La pertenencia
La pertenencia
Por Carlos Esteban
6 de junio de 2026

Quién me iba a decir a mí hace diez años, no más, que habría de echar de menos el tiempo en que los separatistas periféricos eran la mayor amenaza a la continuidad histórica de España, a su identidad.

Y, sin embargo, aunque el globalismo y el separatismo regionalista parezcan fuerzas evidentemente opuestas, son en realidad dos aspectos del mismo fenómeno: cuando uno quiere devorar un filete, primero lo corta en porciones digeribles.

Porque, en el caso de catalanes y vascos, hablar de ‘nacionalismo’ es equívoco. Nacionalismo suele denotar una acentuada preferencia por la comunidad local, sus costumbres, su modo de ver la vida y, sobre todo, su aspecto más físico y real: la gente que lleva generaciones viviendo allí. Seguir llamando ‘nacionalismo’ a preferir que se instale en tu tierra gente del Sahel o el Hindu Kush antes que un murciano o un jienense, no sé, suena raro.

En ambos casos, en la pérdida de España por dispersión o por inmersión, estamos ante las crisis más artificiales de nuestra democracia. No digo que no hubiera separatistas de tierra y suelo, nacionalistas de “lo nuestro”, cuando empezó la Transición, pero cabían en un taxi. También hay libertarios rothbardianos.

Los sucesivos gobiernos españoles han creado el problema separatista, por incomparecencia. “Ser es defenderse”, reza el lema de esta publicación, y el Estado nunca se ha defendido. Ha abandonado el campo sin lucha; no es Cataluña o Vasconia las que abandonan España; es el Estado el que ha desaparecido de ambas.

Y no solo en el sentido práctico y simbólico, ese que colocaba la bandera en un fuerte minúsculo en medio de ninguna parte para reivindicar una tierra en nombre del Rey de España. También, y quizá más importante, en el sentido retórico, argumental.

El ser humano necesita la identidad y la pertenencia como el comer; no está hecho para ser una partícula flotando en el éter. Y es difícil pertenecer a una nación que, oficialmente, se odia a sí misma. La izquierda nos enseña a odiarnos sin miramientos, a lo bestia; y la derechita, a la que no le gusta ofender la frágil susceptibilidad de la izquierda, quiere que amemos de España las instituciones y una hoja de cálculo aseada. El patriotismo constitucional, tan natural como la pasión por el sistema métrico.

Nadie puede vivir odiando lo que es, no eternamente, así que sospecho que mucho español se ha refugiado en el nacionalismo periférico porque siempre es mejor pertenecer a algo que te dice que eres, como Marcial, el más grande, que identificarte con una etiqueta maldita que lleva aparejada la obligación de pedir perdón a cada paso. La señora Sheinbaum -apellido mexica donde los haya- nos acosa con sus exigencias de disculpas por la misma razón que Greta Thunberg sermonea a los occidentales, los más verdes, en lugar de hacer lo mismo con China o India; no porque sean más culpables, sino porque sabe que nos vamos a dejar. La debilidad proclamada no inspira compasión: es sangre en una piscina de tiburones.

Pero no solo es una falsa salida porque España sea también eso, sea todo eso; lo es porque el separatismo real nunca ha sido otra cosa que globalista, cabalgando contradicciones, y no ha tenido nunca problema en sustituir sus pueblos por otros de los que, de la manera más incongruente, se espera se sientan tan vascos como Sabino Arana y tan catalanes como Prat de la Riba.

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