Son pequeñas irritaciones sin importancia. Como cuando pides un desayuno en un bar y te ponen la tostada con el aceite en una monodosis.
Sabemos bien que la culpa no es del bar, que la culpa es del legislador, pero es irritante que el contenido de la cápsula apenas permita cubrir la tostada. El resultado de esa cicatería es ir racaneando con el aceite, además de que se pierde la belleza de verterlo. Tendría que haber una palabra como escanciar (seguro que la hay) para el acto de verter el aceite, ese chorrito cadencioso de luminosidad característica con el que parece que rubricamos la ensalada.
La vieja aceitera, que lo permitía, la tuvieron que retirar por higiene o por la tendencia general a la estafa.
Emilio Lara tiene un bonito libro, Un mar de oro verde, en el que explica que el aceite es la base de nuestra civilización. Los filósofos griegos ya se untaban con aceite antes de pensar. O sea, el aceite preparó a Aristóteles, aliñó el surgimiento de la conciencia humana. Somos oleocristianos, nuestra civilización es oleocristiana y el mediterráneo es el mar aceitoso. Por eso ir con la monodosis podría admitirse en Noruega, pero ¿aquí? Recuerda Lara que para los romanos, la mantequilla era propio de bárbaros.
La monodosis, y no digamos ya la monodosis de tomate picadito o el dedal de pulpa de tomate que la suele acompañar, parece cosa como de avión o de hospital. ¿Qué necesidad había de ir con estas estrecheces?
Odiábamos las monodosis, esos desayunos en sobrecitos, pero ahora los van a prohibir. Este agosto empieza el calendario para suprimirlas. La legislación europea quiere evitar tanto consumo de plástico, así que a partir de ahora irán desapareciendo y yo, que he mirado siempre esas monodosis con rechazo, ahora las voy a echar de menos porque me nace una solidaridad instintiva con todo lo que la legislación europea quiera retirar.
Sobrecitos de ketchup, capsulitas de cosas, ¡no supe quereros! Pero vuestro enemigo es el mío. La caprichosa máquina europea de legislar cargará ya siempre con el prejuicio de la pajita de plástico, porque todo lo que toca se le hace pajita de plástico. Todo lo que la UE retira parece banal y prescindible hasta que, por ella, nos damos cuenta de cuánta era su utilidad. Yo por ejemplo, ya veo en esos sobrecitos la libertad, el equivalente gastronómico de la aventurilla, del rollo de una noche. Monodosis, sobrecitos de un solo uso, ¡ya sois la vieja Europa para mí!