hincapié en la relación que existe entre la dignidad del hombre y el uso de la Inteligencia Artificial, lo que imbrica con el transhumanismo, una revolución de igual calado que aquélla. Pero las coincidencias, cerca de un siglo y medio después, van mucho más allá. León XIII no es sólo el autor de la encíclica Rerum Novarum, sino también de otras dedicadas a aclarar que la masonería es incompatible con la fe católica y a rechazar las formas de liberalismo que exaltan la autonomía individual por encima de la ley moral y divina —¿todas?—.
Un artículo firmado por Ramón Pérez Maura en El Debate el pasado fin de semana recordaba acertadamente la infiltración masónica en nuestro Gobierno. Igual que en Francia o en el propio Vaticano, añado. Tras el panegírico de Bolaños a Francisco y la fluidez exhibida en las relaciones con el secretario de Estado, monseñor Parolin, en la Moncloa se las prometían muy felices. Es probable que, con la elección del cardenal Prevost como Papa, les haya caído el alma a los pies.
No son los únicos. Llama la atención cómo cada uno hace encaje de bolillos para arrimar el ascua a su sardina o a sus obsesiones particulares. Desde los adalides de la moderación que ven en el antiguo prefecto del dicasterio de los obispos a un «león sosegado» antitrumpista, hasta los que han escudriñado las declaraciones públicas del cardenal en tiempo récord para dar con lejanas palabras sobre Ucrania. Pasando, también, por ateos que proyectan la condena al socialismo de León XIII en el nuevo pontífice, omitiendo la realizada al capitalismo. Todos, todos, todos, fabricándose su own private León XIV.
Y no es que no haya que prestar atención al aspecto socio y geopolítico del pontificado. No diremos que nos tira más el maurrasiano politique d’abord, pero tampoco lo hace el ralliement leonino (de León XIII). Son cuestiones que importan y que iremos viendo.
En esas estábamos cuando ha llegado Robert Francis cardenal Prevost y ha puesto a Cristo en el centro. Volvemos a escuchar palabras de vida eterna que, en algún momento, habían quedado arrinconadas. De tanto buscar a Dios en los márgenes, le habíamos sacado de la carretera. La sonrisa franca y emocionada de León XIV en el balcón central de la basílica de san Pedro comenzaba a desperezar la fe aletargada de muchos. El hombre tranquilo llegado de ultramar nos dice que el mal no prevalecerá, y se le entiende todo. El Obispo de Roma es un matemático y un canonista, tampoco obtendremos de él ideas ambiguas e interpretables. León XIV, Vicario de Cristo, mariano y agustino, ensalza la dignidad del papado con la belleza de los ritos, la liturgia, la lengua de la Iglesia y las palabras. «Desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado». He ahí las instrucciones que un hombre necesita. La misión de un Papa es confirmarnos en la fe, no ofrecernos una vida más fácil o a medida.
La señal de Vatican News durante la primera aparición del Sumo Pontífice en el balcón el pasado 8 de mayo muestra una secuencia que no me canso de mirar. León XIV, tomado de perfil, contempla a la muchedumbre congregada en la plaza de san Pedro. Destensa la mandíbula y, conteniendo la emoción, alza sus ojos hacia arriba. Ese gesto, que dura fracciones de segundo, encierra todo. La mirada de León nos recuerda a la de un hombre habitado por el Espíritu. Que sea lo que parece.