La revuelta al cole
La revuelta al cole
Por Jaume Vives
11 de septiembre de 2025

Estos días los niños abandonan la calidez del hogar para volver a las frías aulas, aunque se trata de un frío acogedor, incluso cálido, gracias al cariño de tantos profesores. En algunos lugares, especialmente en Cataluña, parece el inicio del curso escolar en Islamabad o Casablanca. En otros, en Eritrea y en demasiados comienza una nueva revuelta.

Una revuelta contra el orden natural, contra la realidad, contra el orden interior y exterior, contra el temple y contra la armonía. A muchos críos les enseñarán que ellos son lo verdaderamente importante en su paso por esta vida, que hay que perseguir sueños, aunque sean de pesadilla. 

Les dirán que la brújula vital tiene que ser el deseo, que hay que dejarse arrastrar por él, como un jabalí abatido es arrastrado por el todoterreno hasta la junta de carnes. 

Les invitarán a probar cosas nuevas, a no dejar nada en el cajón de la inocencia, a salir, a beber, a juguetear en redes, a vestir como les dé la real gana, a hablar de cualquier manera —salvo en el examen de Lengua—.

Del mismo modo que el joven que pasa por un seminario sin que le enseñen a vivir la vocación está condenado —con peligrosa probabilidad— a perderla, el niño que pasa por el cole sin que le descubran la naturaleza de su ser, su sentido y su vocación, está condenado a convertirse en un adulto disfuncional, a vivir encerrado entre las cuatro paredes de la adolescencia toda su vida, sobre todo cuando la familia no tiene el criterio necesario para suplir las carencias del colegio. 

Basta con pasear por la calle, por las redes, por las consultas para descubrir una ingente cantidad de niños —y no tan niños— fracasados, malogrados por las pedagogías modernas y la falta de calor en el hogar, donde la ausencia de límites es consecuencia de la falta de criterio y desgraciadamente también de un amor sano y maduro. 

Si la vuelta al cole se convierte en revuelta no dejarán de aparecer flotillas rumbo a Gaza que, aun presumiéndoles la mejor intención, no hacen más que un ridículo espantoso. Niños sin adolescencia y adultos infantilizados en un ejercicio histriónico de narcisismo que da vergüenza ajena allende los mares. 

El responsable de primaria de un buen cole de Madrid decía a los padres que ellos querían en su centro alumnos santos, y que no habían creado el colegio para dar a la sociedad los mejores ingenieros del mundo mundial, sino para que los niños y adolescentes que en él se formaran, descubrieran y vivieran la grandeza de su auténtica vocación, para convertirse el día de mañana en los mejores esposos y padres, en los más felices.

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