La sabiduría del panda
La sabiduría del panda
Por Miquel Giménez
18 de enero de 2023

Murakami escribe en su libro “Tokio Blues” un diálogo que siempre me ha encantado. Dos enamorados hablan y ella le pide que le diga cosas bonitas, a lo que el joven le responde que le gusta tanto como un oso en primavera. Ante la extrañeza de la joven, él le explica lo siguiente: “Imagina que un hermoso osito se acerca mientras vas paseando por un campo y te dice que si te gustaría rodar con él, tú le dices que sí y os pasáis el día entero rodando abrazados por una ladera sembrada de tréboles. Pues me gustas tanto como eso”. La definición podría ser perfectamente aplicable a la vida en general. Rodar entre risas por un campo de hierba fresca en una mañana soleada abrazados a quien más queremos debe ser lo más parecido al paraíso en la tierra. Los pandas son expertos en esa materia. Dan volteretas sobre sí mismos, son juguetones, traviesos, bonachones y alegres. Pero también tienen un momento de introspección que, como es harto conocido, suele ser síntoma de sabiduría.

El panda trepa a lo alto de los árboles y se queda arriba, sentado, con sus ojitos pequeños y vivos perdidos en la lejanía, viendo cosas que nosotros ya no sabemos ver. Porque los seres humanos nos hemos vueltos bastante aburridos y ni rodamos por los prados ni damos volteretas ni somos juguetones y alegres. Tampoco somos reflexivos, y si subimos a algún sitio elevado es para hacernos un selfi y enviárselo a un grupo de gente tan tonta como nosotros. No podemos sentarnos a contemplar lo infinito porque nuestro mundo se ha convertido en una especie de aplicación para ser llevada en el reloj, para demostrar que nos sigue más gente que a nuestro cuñado o para fingir que el ser humano está, a pesar de tanto chisme y tanta tecnología, más solo que nunca. Porque estamos solos, muy solos, y esa soledad nos produce un miedo terrible. De ahí que durante el confinamiento la gente se pusiera a hacer lo primero que se le presentase con tal de llenar las horas, ocupando ese horror vacuii intelectual que hace estremecer a esta generación tan poco predispuesta a mirar, como lo hace el panda, desde la colosal altura de esos gigantescos árboles a los que trepa con gracia. El panda, con su serena y mayestática quietud, es ejemplo de cómo los animales pueden ser infinitamente más listos que los hombres y como pueden sentir la vida de manera más íntima y más profunda que nosotros, con todos nuestros ordenadores y demás armatostes. La civilización requiere aparatos artificiales, mientras que la naturaleza solo exige ojos para ver y para comprender.

A mi me gustan los pandas. Soy un rendido admirador de HeHua, la emperatriz de la especie, de Fubao, de Lebao o de XingRong. No hay noche en que mi señora y yo no dediquemos un ratito a mirar sus juegos, sus rabietas – que las hay – y la ternura que desprenden esos ojitos que tienen y que piden a gritos un abrazo. Dan paz porque son buenos, por eso son sabios. Y son sabios porque son buenos. ¡Ay, quisiera ser uno de ellos!

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