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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

La supresión de los números romanos

En Francia y en otros países occidentales progresistas, cunde la iniciativa de suprimir los números romanos; se consideran una antigualla, incompatible con el sistema métrico decimal o el uso de las matemáticas. La verdad es que, desde hace siglos, solo se conservan como un símbolo de la cultura heredada de los antiguos romanos. Es claro que, con ese sistema de notación numérica, no se pueden hacer operaciones o ecuaciones. Hacia el año 1000, en España, se introdujo la numeración arábiga (originaria de la India), con los nueve dígitos más el cero. Al principio, solo, la utilizaban los judíos y otros grupos relacionados con el tráfico mercantil. Pero, al final, se impuso para todos, por obvias razones prácticas. Los números romanos se conservaron como ordinales, reservados para ciertas voces altisonantes: los siglos, los reyes, las salas de los museos, los capítulos de los libros, etc. Así, el siglo XVIII o Carlos III. Es un caso en el que la costumbre hace ley. Da más realce leer “sala IX” de un museo que el equivalente de “sala 9ª”.

Es una pena que se proscriba un símbolo tan vetusto y prestigioso como la notación romana. En los tiempos que corren, tan cultivadores de las novedades, no es la única destitución. En España, se arrumban símbolos seculares, como el águila, que se conserva, ostentosamente, en los escudos nacionales de otros países, desde Alemania a Rusia. Las izquierdas y los independentistas de España lo desprecian como “el aguilucho”, a pesar de que se destaque en la portada del vigente texto constitucional de 1978. En contra de lo que se supone, no fue un símbolo introducido por Franco, como tampoco lo son las flechas y el yugo o las columnas de Hércules, que, también, aparecen en el escudo nacional de antaño. Que conste que el “escudo nacional” lo es, más bien, del Estado que de la nación. Desde el siglo XIX, el símbolo de España es la bandera. Lo original es que muchos españoles no la consideran de ese modo; originales que somos.

Lo que es común a todos los pueblos y culturas es que los objetos simbólicos suelen perdurar más allá de su utilidad primera

En la escena española, se puede registrar la virtual desaparición de otros muchos objetos, antaño tan familiares, aunque posean un carácter simbólico para una minoría de nostálgicos. Cito sin ningún orden: el brasero, la máquina de escribir, la cámara fotográfica doméstica, la letra de cambio, la filatelia, los pañuelos (de tela), el sombrero masculino, el porrón, la multicopista, el papel de calco, el orinal, las enciclopedias. Llegará un momento en que, también, desaparecerá el tabaco, aunque, no las drogas alucinógenas, que, además, se legalizarán por completo. Es evidente que todos esos cambios obedecen a que los usos sociales evolucionan al compás del sedicente progreso. Algunos no son definitivos. Por ejemplo, se generalizan, otra vez, la bicicleta o el patinete, incluso, ahora, con el peligroso añadido de la tracción eléctrica. Hay objetos insustituibles, que desafían el paso de los milenios, como las tijeras, los cuchillos, las agujas, las sandalias, los anillos y otras joyas. El símbolo de las flores, a pesar de su carácter efímero, como adorno funerario, se registra desde hace más de cien mil años. Bien es verdad, que los judíos utilizan piedras, en vez de flores, para ese nostálgico menester. Tratan de recordar el compromiso de reconstruir el templo de Jerusalén. Lo que es común a todos los pueblos y culturas es que los objetos simbólicos suelen perdurar más allá de su utilidad primera. Quizá, el símbolo más duradero sea el idioma, en el suelen comunicarse los miembros de una nación.

No está escrito qué elementos de nuestra civilización vayan a perdurar en los próximos siglos y cuáles se vayan a extinguir. Lo único permanente es el cambio mismo, aunque el más famoso y preocupante sea el del clima.

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