La mutación del progre
La mutación del progre
Por Itxu Díaz
13 de agosto de 2026

Cada día es más complicado ser de izquierdas, aunque hay todavía hay gente que no se amedrenta ante las evidentes dificultades. La ideología es como un traje que uno se viste, porque le gusta, le sienta bien o, supongo, en algunos casos, porque le conviene. Pero la izquierda es una militancia que exige fidelidad al minuto, y cada poco tiempo cambia la norma de etiqueta, porque sus ideólogos —más bien propagandistas— nunca se están quietos. Así, en un puñado de años, pueden pasar de la lucha obrera a los derechos de las mujeres, de defender el empleo industrial a encaramarse a las fábricas pidiendo su cierre con consignas ecologistas, del orgullo nacional a la monserga globalista, del paz y amor a la guerra y el odio, de la libertad-libertad-sin ira-libertad a la cultura de la cancelación. Eres de izquierdas, te distraes un segundo, y caes en el fascismo, muchacho.

La derecha partidista, la derecha política, oscila más por sus temores que por sus ideas. La derecha sigue siendo bastante local, casi de proximidad. La izquierda está programada para escuchar voces superiores y obedecer órdenes sencillas. Sus pancartas, por lo general, apenas lucen con dos o tres palabras. La derecha está programada para escuchar voces, también, pero voces con siglos de antigüedad. Al final el progresismo era sólo una competición por ver quién va más rápido hacia ningún lugar, en el mejor de los casos, o hacia la destrucción, en el peor, en el que estamos. 

Incluso a veces en un mismo día, la izquierda puede cambiar sus posiciones e intereses varias veces. Creímos inocentemente que el destino final de su enloquecida aventura ideológica fue el wokismo, cuando dieron definitivamente la espalda a las clases trabajadoras —si es que todavía pueden distinguirse— y a los parias de la tierra, y se dedicaron a juntar bajo banderas de colorines a los niños de familias ricas que, por tenerlo todo, querían nuevos caprichos contra natura. Tiene gracia que nos hayan estado hablando de los derechos de los oprimidos durante décadas, como antaño hicieron sobre los obreros de manos ennegrecidas y hernias por doquier, para referirse a Alfonsito que ahora quiere ser Laurita, o para reivindicar el ejemplo santurrón y canonizable de los millonarios que lavan su mala conciencia en la fortuna de predicar el apocalipsis climático. 

Les salva, supongo, que de todas las masas que se juntan detrás de un credo, detrás de unas ideas, detrás de un partido, o detrás de unas siglas cualquiera, la izquierda cuenta con la más acrítica de todas. Supongo que han sido años y años de sometimiento cultural, de guerra psicológica que impregna ya a varias generaciones, de contaminación del sentido común en facultades e instituciones. 

Creímos, decía, que el wokismo era el final del camino, porque ni los más fanáticos eran capaces de levantar todas sus lunáticas banderas, ni mucho menos hacerlas compatibles entre sí. Estábamos equivocados. Amanece por Estados Unidos una nueva generación de wokistas que ha mutado de la verborrea de género a un tardoislamismo que es para mear y no echar gota, con perdón. En torno a Zohran Mamdani está creciendo una legión de ideólogos que trabajan en el golpe de efecto más cómico de la historia del pensamiento: agotada la fuente del wokismo, buscan una corriente que aúne feminismo, ecologismo, política económica comunista, y en lugar del laicismo, que no ha sido todo eficaz que deseaban contra el cristianismo, abrazan ahora abiertamente un islamismo que, por el momento, pintan como moderado, como si tal cosa fuera posible; lo hacen para que los homosexuales no se incomoden, pero lo cierto es que da lo mismo, porque apenas quedan gays votando a partidos de izquierdas, ahora que casi toda la progresía oficial simpatiza con los que los cuelgan de las grúas en el nombre de Alá.

Cuando de niño estudiaba el latazo de las revoluciones obreras que teledirigió la izquierda, los siglos XIX y XX, no podía ni imaginar un giro de guion tan espectacular como el que estamos viviendo en el siglo XXI. Aún ganan elecciones a veces, con esa locura cambiante de no creer en nada firme más que en el odio al disidente, pero, al verlos, me recuerdan un poco al Mourinho de su célebre «a mí me daría vergüenza»: «Guardiola ha ganado una Champions que a mí me daría vergüenza ganar».

TEMAS
Noticias de España