Es ministra de Hacienda y vicepresidenta del Gobierno y se ríe como si desmontaras un xilófono de una patada. Trianera sin gracia, cosa dificilísima, militó de joven en las Juventudes Comunistas tras compartir, me cuentan, una especie de comuna hippie con la que era su pareja, y el cristianismo rojo de abuso postconciliar que pregonaba con cansina insistencia se le disolvió entonces con la misma naturalidad con la que volvió laxa su conciencia para empatar con los pecados del sanchismo.
Disfruta de una espontaneidad que, pudiendo ser virtud en otros, en ella resulta monstruosa, que sus aterradores aspavientos en el Congreso no son aptos para menores, que sus caras de risa destartalada se aparecen en las noches oscuras a los niños y no les dejan dormir. María Jesús saca la lengua, cierra un ojo, aprieta un carrillo, frunce una ceja, y gira el cuello, sin ton ni son, al albur de las descargas de ideología que le propina la glándula del partido, que luce adscrita al hipotálamo, y trabaja en comunión con las caprichosas señales inaudibles que emite el líder de la banda a cada instante.
La inteligencia y el sentido del humor van siempre de la mano, pero María Jesús hace tiempo que le retiró el saludo a la primera, de modo que su risa, o más precisamente, aquello que le hace descomponer la figura en violentas carcajadas, es imprevisible, instintivo, y a menudo inconexo. Lo único seguro es que, ante la llamada de la selva de Sánchez, a través de la citada glándula sectaria, reacciona exactamente en la medida en que se le pide: gesto de ira, gesto de decepción, gesto de trola, o gesto de risa. María Jesús no mide bien el modo en que exterioriza estos sentimientos, y eso hace de su estancia en la bancada de ministros un espectáculo singular, equiparable a la espectacular danza de las orcas en el zoo, a un eclipse total de dignidad en la noche oscura del sanchismo, o a la berrea de los escorpiones del desierto, que de existir sería singularísima berrea.
Como casi todos los que rodean al presidente, María Jesús suple su incompetencia manifiesta para la gestión pública y para el ejercicio de la política con inmensas dosis de sectarismo. Todo en ella es entusiasmo, porque no hay otra cosa ahí. Eso explica por qué cuando aplaude separa tanto las manos que podría pasar entre ellas la cabeza de Óscar López. Y eso explica por qué cuando niega con el dedo desde su escaño, niega con todo el cuerpo a la vez, que quiere imitar la gracia inolvidable de La Faraona, pero se queda en la persuasión de la que te ofrece el ramito de romero para quitar el mal de ojo en Sol.
Sánchez, por su parte, tiene sentido del humor, pero encorsetado a sus habilidades sociales, que son poquísimas. Y es triste porque cuando hace un chiste, siempre hace el mismo: la bromita del que se hace el chulo delante del grupo para humillar a un tercero. Es eficaz, supongo, pero solo la primera vez. Es el peor sentido del humor que se puede tener: el que solo se ríe de los demás. Ayer quiso sacarlo a pasear con un enigmático «Ánimo, Alberto» dirigido al líder del PP y, aunque nadie lo entendió, la bancada socialista se partió el culo de risa con estruendosa afectación, tan pronto como el líder puso rictus de caricatura de Looney Tunes en expresión de sonrisa inmediata a su ingenioso comentario.
En tal instante, en durísima competición con Patxi López, a quien otra vez se le pusieron las gafas en diagonal en el descojone, María Jesús Montero estalló en una carcajada excesiva, hiperbárica, sospechosa en un control de Tráfico de Nochevieja, asimétrica, y después de todo, ridículamente sumisa. Por si no fuera suficiente con la eclosión histriónica y conejil, su reclamo selvático cachondo se coló por el micrófono de Sánchez, amplificando la histeria del descojono a decibelios nunca antes experimentados en humanos, quebrando a la vez espacio, tiempo, y los tímpanos de sus señorías. Todo tan improvisado, tan a salto de mata, tan cínico, tan sanchista, en fin, que con seguridad a día de hoy María Jesús no sabrá si aquello que dijo el presidente fue realmente divertido o no; te ahorraré el trabajo de conciencia, ministra: no, no tuvo ninguna gracia. Probablemente Sánchez lo hizo a propósito para medir el nivel de sometimiento de su propia bancada, aunque sin querer le salió también un test de IQ.